Cuando se carece de elementos verdaderamente críticos para elaborar una discusión en el campo estético, la polémica recae casi siempre en actitudes estériles. Decir que la acuarela es un soporte plástico sobrepasado es, desde luego, no una actitud crítica sino una muestra de ignorancia. Y el que existan acuarelistas de domingo, buenas gentes que viven de hacer estampas folclóricas no supone que la acuarela carezca de sentido como medio para poner de manifiesto una propuesta estética. Basta pensar en Klee, en Feininger, en Marin, etc, para comprobar que el prejuicio carece de piso crítico.

Y esto ha pasado con la llamada acuarela antioqueña, un rótulo inventado para justificar la falta de imaginación de pseudoartistas regionales, de amateurs incapaces de trascender lo anecdótico porque viejos maestros como Humberto Chávez, como Pedro Nel Gómez, como Eladio Vélez la utilizaron sabiamente y de acuerdo con sus propios cánones estéticos. Una cosa es la pincelada rápida, cerebral de Pedro Nel Gómez y otra la mirada objetiva de Chávez, para no referirnos en extenso a lo que Débora Arango logra con sus grandes acuarelas, en las que genialmente se aproxima a ciertos lenguajes del pop y de la misma transvanguardia. Lo lamentable es que la mala discusión entre vanguardistas y regionalistas haya impedido mirar críticamente esta tradición viva de la acuarela.
Por eso una nueva convocatoria debía obedecer a una nueva perspectiva crítica que permitiera salir de la inercia a que se había llegado y canalizara los nuevos aportes, las nuevas experiencias. Y la convocatoria tuvo por suerte un gran efecto positivo pues sin posiciones radicales de parte del jurado en el sentido de defender una única línea de trabajo, actitud tan presente en ciertos salones nacionales del pasado, donde lo actual, la moda imponía su único rasero, aquí la calidad fue lo único que se tuvo en cuenta finalmente.
Calidad en un bodegón, en una naturaleza muerta, en un paisaje. ¿Tolerancia postmoderna? El primer premio de Mario A. Arroyave es una obra de 2.15 metros por 1.15 de título Dónde está Juan Becquet? Un muchacho típico de los barrios de Medellín, inmortalizados ya por el cine de Víctor Gaviria, un muchacho sobre el cual pende la pregunta de su existencia o su desaparición o su muerte pues miles y miles de ellos han muerto y mueren en guerras absurdas. La contundencia del trabajo se logra no sólo por el sereno empleo del color, por la capacidad de configurar la diferencia humana del protagonista, sino por la notable carga simbólica conseguida al trascender lo que podría en otras manos ser una simple anécdota.
El segundo premio, un díptico, juega con eficacia al «trompe l’oeil», dividiendo la visión de unas baldosas, de una habitación y logrando con ello una poética donde se pone de presente la banalidad de la discusión sobre los llamados soportes. John Mario Ortiz jugó a ese efecto mostrando que el soporte en este caso se refiere finalmente a la posibilidad de una imagen que alude a infinitas referencias guardadas por la memoria pero también por el anhelo.
El tercer premio de Fernando Arroyave, Linea horizonte, configura una escenografía patética de ruinas donde el desastre parece haber perdido su capacidad de conmoción, de dolor y es ahora como en Blade Runner algo que simplemente está ahí. Un Bosco que certifica sin los desgarramientos histéricos de los malos expresionistas. Y una imagen que como boceto de una escenografía nos muestra su mirada contemporánea, su propuesta contemporánea.
Un delicado paisaje de Jaime Carmona ponía de presente esta presencia de una nueva mirada en la que el gastado tema del paisaje bucólico se deconstruye en la concepción de la escena, abiertamente artificial pero también exacerbadamente refinada.
¿No supone esto un logro? Quiero decir en el sentido de jóvenes artistas que con un soporte abiertamente tradicional, abocado a la fatalidad de lo folclórico, supieron dejar en sus obras un aporte donde su experiencia de vida, su experiencia del mundo y la historia imponen decididamente unos nuevos contenidos, la posibilidad abierta de unos nuevos códigos.
Y donde queda en claro que la vigencia de una propuesta no está en la ilustración vacía de unas modas, sino en la capacidad de construir una nueva visión.
DARÍO RUIZ GÓMEZ
