Exposición Individualoct 1994 - dic 1994· Por Autor no disponible

Jalisco: Genio y Figura

MARCO

Tres años después de haberse presentado un panorama del arte de Oaxaca, el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey dedica la totalidad de su espacio a obras de quizá el único otro estado mexicano con una historia de actividad artística comparable: Jalisco. En este caso la muestra no se remonta hasta la época prehispánica, sino que se limita a los siglos XIX y XX para tratar de trazar, en el marco de una sola exposición, la aportación de Jalisco al desarrollo de la pintura moderna en México.

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Jesus Guerrero Galvan. Relato de Maria Asunsolo, 1934. Oleo sobre tela 97x76cm

La pregunta que se hacen muchos espectadores y que abordan los ensayistas del catálogo, es por qué reunir a un grupo de artistas de diversas generaciones bajo el nombre de un estado en el que les tocó a todos nacer. Quizá no tenga sentido hablar de una pintura jalisciense, pero en todo caso resulta igualmente arbitrario, sobre todo en esta época, hablar de pintura «mexicana» o «latinoamericana», como lo han demostrado exposiciones como Latin American Artists of the Twentieth Century, organizada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Si bien la clasificación es arbitraria, no deja de ser valiosa si la consideramos como un punto de vista entre muchos, pues ante la imposibilidad de digerir la historia completa del arte mexicano, nos permite concentrarnos en un período y una región en particular. A final de cuentas, no es sorprendente encontrar elementos y sensibilidades que de alguna manera comparten muchos de los artistas incluidos en esta muestra, ya sea la atención a las tradiciones, las costumbres y la religiosidad propias de la «provincia», como sugiere Carlos Monsiváis, o cierta melancolía que pervade las obras, según Alberto Ruy infantiles, cabe notar los que, en una variación del género de la muerte niña, representa en vida a niños muertos. El grupo de retablos anónimos montados juntos en un solo muro, se distinguen por una economía de composición y brillantes contrastes de color comparables a lo que encontramos en Estrada, siendo un ejemplo notable el de la Virgen de la Soledad de Guadalajara, cuyo efecto es casi el de una obra gráfica o de un recorte de Matisse.

Entrando a la parte de la exposición dedicada a este siglo, el género del retrato se torna fantástico y alucinante, con ecos de Ensor y Schiele, en la obra de Amado de la Cueva y José Luis Figueroa; en la de Jesús Guerrero Gaiván es clasicista e idealizado. De la sección del Dr. Atl es notable una serie de pinturas del Paricutín, mientras que la muestra de Orozco -necesariamente el pintor con mayor representación- - contiene quizá el mayor atractivo de la exposición: un políptico sobre masonite titulado La fiesta de los instrumentos, ejecutado en 1945 y exhibido por primera vez en un museo. Audaz en su colorido y composición, la obra reúne la calidad monumental de los murales de Orozco con lo mejor de sus pinturas de caballete.

Juan Soriano y Chucho Reyes están también ampliamente representados como artistas independientes de cualquier movimiento, la trayectoria de Soriano vivamente ilustrada empezando por obras figurativas de principios de los cuarenta hasta las creaciones semiabstractas de los años sesenta. Por su parte, las obras de Chucho Reyes siguen sorprendiendo no solamente por su fuerte expresividad, sino también por la resonancia que tienen en las generaciones posteriores, misma que se deja apreciar en esta exposición en las pinturas de Alejandro Colunga.

De las últimas décadas destacan, por sus trastornantes pero finamente ejecutadas imágenes, Enrique Guzmán y Javier Campos Cabello, seguidos por los más recientes artistas como Carlos Vargas, que si todavía no son «maestros», sin duda pueden llamar propio el legado «genial» de Jalisco.

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