Desde hace varios años, el Museo de Bellas Artes de Caracas ha desarrollado un especial interés por incluir dentro de su programación la expresión fotográfica a la par que otras expresiones artísticas más tradicionales. Loable esfuerzo que ha permitido que una representativa variedad de fotógrafos sea apreciada en su justa dimensión, desde los maestros clásicos como Cartier Bresson, Bischof o Cappa, hasta creadores contemporáneos que se inscriben en proposiciones fotográficas de corte artístico y experimental. Entre estas últimas se cuenta la obra del guatemalteco Luis González Palma (Guatemala, 1957), quien exhibió durante el mes de mayo y junio de este año, gran parte de su reciente trabajo, bajo el título de Angeles mestizos. Curada por Josune Dorronsoro, figura motor de la fotografía en Venezuela, la muestra se enclavó en la privilegiada Sala 6, sobre paredes vestidas para la ocasión de amarillo ocre, en un montaje cuidadosamente adecuado para las fotografías.

Pocos fotógrafos latinoamericanos (y con tan breve trayectoria) han logrado traspasar las fronteras de sus propios países como lo ha hecho Luis González Palma. El éxito lo sorprendió a pocos años de haber comenzado a dedicarse a la fotografía. Arquitecto de profesión, la búsqueda de un lenguaje más independiente que el arquitectónico, así como una imperiosa necesidad de expresión, lo llevaron a probar primero con la pintura y luego con la fotografía. En gran parte autodidacta, la investigación y experimentación con diversos materiales y posibilidades ha marcado un rumbo casi pictórico en el camino de este artista. Betún de Judea, superposición de imágenes, virado al positivo, texturas con cera de abejas, son parte de los medios utilizados para crear lo que Josune Dorronsoro ha llamado una fotografía-instalación- collage-obra gráfica en la que siempre está presente una puesta en escena inspirada en la teatralidad del ritual cristiano. Religión e identidad cultural, dos de las temáticas recurrentes del artista, se organizan para expresar una atmósfera plagada de imaginarios ancestrales.
Luego de vincularse al grupo de artistas de la Galería Imaginaria en Guatemala, en 1989 realizó su primera exposición individual en el Museum of Contemporary Hispanic Art de Nueva York. Desde su participación en el Fotofest 1992 de Houston, los ojos de críticos y curadores se posaron en él. La naturaleza profundamente mestiza de la temática de su trabajo hizo que fuera convocado a varias exposiciones alrededor del mundo durante 1992 para las celebraciones del Quinto Centenario. De allí en adelante el precio de sus obras en el mercado internacional ha ganado un terreno casi inédito para un fotógrafo venido de los predios latinoamericanos.
Su primer contacto con el público venezolano tuvo lugar en noviembre de 1993, durante el Encuentro Latinoamericano de Fotografía celebrado en • Caracas. Allí, en el marco de la exposición colectiva Romperlos márgenes (Museo de Artes Visuales Alejandro Otero), se pudo apreciar una mínima parte de su obra, así como disfrutar del taller sobre intervención fotográfica que dictó él mismo y en el que convergieron fotógrafos venezolanos de la talla de Nelson Garrido o Alexander Apóstol. Pero no fue sino hasta Angeles mestizos cuando el público caraqueño pudo obtener una visión completa de la naturaleza de su trabajo. Grandes formatos alternados con pequeñas fotografías, así como una instalación intimista e introspectiva al final del recorrido por la sala, todas sus imágenes poseen una fuerza simbólica inusual y una carga poética asombrosa. Trabajadas bajo la pátina de ocres y marrones con destellos de blanco impoluto, estas fotografías dan vida a una red de personajes alegóricos (el ángel, América, la rosa, entre muchas otros) reformulados bajo una profunda y a veces dolorosa mirada latinoamericana. La mitológica herencia occidental tiene esta vez rostro indígena, tez oscura, textura de nostalgia, de vieja iglesia barroca, de cera quemada por años bajo el ahumado de altares mestizos.
CLAUDIA LARRAGUIBEL
