Colectivaene 1995 - mar 1995· Por Carlos Jiménez

Revelaciones

La Tertulia

La exposición que organizó Miguel González en La Tertulia, entre septiembre y octubre de este año, se llamaba Revelaciones y uno podía preguntarse por qué. La respuesta más directa la daban las obras expuestas que en su totalidad incorporaban de alguna manera la fotografía. Las revelaciones del título remitían entonces a la técnica fotográfica y, en concreto, al revelado de una película fotosensible afectada por la luz. Sólo que los artistas incluidos no se limitaban o limitan al revelado convencional, sino que asignan gran importancia en su trabajo a la manipulación de la fotografía. Manipulación de laboratorio, fotoquímica, que unas veces afecta al negativo, otras a la copia, y que puede ser bizarra o virtuosa por obra tanto de las intenciones como de la habilidad manual del artista. Quien se decidió a jugarse todo por el todo a la versión más química de las revelaciones fue Jorge Ortiz. Él, como varios de sus compañeros de muestra, intentó un performance (le salió verborreico y retórico), pero lo que quedó fue su pieza (la llamó justamente instalación), que consistía en 405 láminas cubiertas con una película sensible, que una vez expuesta a la luz comenzó a alternarse y a modificarse en un proceso muy semejante al de la oxidación de una plancha de metal sometida a la intemperie. Alquimia, demasiada alquimia, a duras penas justificada por una pequeña idea.

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En el extremo opuesto, tanto por su limpieza técnica como por el intenso control ejercido a lo largo del revelado por el artista, se situó Patricia Bravo. Para ella el asunto no era dejar la obra librada al azar de su pura química, sino controlarla sin pausa, en el revelado y en la copia, con el fin de producir un efecto estético tan preciso como deliberado. El resultado fueron dos piezas formadas por secuencias de láminas de metacrilato, ancladas ostensiblemente en el muro, en las que se veían repetidos retratos familiares, sobre las que a su vez se superponía la larga y escueta enumeración de un frondoso árbol genealógico. Un trabajo impecable, desde luego, pero incapaz de desatar, como quizá lo pretendía, la nostalgia. La nostalgia es de uno si previamente es de todos.

Para los restantes artistas de esta muestra la fotografía no es tanto fotoquímica como registro, documentación, huella. Para Mariluz Álvarez, para Gloria Posada, la fotografía es el medio —inevitable— de documentar obras que de otro modo serían inasequibles. En el caso de Álvarez por tratarse de experiencias prácticamente privadas, como lo fue El evento solar, un túmulo de piedra que ella levantó en 1991 en un jardín para registrar la evolución del sol a lo largo del día. En el caso de Posada la documentación ofrecida era de senderos del campus de la Universidad de Antioquia, que sólo puede captarse en su integridad por medio de fotografía aérea. Y sólo pudieron verse directamente, por un breve período, antes de que los caminantes, el viento y la lluvia se llevaran la cal. Cómo se llevaron los pictogramas de animales que con tan delicado lirismo pintó en su oportunidad Luis Fernando Sepúlveda, cuyas fotografías también fueron incluidas en la exposición.

Los documentalistas son de alguna manera los últimos cartesianos: todavía se atienen a la oposición entre el objeto y el sujeto, sin dejarse afectar en lo que hacen por la teoría de la incertidumbre de Werner Heisenberg, según la cual la observación modifica lo observado, enturbiando la claridad de dicha oposición. En Revelaciones hubo heisenbergianos y los más radicales fueron Alfonso Suárez y Adolfo Cifuentes. Radicales porque lo que hicieron fue mostrarse a sí mismos mostrándose en una acción o performance. Y radicales porque el material fotográfico con el que así se mostraban estaba ostensiblemente modificado para hacerlo congruente con la peculiar poética de cada uno de ellos. Sí, como argumenta el filósofo Gilles Deleuze, el pliegue de algo sobre sí mismo es el nudo gordiano del barroco, estos artistas son barrocos, extremadamente barrocos.

Revelaciones la completaban, sin agregarle nada, obras de Víctor Robledo, Luis Rincón, Ana Claudia Múnera, María José Morales y Luis Ospina, un buen artista incluido, no se sabe bien por qué.

CARLOS JIMÉNEZ

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