Existe un lugar mágico más allá de los ámbitos de nuestra imaginación. Domina un panorama de mares azules y cielos violetas, las personas y los lugares de los recuerdos privados. Todos hemos estado allí, cuando soñamos en una tarde lluviosa o en aquellos estados de somnolencia inducidos por la lectura de un buen libro. Delia Cugat nos invita a un mundo semejante. Es su mundo y el nuestro, un ámbito de misterio y de extraños encuentros donde la artista no nos ofrece respuestas para las preguntas que suscita.
Delia Cugat es una argentina que ha vivido en París durante cerca de veinte años. Sin embargo, el haber perfeccionado su meticuloso oficio en el ambiente artístico más inspirado del mundo no la ha orientado hacia la vanguardia ni la ha animado a participar en las tendencias del escenario artístico parisiense o internacional. Ha elegido más bien crear su propio mundo en la pintura, según sus propios principios estéticos. Sus temas son figuras humanas, aisladas en una extraña atmósfera que no es interior ni exterior, o puede ser ambas cosas a la vez. Los ambientes que pinta son críticos de la existencia pictórica y a la vez surrealistas e imposibles. Crean el escenario para la acción humana y el misterio que nos invita a penetrar.
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En esta exposición de su obra reciente, figuras femeninas y masculinas, de edad y personalidad indefinidas, aparecen desprovistas de identificación pero actúan como los personajes de un drama, si esto fuese en efecto lo que pretenden ser en sus
melancólicas composiciones. Ocupan la superficie de la tela en medio de objetos cuidadosamente ordenados, cuya estructura plástica depende, para su misma existencia, de la aplicación plana de pinceladas de color. Cada uno de los objetos, bien sea real o un mero recurso constructivo, está meticulosamente pintado en capas translúcidas de color integradas a formas y figuras arquitectónicas. Estas formas operan de tal manera que aíslan y protegen a la figura de su propio entorno, sustrayéndola de la realidad y colocándola en el mundo de la creación plástica.
Las obras de mayor impacto configuran una serie titulada Caminantes, donde aparecen mujeres solitarias que vagan entre imaginarias ruinas, entrando y saliendo de su propia nostalgia. No podemos contemplar sus rostros ni leer sus pensamientos. Los paisajes que las rodean son tan imaginarios como reales las estructuras plásticas. Capas de tonos color tierra están conformadas por delgadas capas con un cuchillo de paleta para crear exuberantes superficies; profundas tonalidades azules complementan su estructura colorativa. Los colores operan como unidades independientes de abstracciones geométricas y contribuyen a la atmósfera emocional que rodea las figuras. Están estructurados como un collage de ángulos dinámicos que resalta su realidad y confunde a la vez. Los panoramas poéticos e íntimos de Delia Cugat son obsesionantes y bellamente pintados. Hablan de un mundo aislado y del misterio; con cada uno de ellos, nos sentimos maravillados.
CAROL DAMIAN
