Los elementos básicos en la obra del argentino Pablo Reinoso son lo permanente y lo que debe su esencia a la permanencia del cambio, lo informe. De un lado el bronce o el hierro, con sus ínfulas de inmutabilidad. Del otro, la arena y el aceite, el viento y el equilibrio. Es decir, que estos ingredientes construyen la materia prima del escultor: el tiempo. Y para hablar del tiempo habría que resumir media historia de la filosofía y todos los poemas que hablan de ausencia. Ausencia es cuando la arena se ha acumulado en el recipiente inferior del reloj. Para los que no pierden la esperanza Reinoso inventó la cuchara (Tiempo de la arena I, II, III). Entonces, como cuando hay primavera, todo recomienza, lo que parecía detenido continua: eterno retorno. Siempre volvemos al río, pero el río nunca es el mismo.

En la Galería de Femado Quintana en Bogotá, se mostraron una serie de piezas en las que los mismos componentes de los relojes cumplen una función distinta. En la serie de Los trazadores lo que no ha caido en los
depósitos semicirculares, sirve para resaltar la herida del acero. Como lluvia de polen, el polvo dorado brinda al metal algo de su ligereza. He aquí que toda la obra de este escultor se fundamenta en los opuestos, en su disputa o en su promiscuidad: lo ligero y lo contundente, lo denso y lo penetrable, el espacio sugerido frente a lo ocupado, lo que contiene y con el simple aliento del espectador aprovecha para huir...
En esa tensión dialéctica la forma pareciera sólo una ilustración, una repentina concesión al hedonismo, un recordatorio de que incluso el metal fue otra cosa, trocada por el fuego y por tanto, también él potencialmente distinto. Es como una ironía heraclitea, a la cual el artista rindió un homenaje con su Lámpara de aceite. La forma que sostiene la semiesfera donde arde el líquido resalta que, como la energía, nada desaparece, sólo se transforma.
Otro paso, o el más elocuente, es aquel en que el juego referido ya no se confía a la burda intervensión del que, como Deus ex machina, reinicia el devenir del mundo con una cucharada de arena. Son las piezas del equilibrio (La escalera). Allí, la vista sólo presume el
cambio, la mutación es virtual. La compensación de los pesos remite todas las fuerzas que de manera real más que latente sostiene los objetos.
Un último universo conceptual lo conforman las piezas en que la artista cede al romanticismo de insinuar poéticamente la cotidianeidad del quehacer humano. Con una especie de inspiración panteista utiliza la madera (Mezcladora de especies) sal gruesa y palisandro (Ofrendas) creando un puente entre la memoria de lo profano y su afán por elevarse. Sus últimas obras perecieran de hecho animadas por una actitud oriental cercana al zen.
Acaso en Colombia, donde la tradición escultórica es más bien tributaria del volumen, de lo tectónico e imperioso, esta obra haya pecado por sutil, por etérea, por esa sensación de estar siempre a punto de disolverse en el aire.
KLAUS STEINMETZ
