Exposición Individualene 1995 - mar 1995· Por Antonio Espinosa

Mónica Castillo

Galería OMR

La década de los ochenta, que marcó en México un cambio histórico decisivo (el paso del viejo modelo populista al nuevo modelo neoliberal), vio el surgimiento y la consolidación de vigorosas formas de expresión pictórica que mantienen su vigencia en la actualidad. Herederos del espíritu libertario que animó a la Ruptura (la generación rebelde que encabezó José Luis Cuevas), los artistas de los ochenta lograron la renovación de la pintura mexicana. Definir esta nueva pintura no es nada fácil, pues se trata de una suma de aventuras individuales que guardan coincidencias entre sí y que no podrían entenderse del todo si las encasillamos arbitrariamente en tal o cual corriente. La neofiguración predominante, que relegó a la abstracción a un segundo plano, contiene múltiples variantes, entre las que destacan la neoexpresión, la neomexicanista y la postmoderna. Por cierto que esta última se manifiesta, más que como una corriente con características definidas, como un sentir presente en numerosos artistas mexicanos, estén o no conscientes del fenómeno.

El joven pintor Rubén Ortiz afirmó en cierta ocasión que el fin de la modernidad en México se situaba a las 7:19 horas del 19 de septiembre de 1985, el trágico día del temblor. Quería decir que dicha fecha marcaba el inicio de la postmodernidad en nuestro país, evidente ya en diversas expresiones artísticas (la arquitectura, la fotografía, la pintura, etc.). El llamado postmodernismo permite retomar estilos del pasado, apropiarse de imágenes consagradas del arte universal—a través de citas, glosas y paráfrasis—, incorporar motivos de la cultura popular y hasta abrevar en la estética del kitsch. ¡Todo se vale! Esto podrían exclamar numerosos artistas mexicanos, aquellos en cuya obra se advierten rasgos de postmodernismo. Con esta modalidad fueron etiquetados los jóvenes pintores del colectivo La Quiñonera, del que fue miembro el mencionado Rubén Ortiz. A este grupo perteneció también la joven pintora Mónica Castillo, quien recientemente presentó una impactante exposición en la Ciudad de México1.

A pesar de que Mónica Castillo (México, D.F., 1961) nunca se ha asumido como una artista postmoderna, durante un tiempo su obra se caracterizó por sus inequívocos rasgos transvanguardistas. Creo que esto se puede explicar si consideramos que la formación artística de esta joven es fundamentalmente europea. Entre 1978 y 1985, realizó estudios en el viejo continente,conoció movimientos tan importantes como la transvanguardia italiana y el movimiento neo-expresionista alemán representado por los Nuevos Salvajes (de éstos le interesó especialmente la obra de Georg Baselitz). Concluidos sus estudios, regresó a México, donde al poco tiempo se identificó con otros jóvenes y decidió trabajar con ellos en La Quiñonera.

Mónica Castillo formó parte del colectivo artístico durante seis años (1986-1991). Participó en varias exposiciones con el grupo, compartió gustos, intereses y propuestas: influyó en sus compañeros y se dejó influir por ellos. En este tiempo practicó un postmodernismo pictórico que llamó poderosamente la atención y que tuvo su punto climático en su memorable exposición de 1991 en la Galería OMR: Presentación en sociedad, su primera individual. El interés de la pintora se centraba entonces en la contraposición de contenidos e ideas a través de la amalgama de los más diversos elementos. Desde una óptica subversiva e irreverente, Mónica tomaba prestadas imágenes de la historia del arte, las sacaba de su contexto y les daba otro sentido. Lo mismo hacía con ciertos motivos religiosos, de la cultura popular y de la vida cotidiana. De todo ello derivaban significados ambiguos y metáforas cargadas de humor e ironía.

Luego de aquella exposición en la OMR, Mónica Castillo decidió cambiar. Un viaje a Sudamérica, entre 1991 y 1992, le ayudó a despejar la mente, a pensar bien las cosas. La pintora llegó a la conclusión de que era necesario renovar su lenguaje para expresar otro tipo de preocupaciones. De regreso en México, empezó a trabajar el autorretrato, con la idea de que su propia imagen sirviera como punto de partida de una nueva forma de expresión. El trabajo fue arduo y el resultado lo pudimos apreciar el pasado mes de octubre en la galería OMR de la Ciudad de México, en la que fue la segunda exposición individual de la artista: Salvavidas bajo su piel. La muestra estuvo integrada por un total de 18 obras entre pinturas (óleos/tela), piezas de arte-objeto, esculturas de resina y panes moldeados y horneados. En todas y cada una de las obras exhibidas, la autora se autorretrata. Los mismos panes escultóricos que inundaron la galería (150 nada más) mostraban la forma de su cabeza.

Con esta serie de dramáticos autorretratos, Mónica Castillo se ha revelado como una de las artistas figurativas más audaces, interesantes y propositivas del México actual. Y es que esta joven no ha hecho un simple ejercicio introspectivo sino un autoanálisis desgarrador que ha tocado las fibras más sensibles del espectador y lo ha enfrentado con su drama existencial. ¿Cómo no reconocer nuestra miseria en esos autorretratos atroces? Más que revelarnos su mundo interior a través de diversas expresiones de su rostro, lo que ha hecho Mónica Castillo es ofrecernos un mensaje de desesperanza absoluta. De esta manera, ha iniciado una nueva etapa en su producción.

NOTA

1. El grupo La Quiñonera, cuya sede es una amplia y vieja casona ubicada en Coyoacán, estuvo integrado originalmente por Mónica Castillo, Rubén Ortiz, los hermanos Héctor y Néstor Quiñones y Diego Toledo. En la actualidad, el colectivo está integrado por Claudia Fernández, Francisco Fernández Taca, Héctor Quiñones, Néstor Quiñones y Diego Toledo.

ANTONIO ESPINOSA

Mónica Castillo, por Antonio Espinosa | artnexus