Las pinturas de Emilio Torti, expuestas durante 1994 en la galería Linda Moore de San Diego, California, son tomadas de su reciente serie argentina, Jardínes primitivos, su vida en las grandes extensiones del interior de su país y la síntesis intensamente personal que hace de estas experiencias. Su enmudecida e introspectiva sensibilidad refleja también la sofisticación de una comunidad estética que ha vivido muchas vidas desde el comienzo de este siglo que termina.
Muchos de los paisajes de ensueño de Torti en realidad ocurren en grandes interiores de estudio. No obstante, están construidos de la manera más simple que el proceso de la pintura pueda permitir. Se trata de una estricta economía, donde nada se malgasta. Torti visualiza superficies planas que confrontan grandes distancias. Muchos de los paisajes están escenificados en estudios cuyos altos espacios arquitectónicos son los de edificaciones de tierras cálidas, construidas en épocas pasadas y más prósperas.
La restricción y la medida gobiernan todos los aspectos de la expresión del artista, pero hay también una cuidadosa edición. Unos pocos lineamientos definidos con claridad y difusas transiciones tonales completan nuestro paseo de adelante hacia atrás. Todo es ilusorio y, sin embargo, completamente identificable. Las implicaciones de su obra son muchas y estratificadas.
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Los elementos de los temas de Torti incluyen siluetas cuidadosamente dibujadas de figuras distantes, discos o planchas vistos a ras de suelo y todos los objetos propios de un estudio que nos remiten súbitamente al presente. Una gran lámina, la botella negra de Cézanne, un caballete distante, la mesa del estudio y una silla o un enrejado con árboles. Todos se asimilan razonablemente como partes de la misma escena. En otra ocasión, un animal pastando, quizás un caballo, aun cuando distante, se eleva a proporciones gargantuescas. Su contorno está doblado en la cabeza y en el lomo, sugiriendo el ritmo de pastar. Nada parece estar fuera de foco y así nos convencemos de las posibilidades íntimas de una gran profundidad espacial.
Nos aseguramos entonces de que todos los acontecimientos suceden dentro de un mundo atmosférico de azules transparentes y fríos bajo los cuales hallamos a menudo tonalidades rosadas. La realidad espectral de la imagen con frecuencia se ve animada por un movimiento pulsativo proveniente de las capas de color sobrepuestas. Los motores de tales movimientos se basan en las variaciones de estas capas de color y de su contraste con la aguda claridad del dibujo.
Los verdaderos paisajes de Torti sugieren grandes distancias y soledades dentro de sus profundidades de pampa. Aislados ranchos y los árboles que los rodean se agrupan en distantes horizontes. Estas viviendas están circundadas por los perfiles familiares de los árboles protectores.
Son los tradicionales cortavientos que protegen contra la sequía al aprovecharse de las fuentes de agua cercanas. Este ejemplo de la morada humana está caracterizado por una sensación de aislamiento atemporal.
Se trata de una vida donde no se tolera el desperdicio.
Este ambiente aparece de nuevo en algunos interiores. En una de las obras, Sin título, una mesa pobremente dispuesta ocupa el primer plano. Los escasos recursos no sugieren abundancia, son el símbolo de la pobreza. En la parte posterior del escenario espacial, que incluye algunos caballetes, se ve una enorme cola de gato que flota libremente. Sus movimientos incluyen seis agresivos círculos. En la parte superior se encuentra un rojizo estallido solar (¿de materiales nucleares?) Los fríos tonos azules debajo hacen que los rosados luzcan realmente calientes por comparación.
Aun cuando Torti es al parecer un artista autodidacta desde que se inició en la pintura en Rosario a la edad de diecinueve años, enfrentó un alud de información cuando se mudó a la capital. En Buenos Aires conoció la incesante actividad generada en una de las principales comunidades artísticas del hemisferio, donde el contacto con las recientes producciones europeas ha sido siempre una constante. Lejos de las estancias provincianas, Torti se instaló en un estudio en La Boca, cerca de la entrada porteña de Buenos Aires. La Boca ha sido tradicionalmente un lugar de artistas, escritores, pescadores y artesanos, así como de gran variedad de intelectuales. La llegada de las revistas de arte europeas no es un hecho que pase desapercibido; son debidamente anotadas y discutidas en detalle en los cafés y en los estudios, donde las imágenes e ideas provenientes de Europa, de Norteamérica y Japón se debaten con gran vigor. Tal vez más que en aquellos lugares de donde emanan las publicaciones y donde los artistas a menudo se encuentran demasiado atareados para mantenerse actualizados sobre lo que se dice acerca de sus obras.
En Buenos Aires, Torti evidenció un discernimiento poco común al elegir las galerías de arte como fuentes de instrucción más bien que inscribirse en un currículo formal de arte. Buscaba consejo entre los artistas y atendía a los intercambios de opiniones en los cafés que frecuentaban. Entre los artistas que allí residían se encontraba la figura seminal de Alfredo Hlito, con varios años de experiencia de trabajo en el extranjero.
Al parecer, Torti mostró asimismo un grado de percepción considerable cuando enfrentó las complejidades de Buenos Aires, pues en lugar de abarcar demasiado en su obra, optó por eliminar el bagaje de muchas trayectorias pictóricas recientes.
De esta manera, Torti se confronta a sí mismo a través de las capas de pintura y de las transparentes tonalidades de sus descomunales telas. Arriesga así lo que tiene que decir, y sus mensajes requieren valor: somos mucho o poco, aquí está. Si no, mucho, comienzo de nuevo. Tenemos aquí un regreso a la heroica de los años cincuenta, con un acento de los noventa. El carácter informal de la década de 1950 en París, Nueva York y otros lugares ofreció al artista un nuevo descubrimiento de sus potencialidades reales, "el regreso a las propias exigencias internas". En el caso de Torti, revela su trayectoria interior con considerable economía de recursos, realzada por una elegante línea de dibujo.
DONALD GOODALL
