En arquitectura se habla de "fatiga de materiales" para señalar que inclusive en el más sólido material hay un momento de desvanecimiento con el cual es necesario contar. ¿No sucede esto mismo con los salones nacionales, regionales y en especial con los llamados salones de arte joven? Es la impresión que da esta nueva versión de este ya tradicional salón. Fatiga en el sentido de encontrar expuesta no una búsqueda sino un simple trabajo semestral de academia.
Pero dos nombres se salvan de esta impresión: José Fredy Serna y Roberto Luis Restrepo. El primero ya había sido mencionado en el anterior salón. Ahora sus visiones de los barrios populares de Medellín, territorios estigmatizados por el prejuicio pero donde bullen espectacularmente nuevos lenguajes de música y literatura, nuevas especialidades, son más complejas en la medida en que ha ahondado en lo que estéticamente supone la visión como distancia, la visión como efecto de vista a través de la atmósfera, etc.
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Con una técnica que recuerda a la que Monet utilizó en su visión de la Gare de Saint-Lazare, Serna concede a la visión panorámica la absoluta complejidad de un problema de "plein air". Y en esto radica su inteligencia, pues no se detiene en la fatal anécdota sino que es y sigue siendo un ojo que enfrenta un problema estético con criterio estético. Mientras Juan Fernando Escobar da en visiones urbanas un tono lírico cercano en su enfoque a la estampa, la cual rescata del lugar común, Serna potencia, a través del empaste y las posibilidades ópticas de éste, los valores eminentemente plásticos del tema.
Serna va más allá de lo que consideramos una imagen e incorpora lo que Alain Renau define eficazmente como imagerie o sea, praxis objetiva de una visibilidad agente. Este cambio radical de escenografía a escenología donde la visión se produce bajo circunstancias diferentes a las que hicieron posible al arte tradicional es lo que define el hermoso trabajo de Roberto Luis Restrepo, Santuario de la memoria. El frío espacio a manera de cripta, donde la presencia de la muerte se nos brinda a través del misterio, de un soterrado terror que los films, las novelas góticas nos han enseñado, es un logro estético de indudable valor y sobre todo desata en nuestro interior esas imágenes del miedo infantil ante la muerte.
Los temblorosos bloques de hielo a través del sonido agorero de las gotas que al caer resuenan lúgubremente, remiten inmediatamente a imágenes ocultas, a santuarios que la imaginación, el cine, la literatura convirtieron en imágenes de lo fronterizo de la vida, de la angustia casi depravada de las preguntas que nos hunden sin remedio. O sea, milagrosamente, la estética de Fuseli, la del Böklin de La isla de los muertos, dada aquí en una escenología donde el estremecimiento y el goce se hermanan. Donde el rostro transfigura en espectro su belleza mortal.
O sea, no el testimonio sino una aproximación al hecho de la muerte dada desde la visión de la estética romántica. Y no un ambiente como supuesta reconstrucción de algo, sino una visión que se interioriza en cada espectador y se prolonga con la fuerza del prejuicio, del temor y de las imágenes que esta situación ha creado como retórica, poética, arquitectónica de una dimensión de la muerte. Lástima que tanto en el caso de Serna como en este de Restrepo las limitaciones del espacio no hayan permitido ver estas dos propuestas en el marco mental que se merecen y sobre todo que ambas reclaman.
Por fortuna, el museo acaba de inaugurar sus nuevas salas de exposición, lo que les permite el poder mostrar parte de la colección del museo y a la vez contar con los espacios que la estética actual reclama para sus propuestas.
DARÍO RUIZ GÓMEZ
