Exposición Individualene 1995 - mar 1995· Por Marianne De Tolentino

Tony Capellán

Museo de Arte Moderno de Santo Domingo

A menudo se piensa que, en las artes plásticas de un país, todo se ha dicho y que no puede haber una exposición, individual sobre todo, que estremezca la actualidad artística. Sin embargo, puede suceder ese acontecimiento, esperado como una buena muestra más, inesperado en las reacciones y el entusiasmo que ha suscitado. Nos referimos a las trece instalaciones que presentó recientemente Tony Capellán, bajo el título Exportadores de almas en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo. Dentro de esa investigación, cabría agregar otra instalación que el artista montó en la XXII Bienal de San Pablo, y también causó impacto, tanto por el concepto espacial y los elementos utilizados como por el mensaje de la obra. Por primera vez en República Dominicana asistimos a una exposición constituida únicamente por instalaciones. Y ya se hizo escuela. Próximamente varios instaladores van a exponer colectivamente en la Casa de Francia. Por cierto, si la fiebre de la instalación no se ha apoderado todavía de nuestras bienales nacionales, no obstante, son cada vez más numerosas. Lamentablemente, la mayoría proponen una combinación de desechos o de artefactos heteroclítos, pobres en estética y comunicación.

Es la enorme diferencia con las propuestas tridimensionales de Tony Capellán, que llaman y prolongan la contemplación, que suscitan reflexiones profundas, que generan tanto el goce como los interrogantes. Además, montados en el espacio más inhóspito del Museo de Arte Moderno, esos ambientes no solamente supieron alojarse entre tabiques y recovecos, sino que confirieron a las salas un realce de funcionalidad, nunca observado antes. La muestra Exportadores de almas, con sus instalaciones dispuestas en secuencias y circuito, es un espectáculo totalizante, que involucra las facultades receptivas, desde la percepción asombrada hasta una redefinición de la obra de arte. Emplea múltiples medios y recursos, acordes con el oficio y la personalidad polifacética de su autor: pintura, escultura, gráfica, objeto, ready-made e intervenidos, piezas recicladas. Invita a mirar, escuchar (leves y lacerantes zumbidos), y —pese a la prohibición de los guardianes— a tocar, oler y... degustar—¡si sazonáramos los arenques y tostáramos el casabe de una de las instalaciones!—. Hay una dimensión colectiva o de retrospectiva. Sin embargo, quien ha visto a Tony Capellán y sus asistentes cargando bultos, sacos, tubos, herramientas, ante los ojos sospechosos del personal de vigilancia, sabe que fueron quince días de preparación, improvisación, trabajo encarnizado e individual.

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Desde que llegamos, dejamos atrás la cotidianidad y nuestro mundo particular. La obra, en un sentido global, atrae, guía, envuelve. Sin que lo haya querido—¿quién sabe si no lo quiso o si fue un proceso subconsciente?—, estamos ingresando a un auténtico hábitat, a una especie de urbe, donde cada instalación podría leerse a manera de lugar, de función real y simbólica, de etapa en un trayecto sugerido. La variedad de formatos y superficies ocupadas, el dédalo de los espacios museales, fortalecen esa impresión de tránsito. Un recorrido, emprendido más de una vez —lo que no es costumbre en Santo Domingo—, lleva por las diferentes vías que siguen la mujer y el hombre dominicanos para exportar sus almas, sus cuerpos, sus productos y sus oficios. Viajes hacia la inmigración legal e ilegal, hacia la nueva vida o la muerte. Los signos, creados por Tony Capellán, no permiten duda, pese a su carga humorística.

La lectura—más literaria que literal—del itinerario sugerido por las instalaciones, a modo de una "ciudad del artista", nos lleva sucesivamente por una metáfora de escuela, luego de almacén, de aeropuerto, de restaurante. de gimnasio, de templo, de supermercado... y de otros “sitios de interés", para culminar en una alegoría planetaria de la diáspora dominicana, ¡que finalmente se reparte en el mundo entero! Por esa razón podríamos referirnos al "planeta Tony Capellán”, pidiendo una autorización "tácita” al crítico francés José Pierre que había descubierto el "planeta Iván Tovar”, maestro dominicano del surrealismo. Es también el planeta República Dominicana, pues los dominicanos Exportadores de almas (sin llegar a las almas muertas del escritor ruso Nicolás Gogol), llevan a costa por los continentes sus bailarinas, sus prostitutas, sus trabajadores, sus hierbas y pociones mágicas, su música, su ámbar, en fin, sus "productos de exportación" tradicionales o no... Un incontenible deseo de vivir mejor. Una forma popular de utopía que Tony Capellán alegoriza de mil maneras. Recordando que Gillo Dorfles citaba nuevos rituales de la fetichización, las mitologías personales, la obra única, lo hecho a mano, agregaríamos que, además de esas características, las instalaciones de Tony Capellán ponen en alto la libertad creativa contemporánea y centran la investigación sobre la temática local, empleando mayormente materiales "típicos” y hasta perecederos. Admirador de Joseph Beuys, que se valía de su propia imagen y su sombrero como carisma identificador, el artista dominicano se vale del Caribe, sus creencias, sus fetiches, sus mestizajes, sus problemas, sus sueños.

Tony Capellán, tal vez el más inquieto y "viajero” entre los artistas residentes en Santo Domingo, va elaborando una obra tridimensional emblemática y ya la proyecta internacionalmente. En la XXII Bienal de San Pablo—sin que olvidemos otra presentación en el encuentro reciente de Guadalajara—, él confronta a un espectador estremecido y seducido con el ambiente del "mercado de órganos”. Las camisitas y uniformes escolares, así como las bolsitas de plástico y sus contenidos ignotos, vehiculan una propuesta silente por la violencia ejercida contra la niñez y una forma atroz de comercio y explotación. La Exportación de almas llega a su clímax, Tony Capellán no ha querido disfrazar su título, duro y directo.

MARIANNE DE TOLENTINO

Tony Capellán, por Marianne De Tolentino | artnexus