En 1984, el Museo Universitario del Chopo albergó la colectiva Una década emergente, la cual estuvo integrada con obras de 42 expositores nacidos entre 1949 y 1959. Del 17 de agosto al 30 de septiembre de 1994 el mismo museo alojó la exposición Una década emergente, una década después, que estuvo conformada con trabajos de 41 de los 42 autores que hace diez años participaron en la primera exposición mencionada (pues uno de ellos ya no ejerce la actividad de artista). Mientras que —cualesquiera que hayan sido las intenciones de quienes la organizaron— la colectiva de 1984 tuvo la función de avalar aun número de autores que ya habían logrado de alguna fama a bastante renombre desde los años setenta, para incluirlos definitivamente en el ámbito de la cultura oficial, Una década emergente, una década después —de manera independiente de la voluntad de quien la coordinó: Emma Cecilia García— sirvió para conocer las posturas que ante su quehacertienen hoy día quienes integran ese grupo de artistas visuales mexicanos y para equipararlas con los enfoques que ellos mismos tenían hace un decenio.
[[IMAGE]]
No cabe duda de que en 1984 todos los autores que participaron en la colectiva citada (y no sólo ellos) contaban entre sus aspiraciones con la de ser definitivamente incorporados a la cultura oficial mexicana. Pero antes de ser invitados a participar, no todos habían aplicado la misma estrategia ni semejantes tácticas para conseguirlo. Muchos de ellos se habían opuesto durante los años setenta a las vías culturales aceptadas, y lo habían hecho desde diversos flancos: el productivo (creación colectiva), el estético (ironía), el temático (feminismo, historia, realidad nacional, urbe), el del género (arte efímero, fotocopia, ensamblaje, obra sobre papel) o el estilístico. Otros, desde el comienzo de sus respectivas trayectorias, dibujaban, practicaban la gráfica y/o pintaban. Sin embargo, casi todos accedieron a participar en Una década emergente con pinturas, con lo que se afiliaron a una postura artística que en los primeros años de la década de los ochenta parecía ser de avanzada: el pintar.
Para la colectiva que hace diez años se montó en el Museo del Chopo, únicamente Luis Argudín en la pintura y Mónica Mayer en el collage retrabajado contaban ya con léxicos característicos del decenio de los ochenta, mientras que los lenguajes que en 1984 practicaban los demás jóvenes valores mexicanos no eran de los ochenta (y, por tanto, no eran congruentes con la recuperación de la pintura), sino que, en los mejores casos, provenían de los años setenta: en la colectiva de entonces campearon los postinformalismos y la nueva figuración (y hasta hubo algunos anacronismos). Con estos antecedentes no era posible esperar que Una década emergente, una década después, reuniera novedades pues hubiera resultado incluso incongruente que quienes hace diez años habían intervenido en la fase terminal de las vanguardias aparecieran ahora empleando léxicos de reciente incorporación al mundo del arte. Sin embargo, de entre los cuarenta y uno expositores, sí hay unos cuantos que han sabido dotar de vigencia a sus vocabularios y a sus motivos, con lo que se han adentrado de manera algo abrupta en terrenos más actualizados, y acaso sólo un par ha podido transitar con solvencia y sin forzar sus lenguajes hacia modos de hacer característicos de nuestro tiempo.
Quienes han dado nueva vida a sus estilos son Miguel Ángel Alamilla (explora nuevos parámetros para orden, armonía y equilibrio); Argudín (postmoderno temprano y hoy neobarroco); Alberto Castro Leñero (neoexpresionista figurativo); Francisco Castro Leñero (practica una reacción estructuradora ante el postinformalismo); Magali Lara (ha ganado en vigor) e Irma Palacios (postinformalista matérica). Quienes han variado sus filiaciones para estar más acordes con nuestro tiempo son Adolfo Patiño (usualmente avanzado y hoy en una fase de transición); Mario Rangel (innovador desde los ochenta); Raymundo Sesma (en la vía post-conceptual que implica el uso de pintura combinada con textos y ensamblajes) y Manuel Zavaia (quien emplea la fotografía manipulada). Entre las obras de quienes exhibieron hace diez años en el Museo del Chopo y vuelven a hacerlo ahora sólo hay dos casos de autores que paulatinamente, sostenida y genuinamente han trabajado hasta proponer satisfactores para las necesidades artísticas de hoy día: Carlos Aguirre y Mónica Mayer.
Aguirre, con su instalación a base de acero, mármol, aluminio y papel intitulada Ninguno por razones políticas y alusivas a los asesinatos de militantes de la oposición de centro-izquierda, se vincula con la nueva objetualidad—heredera del arte conceptual pero contrapuesta a éste—, en tanto que Mayer, mediante la intervención de la imagen, la exploración de lo inestable y el uso de textos ha llegado al deconstructivismo. Los otros expositores, una década después, practican lenguajes obsoletos, ejecutan obras concesivas o son francamente decorativos. Y entre ellos hay varios representantes de la vacuidad que es típica de mucho arte de nuestro tiempo.
CARLOS BLAS GALINDO
