Entre los meses de septiembre y octubre del año en curso tuvo lugar la exposición titulada El legado de Guillermo Wiedemann en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Como su nombre lo indica, la muestra estuvo integrada por la importante donación hecha por la viuda del artista—Cristina Szalay Chalupezynsky—tanto a la biblioteca mencionada como al Museo Nacional. Wiedemann pintó óleos y acuarelas y en 1963 realizó un conjunto de collages. El legado se concentra en los últimos años de la producción del artista—hay 48 trabajos de 1960 a 1965—y sólo tiene doce obras de 1941 a 1959. De esta manera, es una colección básicamente de cuadros abstractos, con muy pocos ejemplos figurativos, toda vez que a partir de 1957, incluso en algunos casos un poco antes, Wiedemann se inclinó en forma definitiva por la abstracción. Al principio, una abstracción lírica y con ciertos remanentes de sus vivencias del espacio húmedo y luminoso de las selvas del país y sobre todo después de sus collages, una abstracción pura con claras proclividades geométricas.
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De los primeros años en Colombia—el artista llegó en 1939—no hay nada importante y de los cincuenta, cuando todavía era figurativo, sólo hay dos cuadros valiosos: Sin título, óleo de 1954 y Dos cabezas, acuarela de 1956; el primero presenta una negra y unos pescados muy sintéticos realizados con el grafismo producido con el cabo del pincel sobre el óleo fresco, y el segundo muestra dos torsos aún más abreviados. Desde 1957 hay pinturas muy bellas, comenzando por algunas acuarelas de ese año y de 1958; también tienen mucha calidad varios óleos de 1959—Figura— a 1962—Bloques vivos colores—, pasando por Manchas negras y rojas sobre gris, de 1960 y Blancos y rojos sobre ultramarino, de 1961. De este año y el siguiente son también las hermosas acuarelas Sin Título y Tonos apagados de 1961 y Composición en medios tonos, Composición rojo, azul y Dos formas, de 1962. Si la primera vuelve a recordar sus figuras muy abstraídas de la fase de transición, los tres restantes exhiben la lucha entre las formas sueltas y las que insinúan una geometría latente; todas con finos contrastes de transparencia y opacidad, de luminosidad y menos resplandor. Los diez collages de 1963 constituyen uno de los momentos más interesantes del legado; son los trabajos más experimentales que hiciera Wiedemann en toda su carrera, ecos lejanos de los collages de Schwitters y, como lo anota María Elvira Iriarte—curadora de la exposición—en el catálogo: "emparentados con el vasto panorama del expresionismo abstracto europeo con la obra de artistas como Fautrier, Tàpies o Burri...". Aunque no todos están bien resueltos, otros integran totalmente los elementos y constituyen conjuntos realmente homogéneos, pese a la presencia de distintos materiales. Pero, sin duda alguna, lo mejor de la donación se encuentra en las dieciséis obras de 1964 y 1965. En ellas se puede comprobar lo bueno que era el artista para componer formas y colores; formas más o menos geométricas y colores variados, osados y, en ocasiones, muy intensos. Óleos como Apertura, Formas diagonales y El sueño rojo, de 1964, y Cuadrados de tierra, Formas rosadas, Subir y Arcaica, de 1965, son de las pinturas más importantes de aquellos primeros años de la abstracción en Colombia. Contemporáneo de los artistas del nacionalismo, Wiedemann, que en los cuarenta hizo una figuración relacionada con la selva y las mujeres negras, terminó haciendo una de las obras más avanzadas del país. Por eso su producción todavía luce modernísima, incluso mucho más que la de varios artistas de generaciones siguientes.
GERMÁN RUBIANO
