Carlos Capelán expuso en Bogotá durante los meses de septiembre y noviembre su obra reciente, constituida por varias pinturas con la técnica mixta que lo caracteriza, preparando el soporte en este caso un lino natural casi crudo con tierras. El dibujo repetido era como un sello de rostros, figuras humanas, manos con un libro abierto y la escritura que en este caso era protagonista.
¿Una exposición para leer? Si. Pero no hay que olvidar que para leer hay que ver, y que el texto que se lee nos mira, tal vez más intensamente en su neutralidad que cualquier forma reconocible. En la exposición presentó también una instalación. El ojo te ve, introducida por la frase de Antonio Machado: "Los ojos que tú ves no son ojos porque tú los veas, son ojos porque te ven, donde resumía todas sus inquietudes: libertad, relatividad y desarraigo".
Recorriendo la galería y leyendo las frases tomadas de diferentes contextos, ejerciendo el derecho como artista de editarlas e incluso tacharlas, al final resultaba una exposición transparente, esto quiere decir, que Capelán utiliza la comunicación sin imposiciones, de modo que los mensajes no solo referencias como en los dibujos que hacíamos en la infancia, sólo puntos unidos con otros, pero en este caso no para que resulte una figura determinada, sino para construir una red de relaciones cambiantes.
La experiencia requería una condición indispensable: el ejercicio de ambigüedad, que nos llevaba de un lado a otro, pero no como un juego sino para permanecer en ella. Se podían leer textos como los siguientes: "Sucede que la potencia perceptiva del lector disminuye en la misma porción en que aumenta la potencia descriptiva de un sistema o de una lógica progresivamente totalizadora". Es bienvenida una canasta para llevar nuestro pescado a casa, pero cuando el pescado está seguro sobre la mesa, para qué preocuparnos eternamente de la canasta. El paso siguiente sería darse cuenta de que todo está interrelacionado y que en realidad no hay fragmentos. Textos chinos usan el tiempo que toma comer una escudilla de arroz como una unidad de tiempo. Textos védicos usan el tiempo que toma ordeñar una vaca. El yo descentrado está en desarmonía con una sociedad basada todavía en una autoridad central. La pobreza no es una capacidad intrínseca de los medios, es una relación entre los medios y los fines". Las citas iban de lo abstracto a lo concreto, del tiempo al espacio, de esta a otras culturas y se iba tejiendo una red de información más allá de los cuadros, casi como los hilos de la instalación en la que se convirtió Marcel Duchamp en la exposición surrealista de 1942 en Nueva York, pero en este caso invisibles.
Capelán, haciendo énfasis en las redes transparentes de la comunicación reflexiona sobre un aspecto muy importante que ya ha señalado Gianni Vattimo: "Mientras se siga pensando que el goce de la obra de arte se caracteriza por captar la perfección de la forma y por la satisfacción que esta perfección proporciona, resultará imposible aceptar que, como se ha dicho, el valor de uso se disuelva en el valor de cambio o el valor cultural de la obra se borre a favor de su valor expositivo". Y en realidad la ambigüedad en Capelán la convierte en una exposición para usar, para pensar, para dibujar el desarraigo. Un mundo que no puede percibirse a través de una sola ventana, como veíamos antes las exposiciones, cuadro por cuadro, sino cambiando permanentemente de coordenadas y de lugar: Ve que su ego es una selección un tanto arbitraria de experiencias con las que se le ha enseñado a identificarse ¿por qué por ejemplo decimos yo pienso pero no yo estoy latiendo mi corazón?
Cuenta Deborah Rosenthal que el procedimiento pedagógico de Paul Klee era precisamente no convertir ningún elemento del dibujo en un lugar fijo. Como una especie de Copérnico artista, obliga al alumno a encontrarse a sí mismo en movimiento, en relación con el resto de la tierra y veces en oposición a ella. Ese movimiento del artista era precisamente el movimiento del ojo, a través del cual se entraba en la relatividad de las cosas visibles. Precisamente porque nos hace vivir la ambigüedad, la obra de Capelán reflexiona sobre el concepto de cultura en Latinoamérica, pero no a través de objetos concretos a los que estamos acostumbrados, sino como una actitud: como relatividad, como aceptación de múltiples puntos de cruce y tal vez como desarraigo de un hombre obligado incluso a moverse en oposición al resto de la tierra.
NATALIA GUTIÉRREZ
