Una de las constantes del panorama artístico mexicano durante la década de los setenta fue el trabajo colectivizado que realizaron los numerosos autores que estuvieron aglutinados en grupos. Tanto es así que, al historiar el arte de aquella década, se tiende a sobrevalorar la existencia de los grupos y a minimizar, por contraste, la producción individual de entonces. Debido a múltiples causas (la mediatización o el cambio de condiciones sociales, por ejemplo), pocos grupos sobrevivieron al cambio de década y, en el decenio de los ochenta, fueron formadas muy pocas agrupaciones de esta índole. Uno de los escasos grupos que surgieron al final de la década de los años ochenta es el Grupo Semefo, cuyo nombre es el acrónimo del organismo mexicano en el que se realizan autopsias y en el que hay un depósito de cadáveres (Servicio Médico Forense). Semefo realiza preponderantemente performances, montajes, instalaciones y ambientes cuyo tema es la fascinación por los cambios que les ocurren a los organismos una vez que han dejado de vivir; que han dejado (como se dice en México) de existir, pero cuya existencia como cadáveres no puede ser negada. El más reciente trabajo -y el de mayores dimensiones- que este grupo ha realizado hasta ahora es el ambiente Lavatio Corporis, el cual fue mostrado en el Museo de Arte Carrillo Gil. Se trata de una ambientación que está integrada con cadáveres de caballos -unos colocados en hirientes estructuras metálicas que los sostienen a la vez que los aprisionan, y otros en un veloz carrusel o tiovivo-, que está además conformada con cabezas, también de equinos, seccionadas y preservadas en bloques de resina plástica, yuxtapuestas ante esculturas metálicas (que tal vez resultan demasiado convencionales), así como con una referencia a una obra del pintor mexicano José Clemente Orozco (1883-1949) de la que parten, esto apoyado con una escasa intensidad lumínica y un cercado hecho con tarimas de maderas pintadas con negro.

Ideada expresamente para ser expuesta en el museo que la acoge, Lavatio Corporis tiene sus orígenes (o pretextos) iconográfico y estilístico en la dramática imagen de Orozco Los teuies 11/(1947), relativa a la invasión europea a territorio mexicano en el siglo XVI, elección con la cual Semefo establece un vínculo entre la veta orozquiana del museo en que ahora muestra su trabajo (pues, como se sabe, la colección del Museo Carrillo Gil resguarda numerosas piezas de este connotado artista) y la vertiente expresionista por la que este colectivo transita. En efecto, si la obra del grupo está basada en opciones estéticas como las de lo trágico, lo terrorífico, lo siniestro, lo nefasto, lo horrendo, lo grotesco y lo brutal; si tal producción impacta, conmueve y agrede a destinatarios que, más que seducidos, se ven atrapados ante tal obra; si su temática subraya los peligros, la angustia, el dolor y los trastornos del presente (aunque aluda a la visión de Orozco sobre los invasores del tiempo del expresionismo europeo en América); si Semefo enfoca sus temas de un modo que es provocativo y que jamás es pudoroso; si su actitud artística es de violencia y de rebeldía cultural, entonces no cabe duda de que sus integrantes participan de la gran corriente expresionista del arte contemporáneo que, desde el fin del siglo pasado y con mayor ímpetu en el presente, de manera intermitente interesa a numerosos artistas latinoamericanos y de otras zonas durante los cada vez más frecuentes tiempos de crisis.
La vasta cantidad de jóvenes que acudieron a la apertura de Lavatio Corporis permite confirmar que el éxito de Semefo no únicamente se basa en la espectacularidad de sus trabajos, sino en la satisfacción de necesidades artísticas que presenta un sector de la población que, aunque como público son receptivos pero más bien pasivos, colman sus aspiraciones culturales con versiones actuales e inéditas de un expresionismo objetual cuya congruencia con los tiempos que corren es inobjetable, antes que con piezas que, como las de Orozco -también plenas de muertos y de violencia-, pueden ser apreciadas más eficientemente por quienes cuentan con un cierto entrenamiento; el de integrantes de una colectividad de cuyo propio devenir no se sienten corresponsales y que pueden emplear el vandalismo como vía para comunicar sus explicables resentimientos y sus legítimos reclamos; el de integrantes, en suma, de la generación X en su versión mexicana o, mejor, de la versión mexicana de un fenómeno generacional global.
CARLOS - BLAS GALINDO
