Emigrar. La doctrina judeocristiana debía considerarlo un castigo. Rescaldos de memoria colectiva en la que semitas e indoeuropeos confrontaban sus nociones de mundo. Vocación de cazadores, hijos de Caín cambiando de territorio en busca de una más pródiga recolección. Por lo menos desde la revolución neolítica los nómadas se trocarán en antagonistas de los propietarios, de los dueños del gran descubrimiento: la agricultura y la domesticación y, con ellos, la acumulación de excedentes. En torno a sus graneros y corrales nacerá la ciudad. El cruce de las rutas comerciales será roce, abrazo y crimen. La jerarquización surgirá con varios propósitos: uno de los principales será la defensa contra el saqueo que inicia toda la mitología de la xenofobia. Motivado por el pánico o por la avaricia, el nacionalismo no es un invento reciente.
Éxodo o diáspora son vistos como un proceso y no un fin en sí mismo, que debe concluir con el definitivo retorno al territorio original. Pero ante el hambre cualquier ciudad se abandona, como ante el bienestar cualquier viajero decide prolongar indefinidamente su estadía. Así, toda una tendencia en las ciencias sociales se dedica a explicar la historia en base a esta oposición, una historia de coyunturas, la de las Voelkerwanderungen (migraciones de pueblos).
El fin de milenio lleva la marca de uno de esos multitudinarios reacomodos. Ante ellos, el alma de Occidente, patria actual de los imperios, compuesta por pueblos que alguna vez llegaron de otra parte, ha convocado al racismo, ha pedido a la religión que consagre sus derechos, ha descubierto el olvido de su origen, de la indigencia que los guió a poniente. Es decir, se ha armado a las puertas del granero, porque lo justo es sólo una dependencia de la Realpolitik. Ante la pérdida de certezas, ante el anacronismo de cualquier ortodoxia, ante la nueva edición de la barbarie, la filosofía no ha sabido mas que avituallarse sumando al nihilismo típico del fin de centuria la relectura de los profetas del movimiento o su cara oculta, lo permanente: Parménides el oscuro tenía que ser demasiado atractivo para la heterología postmoderna (Severino le dedica su Ser del nihilismo, fundamental para comprender a Vattimo); tanto como se acercan Heráclito y Paul Virilio, llamado alguna vez el presocrático postmoderno, como si hubiera asegurado que en efecto la velocidad es la materia fundante de lo real1. O al menos de lo real aparente. Velocidad del traslado, real o virtual, de la información: la aldea global ha recuperado el solipsismo para la epistemología. CNN nos ahorra la duda, al prender la tele, los seis días de la creación del mundo acaban de pasar. La línea divisoria entre esta cultura fraudulenta por definición y su contracultura es solo otra dimensión de la categoría de frontera.
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Las docenas que cruzan a diario el Río Grande son el relevo de la cotidiana migración de Washington o Jackson Heights al corazón de Manhattan, por ejemplo (la isla india a la que llegaron los inmigrantes anglosajones). Una diferencia dramática, humana, pero al fin de cuentas una diferencia de grado. El tercer mundo no es un lugar, comienza en la mitad de la planilla (y concluye con los desechables). La antítesis multicultura-racismo, tradición-exotismo, instigación-convivencia, no es más que el último capítulo de la lucha entre el río y la piedra, entre Caín y Abel, entre Narciso y Goldmundo, devenir o estar, fluir o anquilosarse, que convierte en cúspide de todas las tensiones esa franja en asedio permanente llamada línea fronteriza.
A un lado una tierra que la esperanza transforma en prometida, del otro el paraíso perdido. Europa oriental lanzándose sobre el oeste; África y América Latina sobre el norte. Por todas partes columnas humanas y boat people (balseros o polizones hacinados en una bodega). En Insite, Carlos Fuentes citaba la pancarta de un manifestante: "nosotros estamos aquí, porque ustedes estuvieron allá". Pero el problema moral toma ribetes tragicómicos, la supervivencia es un derecho anterior a todo discurso proselitista.
Yukinori Yanagi, el joven artista japonés, puso una hormiga en un amplio cuadrilátero sobre el piso de una de las bodegas del Santa Fe Depot de San Diego. Durante horas expandidas siguió su frenético deambular con un pedazo de tiza. Más allá de su telúrica apariencia, el trazado resultante incitaba a descubrir nuevas leyes del azar, algún vínculo con teorías de indeterminación. La única obvia parecía ser esta: todo tiende a expandirse, como un big bang. La hormiga, solitaria y sin alimento, trataba de salir. El límite se establece para ser superado, el sentido último de la erección de un muro es que sea derribado. Ante la otra pieza de Yanagi, una granja de hormigas compuesta por banderas diseñadas a la manera de paisajes de azúcar, montaje por el que mejor se le conoce internacionalmente, me preguntaba por qué los insectos no concentraban sus esfuerzos en recolectar todos los gránulos de las banderas a las que podían acceder directamente. En cambio, se empeñaban en excavar extensos túneles, en ir siempre más allá. La acumulación de átomos de colores en el espacio trasero del que partían y al que volvían inevitablemente, debía formar una sola bandera, la del melting pot, habría que decir; la bandera de la convivencia mundial diría cierta meliflua demagogia.
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Una granja de sal no habría servido al lirismo de Yanagi. Y Tijuana es en este momento una gran estatua de sal. Acaso por eso San Diego no mira para atrás, y frente a la orgánica y contenida rabia de su vecina, ante su kitsch, su desenfreno y su desidia ha querido cerrar la puerta, crecer con la profilaxis del puritanismo de Nueva Inglaterra. San Diego es un pastel de sacarina. La frontera está más lejos de su downtown que de Los Ángeles o Queens. Para conservar ese ideal entalcado y aristócrata, el gobierno estadounidense decidió levantar toda la chatarra que le sobró de la guerra contra Irak entre los dos países. Contra este nuevo muro, de alguna forma emparentado a Berlín, Belfast, Soweto o el jardín de las Coreas, concluye el movimiento, vence el nihilismo, el río en que se bañaba Heráclito se detiene y se vuelve lago: es siempre el mismo: perece la hormiga de Yanagi. Contra una gran pared de cera se estrellan los trenes imaginarios de Enrique Ježik, creador argentino residente en México, insinuados por rieles inútiles apuntando al infinito. Los mazos que sirvieron para clavar sus durmientes recuerdan que el progreso fue construido gracias a la semiesclavitud de los humildes. Ante la obra de Ježik recordé el poema de Brecht: "¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?" El país WASP (Anglosajón protestante blanco), fue forjado por aquellos—inmigrantes de cualquier parte—que la Propuesta 187 ha dejado sin los derechos humanos esenciales: Realpolitik. Esta es la denuncia de la obra de Pepón Osorio, un artista del Tercer Mundo, del Bronx. Es el esfuerzo de reconstrucción de la memoria que intenta Mildred Howard en su obra Del carbón al algodón (de alguna forma emparentada a la más lírica de Eugenia Vargas por el contraste semiótico del algodón y el carbón, la dureza y la suavidad, el negro y el blanco) que a su vez deconstruye el relato heroico del destino manifiesto: el viaje a California era la búsqueda aventurera de un El Dorado.
El simbolismo del ferrocarril fue constante. En la Casa de la Cultura Municipal de Tijuana Diego Gutiérrez Coppe vistió un tren de armadillo negro (un verdadero panzer), en el que no se distingue delante ni atrás. Su recorrido sería circular de no verse interrumpido por una pared, contra la que choca la máquina para reiniciar su movimiento en sentido contrario. No hay interior o exterior, aquí o allá o acaso, un permanente aquí y un permanente hacia alguna parte. La imposición de un eterno retorno, o la absurda presunción de que existe un lugar otro. Cualitativamente no hay diferencia entre ambos: el mito del bienestar choca con el sentido contingente de la vida. (La última frase que escuchara el agrimensor K en el castillo será que pudo haber atravesado la última puerta que lo separaba de su destino, pero dentro de un instante y siempre demasiado pronto, el guardián va a cerrarla.) Ulf Rollof, artista sueco, busca una polaridad más drástica. Junto al único riel que conecta ambos países, en la Estación de la Colonia Libertad, al lado de ese dramático ángulo de 45 que forma la recta vía férrea al ser interrumpida por la gran barda metálica, instaló una vía circular. Un carro cargado de pinos que impide al espectador, sentado en una silla instalada en el centro del círculo, ver su entorno. En el axis mundi, girando para dominarlo todo, el invitado a una condición omnisciente solo aprecia fragmentos de lo real, su camuflaje en pleno vértigo del movimiento regular y permanente. La velocidad ha alterado el sentido de las cosas, incluso en el centro, todo se relativiza: "el fin de las ideologías"2.
Todos los pasajeros de los vagones ideológicos de Insite partieron del almacén de equipajes de Johnny Coleman, creador afroamericano. Este era el momento definitivo de la metáfora: murmullos fantasmales en la oficina derruida, vestigios sonoros de humanidad, narraciones incongruentes o referencias a viajes que se iniciaron entonces, despedidas e itinerarios planeados. El piso lleno de arena gris, las maletas llenas de gris arena, abiertas algunas para mostrar su valioso contenido: arena gris, su ceniza. Tú pelo cenizo, Sulamita, la aterradora melancolía de Paul Celan o aquella nostalgia densa de Tarkovsky cuando decide dejar su patria y pedir asilo. La patria es una mujer, una casa con sopa caliente, aquel árbol. El que traspasa el límite deja jirones de sí en la alambrada, ese perverso contra el que se alian todas las fuerzas de la intolerancia y del senador de California. Esta es la causa de que se lleve al paroxismo la reproducción de los elementos aparentes del hábitat original: nunca se es tan patriota como lejos de casa. Aquí, aunque parezca un abuso interpretativo, es donde reside la importancia del souvenir en la reafirmación de una identidad asediada por un nuevo contexto. Mario Lara y Barbara Sexton (como suele hacerlo el mismo Osorio) muestran este horror vacui ontológico que se muestra en otro horror vacui formal, la saturación demuestra la nueva situación de consumo3, la memorabilia busca impedir la pérdida del sentido de lo propio, de la pertenencia, de la filiación. Es la reacción antitética del dasein (¿ser en el tiempo?) ante la hibridación, su instinto de supervivencia. Roberto Salas convirtió a los vendedores de recuerditos del paso fronterizo en sus demiurgos. Las estatuillas de Kim MacConnel en la Escalinata ancestral de Tijuana insinuaban nuevos tótems y nuevos ídolos (Bart Simpson, el Bakunin posmoderno): fueron destruidas inmediatamente por desconocidos.
Recuerdo de Unamuno, sólo queda el derecho a la queja, al grito. Terry Alien sitúa dos camionetas con plataformas en el techo, a ambos lados de la malla. Con altoparlantes se pretende iniciar un diálogo entre México y Estados Unidos. El resultado será descubrir hasta qué punto han penetrado en la conciencia los lugares comunes de la repugnancia o de una reconciliación propagandística: la comunicación no es un pasaporte visado, sino otra versión de frontera. Unos pocos metros más allá, la más elocuente de las instalaciones, la del gobierno del norte que decidió extender la malla cortando el mar. La cercanía es infinitamente lejana. Helen Escobedo dejó allí sus barcas de metal, dotadas de temerarias catapultas para lanzar cocos por encima y al otro lado: cocos inmigrantes. Otra artista mexicana, Silvia Gruner, en cambio, decidió confiar en el patrocinio de Tlazolteotl, un centenar de ellas. La diosa sentada en el muro, exorcizándolo por la vida, por la regeneración, contra su yerma densidad.
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Etnocentrismo y multiculturalismo son acción y reacción de un mismo sistema. La barricada nacionalista es tanto rechazo del invasor como el terror a la uniformidad global. La pérdida de puntos de referencia contrastantes es como aceptar estar eternamente a la deriva, en el límite, otra vez en el límite, de cuanto el hombre inventa para regirse. Las culturas subsidiarias se habían acostumbrado al paradigma de los centros como esquema a seguir o del cual abominar. Estos no habían admitido mayor interferencia que la de sus propias pesadillas. Ahora la situación perversa que se define en el término políticamente correcto, demuestra que las fricciones han llegado al nivel de lo ingobernable, al nivel que amenaza con hacer saltar la lógica interna del estado de derecho metropolitano.
Este sonido y esta furia son el prefacio al fin del individuo, pero no en la panacea del socialismo utópico, sino en la del subhumano atrapado en sus anteojos de realidad virtual, espécimen genético prefabricado. Combustible para las advertencias milenaristas. El grupo Vital Signs mostró en la Universidad de California en San Diego esa última frontera. El problema sujeto-objeto cuando la voluntad que percibe se convierte en una argamasa moldeable. No es un asunto de ética, aunque sí de legitimación. Al final, la frontera más larga del mundo es la que separa a Eros y a Tanatos. Yolanda Gutiérrez sumida en esa anulación, ha dicho que ya el único viaje verdadero es el que sigue a la muerte, la única certeza, o así lo insinúan las nubes suspendidas del techo del Santa Fe Depot. Más evidente fue Anya Gallaccio, que prensó un par de docenas de flores frescas entre dos vidrios para verlas descomponerse... Insisto, la última frontera es la del atentado contra la vida.
El rugido ecologista, si bien el más urgente, sólo ataca la superestructura de un sistema eminentemente autodestructivo. Luis Moret construyó una sala de espera con paredes de basura comprimida en Tijuana. La misma Anya Gallado captó ese sentimiento de una especie que se extinguirá pronto en la desolación del viejo casino de Tijuana (Centro Escolar Aguacaliente), de las ruinas de la suntuosa piscina donde bañaron su frivolidad buena parte de los más eminentes vividores del planeta, surge una planta en un fondo de oro. Gallado descubrió la única respuesta sensata: la poética del espacio4.
En un presente en que ya no queda asombro en el asombro, la poesía es fundamental. Gabriela López Portillo mostró una pieza de intenso lirismo. Las torres de mármol negro son la gravedad, la ingenua construcción de nuestra cultura como un Babel incómodo y violentamente inmóvil. Junto a ellas la levedad de una escalinata tejida con su propio pelo y tensada con hilos de nylon, translúcida, etérea. Al fin, un camino a seguir, una salida para superar todas las barreras, para elevarse sobre ellas, escalones de aire en el aire. Otro país: utopía.
NOTAS
1. O lo dijo, cuando estipula que la dromología es la postura epistemológica más adecuada para acercarse a la contemporaneidad. Ver Logística de la percepción y Estética de la desaparición.
2. El discurso de Francis Fukuyama es, en última instancia, mera ideología.
3. El tema ha sido tratado sobradamente por Baudrillard en su Economía política del signo.
4. Entiendo el riesgo de instrumentalizar a Bachelard; tal vez me sean más cercanos los puntos de vista de Heidegger sobre el habitar poético o la noción de esperanza de Ernst Bloch.
KLAUS STEINMETZ
Crítico de arte costarricense. Gerente editorial de ArtNexus.
