Durante los meses de agosto y octubre de este año el Salón Principal del Museo de Bellas Artes vio transformados sus apacibles espacios al albergar 15 piezas del controversial artista venezolano Carlos Zerpa (Valencia, estado Carabobo, 1950). El conjunto, coherentemente logrado por la acertada curaduría de Federica Palomero y el montaje de William Maldonado, nos permitió recorrer quince años de la producción de este artista a través de uno de sus temas obsesivos: la silla.
Tal como lo señala María Elena Ramos en la presentación del catálogo que acompaña la muestra, "el impulso repulsivo de este artista toma especial relevancia al objetivarse en un accesorio que, como la silla, es recurrente objeto de necesidad diaria del hombre (del cual...) se espera un buen diseño que la haga realmente afín a la exigencia anatómica, que le permita ser idóneamente apropiada para el cuerpo del hombre". La silla, tan cercana y conocida, se presenta entonces como inquietante artefacto, que en su extremo "barroquismo" se convierte en una imagen paradójica, envolvente por su crudeza y su sinsentido, una imagen que podríamos calificar de prerracional. La potencia reveladora de la obra de Zerpa se conecta con esta capacidad de construir imágenes que trascienden los parámetros de la lógica y el buen gusto.
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En ese sentido, la muestra nos acerca a aspectos esenciales de la estética del artista: el recurso del absurdo para devolver lo recóndito del alma humana, la presencia de lo grotesco a través de un exacerbado uso del llamado "mal gusto", la simbolización de la violencia y de la muerte.
La estilizada forma de la Silla sobrecargada, por ejemplo, construida por delicadas volutas de alambre, se ve confrontada a su asiento "tapizado" con clavos. Esta silla se convierte, por ende, en un objeto imposible: revierte su función esencial, destinada al descanso, al reposo, y se transforma en una especie de instrumento de tortura. La convivencia de este choque, de este enfrentamiento, permite a Zerpa actualizar poderosas connotaciones asociadas a la cultura, al arte y a la vida misma.
Zerpa introduce constantemente el tema religioso en sus trabajos. Crucifijos, rostros de Cristo, objetos de culto son tomados por el artista o incluidos en su repulsivo discurso plástico. Paradójicamente, la inclusión de elementos religiosos subraya la violencia de algunos de sus objetos, al crear un mecanismo abrupto de desacralización. Quizá una de las sillas que más abiertamente presenta este aspecto sea Y bendito sea el fruto de tu vientre, propiedad de la Fundación Museo de Bellas Artes. Es, también, un objeto imposible, pues es una silla que carece de asiento, o mejor, lo sustituye por una especie de excusado. Zerpa contrapone, para subrayar el carácter inquietante de la pieza, delicados elementos (una pequeña bailarina de caja musical reflejada en espejitos) con otros francamente violentos (balas, color negro, zapatos de tacón alto).
Zillaz ha sido, sin duda, una de las más interesantes muestras que se han presentado últimamente en Caracas. En ella Zerpa se reitera—en su voluntad desarticuladora de los mecanismos convencionales de percepción de la cultura, el arte y la propia existencia—como uno de nuestros más importantes artistas contemporáneos. Sus piezas, cargadas de un humor hiriente, imágenes de la procacidad e, incluso, de la perversión, son, quizá por eso mismo, notablemente reveladoras: "la obra de Zerpa nos arranca la máscara de la convención diaria, convirtiéndose, toda ella, en el gran espejo de nuestra cultura y nuestras vidas"1.
NOTES
1. Katherine Chacón: De espejos y espejismos. Textos para el catálogo de la exposición homónima. Espacios Unión, Caracas, octubre 1994-febrero 1995.
KATHERINE CHACÓN
