Un conjunto de 27 piezas del artista uruguayo Gonzalo Fonseca fue presentado recientemente en el Museo de Bellas Artes de Caracas. La muestra, curada por Iris Peruga, reunió obras que abarcan casi veinte años de la producción de este artista, cuyo trabajo es ampliamente conocido en nuestro país -de hecho, más de veinte piezas pertenecen a colecciones venezolanas, a raíz de las exitosas exposiciones individuales que realizara en Caracas en 1974 y 1977 (Galería Conkright y Galería Aldo Castillo, respectivamente).
Miembro del Taller de Torres-García desde 1943 hasta 1949, Fonseca afianza su lenguaje de formas en Nueva York, ciudad que le permite recapitular y aquilatar sus experiencias de viajero errante, y dar finalmente el paso hacia su obra madura (1). Allí comienza a desprenderse lentamente de las formas heredadas del universalismo constructivo y a indagar en recursos que formarán posteriormente parte fundamental de su lenguaje.

La investigadora Iris Peruga, para quien la obra de Gonzalo Fonseca ha constituido tema de permanente reflexión, ha realizado en esta oportunidad un estudio cuidadoso de la trayectoria del artista, interpretando críticamente su obra, relacionándola con una idea integradora del mundo, asumiéndola como una «metáfora del cosmos» (2). Peruga parte del análisis del espacio plástico de la obra, resaltando la convivencia de aspectos opuestos, para explicar el carácter fundacional de la obra de Fonseca. La configuración del espacio en las obras de Gonzalo Fonseca -escribe Peruga- -, a la vez intelectual y sensorial, plano y profundo, interior y exterior; la plural visión que de ese modo se propone, simultáneamente abierta y cerrada, lejana y cercana, proporciona un conocimiento general, distanciado y racional, al mismo tiempo que una cercanía como desde el interior de las cosas, una especie de contacto íntimo con ellas y más adelante añade: más allá de la estética, más allá del arte, (esta obra) se articula en ese empeño de milenios por el crecimiento y supervivencia de lo humano y puede considerarse como una fundación siempre renovada, inagotable, del mundo. (3)
Lamentablemente, el excelente trabajo de curaduría llevado a cabo por Iris Peruga se vio opacado por el desacertado montaje de la exposición. El museógrafo, olvidando el clásico principio de trabajar para resaltar, calladamente, la obra sin resaltar, abiertamente, la museografía -clasicismo que debió respetarse aún más en esta ocasión, dada la reposada belleza del trabajo de Fonseca-, prácticamente «ocultó» las piezas al recurrir a un montaje mimético (bases de cemento texturado para obras de piedra, trozos de madera esparcidos en medio de la sala, guayas de seguridad que impedían la cabal visión de las obras) que, al estar espacialmente desequilibrado, confundió el recorrido y entorpeció en gran medida la percepción de la exhibición.
Siendo que para Fonseca el tratamiento del espacio es un factor determinante no podemos menos que lamentar un montaje que debió trabajar con mayor cuidado el aspecto espacial, dejando que las piezas «hablaran» por sí mismas, permitiendo al espectador disfrutar cabal mente de sus sutiles juegos espaciales y configuraciones simbólicas.
Cabe destacar nuevamente el trabajo de selección y la investigación, así como el impecable catálogo que además del texto de Peruga, contiene una breve cronología del artista, lista parcial de sus exposiciones y excelentes reproducciones de todas las piezas exhibidas.
NOTAS
(1) . Iris Peruga: Gonzalo Fonseca. La soledad habitada, texto para el catálogo de la exposición Mundos de Gonzalo Fonseca, Museo de Bellas Artes, Caracas, julio-octubre 1994, p. 13.
(2) . Op. cit. p. 28.
(3) . Op. clt.,pp. 10 y 31.
KATHERINE CHACÓN
