Alex Flemming expuso en septiembre y octubre por segunda vez en los espacios de la galería berlinesa Tammen y Busch. Mientras que en 1992 se hizo conocido acá por los animales disecados, pintados y alienados por su combinación con diversos objetos, sus nuevas obras son de un tipo muy distinto. Las paredes de una de las salas de exposición estaban llenas de ropa como pantalones y chaquetas de colores intensos. Por la aplicación del acrílico, éstas estaban rígidas y parecían aplastadas. Sobre cada una de las piezas, ópticamente atractivas pero que inicialmente dan una impresión de banalidad, resalta un concepto relacionado con un estado emotivo elemental: vanidad, deseo, asco, pánico, culpa, o la acusación silenciosa O Eu So (Yo estoy solo).
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En medio de un espacio más pequeño cuelga una colección de marcos cuadrados que uno puede atravesar. Uno debe esforzarse para descifrar la colorida escritura sobre los retratos de honorables señores, sacados de modelos de personajes de Lucas Cranach el Viejo. Cuando uno lo consigue, no quiere creerle a sus ojos. Se trata de los textos de avisos clasificados que suelen aparecer en revistas bajo la rúbrica Onda dura en la que se buscan interesados en participar en juegos sexuales sin tabúes. Son frases de machistas y salvajes fantasías masculinas de la peor ralea; todas ellas auténticos descubrimientos en periódicos y revistas que se las dan de civilizados. Increíble que alguien responda a estos llamados, lo que de todas formas no es el propósito del anunciante. Tras cada número de un casillero se revela más bien una absurda forma del exhibicionismo, que casi siempre no es otra cosa que una válvula de presión para una interminable soledad o compensa la incapacidad para relacionarse con el otro.
Alex Flemming vive desde hace dos años en Berlín. Uno puede topar con la impresión de que se trata de una especie de autocuestionamiento. Flemming no se siente especialmente atraído por Alemania, más bien busca respuestas a cuestiones que tornan a la parte alemana de su familia. Él quiere dar con los motivos, con la mentalidad e idiosincrasia ocultas tras ciertas formas de comportamiento que tuvo que confrontar en su juventud y ante los que obviamente debe haber sufrido. Tras la caída del muro y del proceso de reunificación de la por mucho tiempo dividida Alemania, le interesó la forma en que los alemanes se vinculan con la parte oscura de su historia. En una ciudad como Berlín, donde llegó como extranjero, pudo experimentar con suficiente frecuencia lo que significa sentirse solo y desorientado. Tuvo oportunidades de sobra para observar a la distancia necesaria, las vanidosas autorrepresentaciones que en principio solamente amplían la sensación de soledad. De allí que la ropa pintada—que él usó en algún momento—sea la expresión de sus propias dudas y martirios. En drástica alienación, la cobertura exterior se convierte en un grito y en espejo de su contraparte. Imagen y concepto se traspasan y sobreponen en una estructura de aspectos sensitivos y conceptuales. El objeto final es sólo la parte visible de la obra. La otra es el proceso de su elaboración en el que radica algo ritual, catártico.
Como único animal encontramos en el medio una inmensa foca. Está pintada en color azul brillante y lleva en su espalda trece dados amarillos. El cadáver disecado del animal con sus enormes y sorprendidos ojos de vidrio parece perdido y en el contexto de la ropa colgando de las paredes causa el efecto de un memento mori, como un aterrador monumento de la prepotencia humana frente a la naturaleza. No sólo destruimos criaturas indefensas, sino a nosotros mismos. Vamos perdiendo considerablemente la capacidad de comportamiento social y escapamos en manifestaciones de reposición, que sólo empeoran nuestro aislamiento. De esto también nos hablan las obras de Alex Fleming en esta muestra que nos hace reflexionar.
GERHART HAUPT
