Vistas en conjunto, las obras de gran formato de Raúl Cristancho revelan una enorme fuerza constructiva y cromática. La distribución espacial de la exposición, acertadamente, conformó dos estancias, en una de ellas prevalece un grupo de pinturas en las que priman atmósferas oscuras, enigmáticas, de tonalidades violáceas, que crean el clima apropiado para sugerir la presencia de un pasado ancestral, remoto que actúa bajo la piel de nuestra cultura, más allá de lo aparente; estas obras parecen privilegiar, o por lo menos conceder, una gran relevancia al pensamiento mágico, en relación al pensamiento occidental. Mediante el manejo de la luz, generalmente cálida, amarilla o naranja, o a través del contraste de rectángulos de azul muy intenso, o de tonalidades claras que generalmente aluden al agua, rompe la penumbra, creando puntos focales, centros de interés, donde recae la fuerza y el sentido de sus paisajes simbólicos.
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En otra estancia, cobran gran importancia la Anunciación y Paisaje simbólico según Gauguin en estas prevalece el contraste cromático y en esta última se introduce una imagen que hace referencia a la masacre de Caloto en la que perecieron muchos miembros de la comunidad indígena del sur del país. El recurso cromático se articula a través de una construcción compleja, sumamente osada, en la que se entrecruzan imágenes de la historia del arte occidental, como elementos propios, o que hacen referencia, a la cultura precolombina.
Sus obras, en general, acuden a una sobreposición de realidades, como la mencionada anteriormente, incorporando además, árboles, montañas y ríos que dan origen a un paisaje en el que convive el hombre occidental, el hombre pragmático de hoy, con el hombre mágico, el hombre-jaguar, de nuestro pasado mítico, como ocurre en la pintura Espejismo. Esta sobreposición de iconografías y de realidades, concede a su pintura la "densidad histórica" a la que alude el propio pintor1 y en ella reside la fuerza de sus imágenes que se proponen traer al presente, los componentes de una cultura híbrida, de una identidad fragmentada, compleja, como lo es la nuestra, en la que es preciso reconocer el peso de los rasgos occidentales, pero tampoco puede ser asumida como el resultado exclusivo de la tradición occidental pura, sino que por el contrario, en ella, oculta, subterráneamente, actúan las fuerzas que también están presentes en los mitos, leyendas y creencias del hombre prehispánico.
Estas reflexiones de Raúl Cristancho, cobran una singular actualidad en su instalación La piel de la selva, realizada sobre un muro y dos paneles de la sala. En este espacio se han instalado simétricamente, sobre un fondo rojo intenso, dos pinturas de Raúl pequeño formato en las que se alude a los antiguos "mambeadores" de coca, personajes propios de la cultura prehispánica del sur; en medio de ellas pende una tela teñida de verde intenso que hace referencia directa a los uniformes camuflados que usan los soldados en los combates de las zonas selváticas colombianas. La fuerza de la imagen se equipara a la fuerza de su significado.
Raúl Cristancho es un artista lúcido que con conocimiento de causa asume los riesgos de un arte con contenido que pretende actuar en el ámbito de nuestra conciencia cultural, característica en la que compromete lo ético con lo estético, en una vehemente oposición frente a un arte que se complace en el formalismo puro.
NOTA
1. Concepto que expone Raúl Cristancho en el catálogo que acompañó la muestra del Colombo Americano. Bogotá, 1993.
MARTA RODRÍGUEZ
