Oscar Muñoz presentó recientemente en la Galería LedisFlam de Nueva York su primera muestra individual. La misma incluyó una nueva versión de sus ya conocidas Cortinas de Baño y una serie de «autorretratos» titulados Narcisos. Autorretratos no es sin embargo la palabra correcta. La contingencia y el azar están demasiado involucrados en el proceso de la producción de estas obras en donde la voluntad del sujeto se anula por medio del azar. En efecto, en unas cubetas cuadradas de plexiglás llenas de agua, el artista sumerge una hoja de papel. Después, por medio del uso de una malla de metal suspendida sobre la cubeta, el artista dibuja la imagen de su rostro con carbón permitiéndo que el pigmento caiga a través de la trama de metal en el agua y consecuentemente en el papel donde permanece hasta después que el agua se evapora. El resultado es una obra en progreso cuyo resultádo final semeja más una obra en descomposición, destrucción (y es que al evaporarse el agua el papel queda ondulado, abusado y el resultado es un dibujo de aspecto resquebrajado). Como resultado, la «trascendencia narcisista» implícita en el título de las obras es transgredida por medio de la resolución formal de las mismas. La idealización y el canon estético que caracterizan la tradición occidental del autorretrato es entonces interrumpida y el resultado es un «progreso» contingente sin predeter- mitaciones ni reglas. Al invocar explícitamente el mito de Narciso esta serie de obras de Muñoz plantea múltiples asociaciones. Existen diversas versiones del mito, no por casualidad mediante el uso de diferentes materiales (las superficies varían de una cubeta a otra) el artista promueve la realización de diferentes Narcisos, de diferentes procesos, respondiendo cada uno a sus condiciones de producción; al final, sin embargo, el castigo divino impone la destrucción y Narciso ...al contemplar su imagen reflejada en las aguas y desesperado al no poder alcanzar el objeto de su amor ni satisfacer su pasión, permanece junto al arroyo hasta consumirse. En las obras de Muñoz es precisamente la evaporación del agua la que permite que su imagen se convierta en ruina, en vestigio; sin el líquido que le dé vida, que la mantenga a flote en la superficie, la imagen del artista se sumerge, toca fondo y se convierte en huella. El resultado es un rostro fracturado que no se asemeja para nada al reflejo continuo del espejo o del agua. Al evaporarse el agua la ilusión se resquebraja, la continuidad se interrumpe y es aquí donde se establece una interesante relación entre éstas obras y las Cortinas de Baño, en donde sombras humanas se recrean con pintura acrílica sobre la superficie de plástico y el espacio intersticial entre realidad e ilusión colapsa en favor de la indefinición. El efecto que se produce entre las sombras proyectadas en las cortinas de baño y el sujeto ausente (pues verificamos que tales sombras no son sino pintura) contrasta con el que se produce entre el reflejo en el agua del rostro de Narciso (una ilusión) y la realidad de su cuerpo; pero sin embargo se asemeja al efecto que se produce entre el reflejo en el agua del rostro del artista y la ausencia de su cuerpo cuyo lugar es ocupado ahora por el espectador-de estas obras.
Queda así planteada una de las estrategias más convencionales de la historia del arte, la de concebir la imagen como substituto, repuesto y por lo tanto compensando por una ausencia.

Sin embargo, al colapsar el objeto representado con la imagen ruinosa de su «autor», mediante el uso del mito de Narciso y la efectiva resolución formal de estas obras, las mismas promueven ciertos planteamientos que tienen que ver con el sujeto productor y el sujeto receptor de estas imágenes. La ruina de Narciso es la ruina del ser humano, del sujeto productor de representaciones. Del sujeto que cree que produce el mundo produciendo su representación (Owens, 1992). Pero las representaciones producidas en estas obras son imágenes en proceso de putrefacción, vértigo del demoro- namiento. De igual forma, la ¡dea de la superficie pictórica como espejo, reproductora de una verdad que se ofrece al espectador, es cuestionada por medio de estos reflejos fracturados en donde la ilusión entre realidad y representación desaparece. En efecto, una vez evaporada el agua, las imágenes resultantes comunican una sensación de fragilidad, de deterioro, de descomposición. El proceso operativo por medio del cual estas imágenes son producidas se enfatiza, se descubre y subraya la ausencia de una resolución ideal o única. Como consecuencia, las representaciones del sujeto obtenidas en estas obras se revelan contingentes; sin la manipulación constante del «autor», el aparato constructor de ideales e ilusiones (concebidas como verdades o valores epistemológicos) deja de operar y el resultado apunta hacia sujetos inmersos en espacios y tiempos determinados, cambiantes, circunstanciales.
Más que cualquier otra obra de Muñoz, esta serie de Narcisos se inserta dentro de una aguda crítica al valor ontológico de la representación. Se inscribe también dentro del proyecto postmodernista que Owens describe como un intento por socavar el estatus referencial de las imágenes visuales y su supuesta capacidad para representar la realidad como realmente es... una realidad que no es sino ficción, producida y sostenida solamente por medio de sus representaciones culturales. (Owens, 1992)
MONICA AMOR
