Colectivaene 1995 - mar 1995· Por Oriana Baddeley

Arte Argentino

Museo de Arte Moderno en Oxford

La tendencia a realizar exposiciones "nacionales" adolece de una serie de contradicciones. A menudo, se refuerzan los estereotipos en el intento por poner en duda los lenguajes esperados de la identidad nacional. ¿Se presume acaso que el público descubrirá aspectos de la nación como contexto, que experimentará lo exótico o que simpatizará con otros, superando las fronteras de la diferencia? ¿En qué lugar de esta ecuación se sitúa la obra del artista que expone? ¿Ha de ser lo "nacional" la característica principal de su práctica, en tanto que la audiencia desempeña el metafórico papel del inspector de aduanas que exige el "pasaporte"?

Con estas preocupaciones en mente abordé la exposición Arte Argentino 1920-1994 presentada por el Museo de Arte Moderno en Oxford. La semana anterior, los Románticos Alemanes exhibidos en Hayward, me habían decepcionado. Parecían haber caído en la peor de las trampas "nacionalistas", al reforzar implacablemente los estereotipos de la identidad nacional desprovistos de todo contexto político o social. La exposición del M.O.M.A. fue un agradable recordatorio de que es posible hacer las cosas de otra manera sin caer en la didáctica.

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Desde los intrincados mundos de las acuarelas de Xul Solar hasta los contornos de los fuertes y descomunales Mapas de Guillermo Kuitca, las obras seleccionadas crean un juego esclarecedor de significados públicos y privados. La Argentina que encontramos en ellos no es sólo una categoría geográfica o un conjunto fijo de identidades estereotipadas, sino un lugar de características cambiantes, transformado por su propio y complejo mestizaje racial y por una creciente urbanización e industrialización. Si bien esta Argentina constituye el telón de fondo, configura a la vez un escenario para representaciones llenas de vigor. La obra temprana de Antonio Berni lucha con la fantasmal presencia de Chirico, traduciendo los lenguajes del surrealismo a la especificidad de su propio contexto. En los grandes collages tardíos de los años sesenta, Berni recicla los lenguajes visuales de los sueños y fantasías infantiles de Max Ernst para crear el mundo casi tangible de su recurrente protagonista, Juanito Laguna. Este niño de la calle, su alter ego, posee una inocencia que se pierde en la evocación de la violencia que presenta Luis Benedit o en el homenaje a los tratos ilícitos y a la corrupción, lleno de humor negro, de Jorge de la Vega, aun cuando todos ocupan el mismo espacio discursivo. Suspendidos en el exterior de este espacio, los monumentos de Heredia al abuso del poder, con sus extrañas y amenazantes distorsiones de la escala y la textura, dominan la selva urbana evocada por la Vega y por Luis Felipe Noé.

El énfasis colocado sobre la alegoría y la sátira social que recorre la exposición se encarna casi literalmente en las esculturas de Pablo Suárez, con su mezcla de kitsch y desesperanza. El humor llano de la obra de Suárez sintetiza el sentido general, un inteligente juego artístico con las especificidades del lugar y de la historia que emana de la exposición en su conjunto.

En última instancia, lo que nos queda de la exposición de Oxford es la sensación renovada de que el arte puede ser interesante, referirse a algo y contribuir a la comprensión de aquel mundo dentro del cual fue producido, sin cerrar las fronteras ni reforzar estereotipos. Al igual que el cosmonauta de Bernini que se despide de Juanito Laguna, la distancia está en el ojo de quien contempla.

ORIANA BADDELEY 

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