La idea del Taller de Barracas comienza a gestarse hace dos años, cuando la Fundación Antorchas decide apoyar la creación de una escuela de capacitación para escultores. La opción por este medio resulta del hecho de que los artistas que trabajan en el ámbito del arte objetual, las instalaciones y la escultura han sido por lo general los más relegados en el ámbito de las artes visuales. Luego de estudiar experiencias similares realizadas en el exterior y teniendo en cuenta las necesidades de los artistas locales, se llegó a la conclusión de que la manera más adecuada de optimizar el rendimiento de la creación artística era proporcionando un lugar físico para trabajar, equipado con herramientas e instrumental apropiado y proveer apoyo teórico con docentes especializados. El taller tendrá una duración de dos años.
Mediante un llamado a concurso, un jurado compuesto por Américo Castilla, Luis Benedit, Pablo Suárez, Ricardo Longhini, Víctor Grippo y Hernán Dompé seleccionó a diecisiete postulantes, luego de estudiar los portafolios de cien aspirantes.
Los artistas que hoy integran el Taller de Barracas son: Carlota Beltrame (Tucumán), Silvana Constantino (Rosario), Beto de Volder, Leandro Erlich, Gabriel Esquerra (La Plata), Claudia Fontes, Mónica Girón, Patricia Landen, Laura Rippa (Rosario) y Analía Segal.
[[IMAGE]]
El apoyo teórico es brindado por Luis Benedit, Ricardo Longhini y Pablo Suárez. La función de los docentes es ejercer un tutelaje que ayude no sólo a que los alumnos puedan lograr la máxima eficacia en la concreción de sus proyectos, sino también a apuntarlos estratégicamente para que se formen con rigor profesional.
Las rosarinas Laura Rippa (35) y Silvana Constantino (30) presentan distintas variantes sobre el tema de la comida. En la primera, su Almuerzo argentino con empanadas de bronce fundido exhibidas con la solemnidad de un busto de honor, ironiza sobre el origen de ciertos rasgos que caracterizan la celebración de los ritos nacionales. Con una postura antiecologista, Constantino confronta el placer hedonista de la tradición culinaria con la frialdad mórbida de un lechón de silicona blanco, que circula impulsado por un pequeño motor a lo largo de una planchada de hierro similar, a los sistemas de patines usados en los jeroglíficos. En el Exoesqueleto de Mónica Girón (35) hay un planteo sobre la construcción de la categoría del género. Es una instalación compuesta por torsos femeninos huecos, moldeados en fibra de vidrio y resina poliéster sobre su propio cuerpo y el de su sobrina de cuatro años, recubiertos por masilla pintada que camufla la piel imitando la corteza de diversas especies de árboles de la Patagonia. En la misma línea del género, los árboles ambiguos de Carlota Beltrame (34) son manifestaciones de arte blando, que producen imágenes textiles donde el predominio de lo orgánico establece con el espectador un tipo de comunicación cálida. Menhires de cuero de vaca cosidos con tiento se yerguen como emblemas de poder aludiendo a la tradición de la cultura ecuestre y a la artesanía popular de talabartero. Una visión más poética es la que proponen Patricia Landen (33) y Analí Segal (26). El Criadero de almas de Landen es una estructura de chapa de hierro rústico colgada del techo, que remite a la arquitectura moderna de los edificios industriales de principios del siglo. Tiene una base cuadrangular que llega hasta el piso, con un sistema de tubos fluorescentes que irradian luz cálida sobre ciento veinte pequeños elefantes de resina color azul traslúcido, que parecieran marchar con la inexorabilidad de un rumbo cíclico. Segal reflexiona sobre la levedad de la condición humana, el paso del tiempo, la pesantez de la existencia en De rerum natura, una serie de alas articuladas fundidas en hierro oxidado, montadas sobre un soporte empotrado en la pared. Las tallas en madera de Gabriel Esquerra (33) parodian los juguetes mecánicos de los parques de diversiones, con unos muñecos que se mueven al accionar un sistema de palancas y poleas, que, como en 38 S/W, cuestionan el orden social establecido en una metáfora sobre el poder y la violencia. En una experiencia neoconceptual que involucra lo estético en lo social, Leandro Erlich (21) intenta llevar a cabo su Proyecto obelisco en La Boca, que consiste en la construcción de un símil en hierro del obelisco del arquitecto Prebisch, para ser ubicado en la plaza Solís de La Boca.
Bajo la aparente inocencia de una estética banalizada, Beto de Volder (31) ironiza sobre los productos culturales, rescatando el gusto popular y la mirada cursi de los objetos de bazares y jugueterías de barrio. En El canario triste—título de una canción del programa cómico La Tuerca—, recicla un modelo para armar infantil, el Pumping heart, y coloca el corazón de plástico dentro de una pajarera con un dispositivo manual de goma que, al apretarlo, hace circular un líquido rojo por unas cánulas que parecen arterias. Finalmente, Claudia Fontes (30) presenta una escultura conmemorativa del hundimiento del Titanic. Es una nadadora realizada con la técnica de cemento directo, recubierta por mosaicos de tipo venecita, ubicada en la postura exacta del momento de largada de una carrera de competición, cuando el instinto de supervivencia elabora formas de reaccionar frente a un hecho que ya es irremediable. A modo de placa recordatoria, una inscripción con letras de bronce patinado evoca el nombre de la embarcación y la fecha de la catástrofe. Fontes alude a la fatalidad de la tragedia, en ese instante preciso en que la vida se torna irreversible.
El Taller de Barracas es un eslabón en la incipiente carrera de uno de estos diez escultores. Después, como dice Benedit, cada uno seguirá su rumbo. Y eso depende un poco de las ganas y bastante de la suerte.
LAURA BATKINS
