Las grandes telas de Miguel Bohmer procesan las imágenes urbanas, su banalidad y la memoria que ellas contienen. Sus pinturas capturan el repertorio diario que es leído por su voluntad humorística y retórica con cierta sorna y desprendimiento. Ese ejercicio resulta divertidamente cínico y autoritario, no sólo desde el punto de vista iconográfico sino desde la perspectiva de la pintura como elaboración.
Los temas que Bohmer escoge para articular los lienzos pertenecen al repertorio urbano poluto de imágenes, signos y señales. Tan reconocibles que están vacíos y carentes de todo sentido. Se van borrando como efecto y sus propiedades pasan a engrosar las filas del cansancio y la fatiga. Ese aturdimiento como propiedad desenfoca el campo visual y vuelve banal y sin sentido algo que aspiró a cumplir una función.
[[IMAGE]]
Para subrayar ese fenómeno, los telones de Bohmer se producen buscando una irregularidad sutil que les otorga cierta planeada espontaneidad, al tiempo que al tratar los argumentos, éstos aparecen en un proceso de accidentalidad y deterioro que también resulta ser un tratamiento intencionado. El recorte y selección de actualidad ilustrada sucumbe ante los grandes lienzos que presentan las imágenes magnificando su inutilidad y arrancándolas de su contexto original.
Aunque aparentemente su obra es figurativa y realista, los planteamientos de Bohmer están en la otra orilla de esos objetivos. Precisamente su elección despectiva en la consecución de argumentos y la variedad barroca de su elección temática señalan la voluntad de descrédito y atomización de verdades. En ese sentido, su pintura resulta iconoclasta y burlesca. Esa causticidad se integra y doblega ante los títulos que confirman su ironía: Condominio novelesco, Persuadir es generar ilusiones, Presencia mesiánica, Proverbio holandés, Elefante blanco o Comprender si sabe operar, que hacen parte de la exhibición y en donde se reafirma la voluntad del artista por un arte de ciudad, signado por la sobrevivencia y asumido como un azar y vandalizado por el deterioro.
MIGUEL GONZÁLEZ
