Colectivaene 1995 - mar 1995· Por Luis Ángel Duque

Premio Mendoza

Sala Mendoza

A pesar de que 1994 fue el año de las grandes quiebras corporativas, los salones de arte de iniciativa privada continuaron con su secuencia preestablecida (el Salón Dimple, el Camille Pissarro). Entre ellos, el de más antigua data, el Premio Eugenio Mendoza, con carácter de Bienal, alcanzó su VII Edición y se ha convertido en referencia obligada en el arte contemporáneo venezolano.

Así como las primeras ediciones, que estuvieron bajo la tutela de Axel Stein, cubrieron, en su espacio, el espíritu del arte de los ochenta, en las últimas, bajo el cuidado de Ariel Jiménez se han ido revelando los soportes, las ideas y los nombres que le van dando fisonomía a los noventa.

Aunque en esta ocasión no había tema en la convocatoria, la violencia urbana, el feminismo, el post-dibujo y ciertas imaginerías se volvieron los temas a identificar en la exposición. Dos generaciones parecían confrontarse en los límites de las salas. La primera, de artistas con un lenguaje propio ya establecida, o como Clemencia Labin, Luis Lares y Nela Ochoa, se alternaba con los otros participantes, que presentaban obras de investigación.

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Entre los más jóvenes, había artistas con un incipiente pero sólido currículum como María Cristina Carbonell, Diana López, Leonor Mendoza, Carlos Julio Molina y Luis Romero, Otros, que literalmente presentaban por primera vez su obra al público, eran los más noveles Juan Araújo y Myleen Gutiérrez.

La violencia como tópico contemporáneo que reflejaba la que se ha instaurado en las calles de Caracas estaba presente en las obras de María Cristina Carbonell, Nela Ochoa y Diana López. La primera con sus epigramas (¿Cuánto crees que vales muerto?) que giraban alrededor del triángulo vida-seguridad-muerte, hermosamente incisos sobre bloques de mármol que figuraban libros de un camposanto.

La segunda con una conmovedora ambientación desarrollada a partir de radiografías de baleados y jaleados (*), donde las transparencias de los miembros heridos silueteaban las lápidas de los caídos, víctimas de la violencia urbana. La tercera se apropiaba de la imagen de una joven brutalmente asesinada y la convertía en un felpudo artesanal de lo más convencional, señalando lo vulgar de la situación y el lugar de las mujeres caraqueñas como materia de delito.

En una onda de post-dibujo Carlos Julio Molina y Luis Romero ocupaban grandes espacios con obras realizadas con dos métodos creativos muy diferentes. El primero ironizando, en grandes frases, con el medio como vehículo onanista y narcista y el segundo utilizando modernas máquinas de reproducción para acopilar, ensamblar y presentar imágenes ajenas.

Con reflexiones muy divergentes entre sí, Luis Lares y Leonor Mendoza abordaban el mundo industrial. El primero destacando en una situación de hiperrealidad la figura del trabajador de aluminio, que pasa su vida útil en subterráneos ardientes, y la segunda dándole vida y carácter escultórico a ductores de hierro recuperados.

La feminidad era abordada, también por muy diferentes vías, por Clemencia Labin y Mayleen Gutiérrez. La primera con la pintura como vehículo de iluminación. Esto se apreciaba en su políptico Sueño de novia, donde los rojos magníficos se transfiguraban en la figura de una Purísima. La segunda presentaba y sublimaba otra de las condiciones de las féminas en Latinoamérica; su condición de esclava de los oficios domésticos, con su instalación construida con miles de panelas de jabón azul.

El grupo de expositores lo culminaba Juan Araújo con una reflexión post-ecológica, donde los pétalos de numerosas rosas eran apreciados como módulos cromáticos que adquirían una magnífica resonancia al ser presentados en formatos pictóricos.

En su carácter de ganador de la edición anterior de 1992, Sammy Cucher estaba presente entre los expositores como invitado especial. Presentó parte de sus macrofotografías de la serie Faith, Honor and Beauty, realizada en 1993 en colaboración con Anthony Aziz. Esta es una terrible y declarada visión del Sueño Americano, donde una parodia del ideal estético instaurado en los Estados Unidos durante la era Reagan-Bush muestra a norteamericanos anglosajones, rodeados de sus fetiches (computadoras, bates de béisbol), sanos y robustos, sonrientes y sin genitales.

Los premios, los inevitables y polémicos premios, recayeron solamente en obras de investigación, reiterando el carácter alternativo que mantiene el Salón Mendoza. Diana López obtuvo el Primer Premio. Carlos Julio Molina y Mayleen Gutiérrez se adjudicaron las dos menciones. Se creó una mención de honor que destacó la obra de María Cristina Carbonell.

NOTA

(*) Neologismo por F.A.L. (Fusil Automático Liviano), arma que usan el Ejército y las Fuerzas Armadas de Cooperación de Venezuela.

1 Entrevista con el artista, octubre 1994.

2 Hugh Honour y John Fleming, The Visual Art: A History. Prentice-Hall, Englewood Cliffs, NJ, p. 141.

3 Entrevista con el artista, octubre 1994.

4 Entrevista con el artista, octubre 1994.

LUIS ÁNGEL DUQUE

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