El arte de la democracia

La pintura más deseada de America. 1994 Oleo y acrilico sobre lienzo Del tamaño para una lavadora de platos. Foto: Alternativa Museum.

Monografíaoct 1994 - dic 1994· Por Luis Camnitzer

El arte de la democracia

La preocupación de definir con precisión cuál es el gusto popular o el "arte del pueblo" ha sido una meta fundamental tanto del comercio como de la política.Pero la conclusión fácil de que por lo tanto el arte no puede estar regido por reglas democráticas y necesita una élite esclarecida, también es falsa.

Vitaly Komar y Alex Melamid, artistas soviéticos que abandonaron su país hace muchos años para ir a los Estados Unidos vía Israel, estaban catalogados como "disidentes" antes de su partida. Una vez establecidos en los Estados Unidos se autodefinieron como disidentes con respecto a la nueva cultura que encontraron. Su obra siempre fue el resultado de un trabajo en equipo indisoluble (ninguno de los dos es identificable individualmente) y lo que era sátira del realismo socialista pasó a ser sátira del consumo capitalista. Los trabajos siempre se caracterizaron por la habilidad académica y el humor. En una nueva exposición, en el Alternative Museum de Nueva York, esta vez se han enmarcado en una empresa de mayor alcance, no tanto por el valor artístico de la obra sino por las implicaciones sociales. La muestra es el resultado de una encuesta sobre el gusto norteamericano. Culmina en dos obras: el cuadro que gusta más y el cuadro que gusta menos.

Ni la empresa ni la preocupación (y ni siquiera la obra, por definición) son originales. Hubo un intento similar en la década de los sesenta aunque hecho a un nivel muy modesto. En aquel momento los artistas, Gerald Laing y Peter Phillips (británicos viviendo en Nueva York), prepararon una maleta con muestrarios de formas, colores y texturas y con cuestionarios rudimentarios, con los cuales trataron de definir "la" obra de arte del momento. A diferencia de Komar y Melamid, quienes se preocuparon por tener opiniones representativas de toda la población, el público elegido por Laing y Phillips consistió fundamentalmente en gente vinculada al mercado del arte y su estructura de poder. El resultado, producto de la entrevista de 137 personas, se llamó Híbrido y llegó a decorar la carátula de Arts Magazine (mayo de 1966). Fue un ensamblaje no demasiado logrado, pero representaba el gusto de la época en las élites artísticas con bastante acierto. Fue, además, un experimento no demasiado riguroso. 49 personas, por ejemplo, eligieron como material primario (de entre un muestrario restringido) al aluminio, 46 prefirieron la goma y 29 sugirieron el uso de la piel. Los artistas se limitaron a respetar solamente a los 49 de la mayoría y utilizaron el aluminio, creando y satisfaciendo una nueva élite.

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La pintura menos deseada de America. 1994. Oleo sobre lienzo. Del tamaño de un libro de bolsillo. Foto: Alternativa museum

Un análisis del mercado en este sentido, es un proceso que ha tomado lugar —yendo de lo crudo a lo sofisticado— en todas las ideologías. La intuición o el conocimiento de ese mercado han determinado la estética de campañas publicitarias comerciales y gubernamentales y también han influido los patrocinios estatales. Es la hipotética protección del "público" lo que general-mente se invoca para la aplicación de la censura. Los criterios para la censura se basan en los valores atribuidos a lo que usualmente no es más que una abstracción desconocida sobre la cual se proyectan los prejuicios de los burócratas mediocres que la implementan.

La premisa socarrona de Komar y Melamid es ideológica: si en la democracia todo el mundo tiene derecho a decidir quien es el presidente, es obvio que la misma gente tiene que tener derecho a decidir que elementos deben componer a la obra de arte.

Hasta aquí, la idea de los artistas no es mayormente importante (ni correcta), salvo que decidieron afrontar el problema con lo que a primera vista parece una total franqueza. Donde la empresa de estos artistas se hizo más original fue en la escala y seriedad de la encuesta. En contacto con la revista liberal de izquierda The Nation y su Instituto de Análisis Social lograron los fondos necesarios para financiar una encuesta profesional (costo $ 80.000 dólares, con 50% de descuento dada la naturaleza del proyecto). Fueron entrevistadas 1001 personas, representando porcentualmente todos los estratos socioeconómicos (y geográficos) de los Estados Unidos, en un estudio comparable a cualquier encuesta de opinión institucionalmente organizada.

La obra "ideal" que produjo la encuesta no tiene mucha más importancia que la de una buena broma: Washington y un ciervo aparecen en un paisaje otoñal con cielo azul. Hay que aceptar sin embargo que un plebiscito nacional la elegiría por encima de obras hechas de acuerdo a los criterios dados por las respuestas negativas. Pero hay otros resultados que trascienden el analfabetismo artístico y las modas. El cuestionario estableció por ejemplo que el azul es el color más popular (44%), seguido por el verde (12%). El rojo (11%), aunque no aparece como vencedor en ningún estrato de la población, sube en popularidad en relación directa a la sofisticación. Esta conclusión tiene consecuencias comunicativas importantes y permite especulaciones extrañas. Por ejemplo —asumiendo que los resultados de la encuesta se aplicaran también a la población de la ex Unión Soviética— cabe preguntarse ¿que hubiera sucedido con la URSS si hace ochenta años los líderes comunistas se hubieran decidido por una bandera azul en lugar de roja?

Los resultados de la encuesta fluctúan entre lo obvio y lo inesperado. Un 75% piensa que el arte no tiene porqué tener un mensaje y que su misión primordial es la de agradar. Un 19% sin embargo considera que el arte debe estar al servicio de causas elevadas y que debe desafiar las formas de ver y de pensar del espectador. Sorprendentemente un 79% de los encuestados apoyarían la decisión de sus hijos si éstos quisieran ser artistas. Sólo a un 26% le gustaría que éstos quisieran ser artistas. Sólo a un 26% le gustaría que los hijos se casaran con un artista, pero los opositores son pocos: un 65% declara indiferencia. En cuanto a con quien les gustaría cenar, la gente parece preferir a un escritor (29%), a un actor de cine o televisión (25%), a un deportista (24%) y recién entonces a un artista (14%).

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Hibrido de Laing y Philips en la portada de Art Magazine

Durante la entrevista el cuestionador le explicó al entrevistado que de los impuestos que paga cada ciudadano norteamericano, promediamente 420 dólares van para la defensa y 38 dólares se vierten en la educación. Con estos datos en mano, un 66% de los encuestados está dispuesto a pagar 25 dólares para que inviertan en las artes. Sin embargo, a nivel personal, un 75% solamente invertiría 500 dólares o menos para adquirir una obra de arte y un 57%, pudiendo elegir entre una obra de arte y su valor equivalente en efectivo, preferiría el dinero. Al mismo tiempo que expresan la preferencia por el dinero, un 62% elige una obra porque le gusta y solamente un 16% en base a que el valor monetario de la obra podría aumentar.

La independencia, del gusto queda relativizada por las ideas sobre la importancia de los colores en las cosas cotidianas. A un 56% le parece importante la elección referida a un sobre todo, a un 49% cuando se trata de un automóvil. Ya hablando de ropa interior, solamente un 16% considera que es importante esmerarse. O sea que es cosa de apariencia.

El tamaño ideal de una obra de arte grande, de acuerdo a un 65%, es el de una máquina de lavar platos, en oposición a otras escalas posibles como son el tamaño pared o la heladera. En caso de obras pequeñas, la referencia para un 69% es un televisor de 19 pulgadas (50 cm. de diagonal en la pantalla), en comparación a una revista o un libro de bolsillo.

Suponiendo que no hubieran limitaciones económicas para el entrevistado, éste le pagaría a un artista para que pinte un cuadro de su familia (14%), seguido por un retrato individual, escenas de montañas o de animales salvajes (5% cada uno). Solamente un 3% se conformaría con la libertad de creación del artista, con lo que podríamos llamar un "tema libre". Mientras que una mayoría acepte que el arte no tiene por qué ser realista, un 60% considera que cuanto más se parezca a una fotografía, mejor.

La idea de que el público tiene que tener el derecho de decidir sobre qué arte se expone públicamente es más popular entre los encuestados con ingresos por debajo de los 30.000 dólares anuales. Son los grupos más afluentes los que piensan que el público no debiera tener influencia en la decisión. Entre el total de los encuestados, un 60% cree en el derecho de control público.

Komar y Melamid se limitan a presentar los datos y no discuten los problemas, en parte porque la discusión no encaja en la propuesta, un informe de más de den páginas compiladoporla compañía Marttila y Kiley, de Boston, que armó y tabuló las preguntas (una versión reducida salió publicada en The Nation, Marzo 14,1994) Por otro lado, están las piezas de la muestra: gráficas pintadas cuidadosamente sobre tela con acrílico, esculturas representando porcentajes de las respuestas, y finalmente el postre — las dos obras resultantes de la síntesis de la investigadón. El hecho de que ambas obras, la positiva y la negativa, no son satisfadorias artísticamente, constituye el único comentario de la muestra. Con una especiede "sacada de lengua" dé los artistas, Komar y Melamid se lavan las manos e implídtamente dicen: esto es un autorretrato de la sociedad norteamericana, no nos echen la culpa, nosotros solamente cumplimos órdenes.

Considerando que la exposición de Arte Degenerado, que Hitler organizara en Munich en 1937, fue visitada por dos millones de personas que presumiblemente estaban de acuerdo con las premisas de la muestra, el tipo de democracia planteado por Komar y Melamid se convierte en problemático. La lavada de manos, aceptable en términos del juego artístico que se plantean, también es tramposa. La "democracia" que sirve de base a su juego es falsa. Es una democracia que se basa en el gusto y no en el análisis y las preguntas, en su pretendida simplicidad, olvidan la complejidad de las cosas. Por como se plantean tanto el cuestionario como la muestra misma, se establece un proceso de empobrecimiento y de simplificación antitético con el arte. Ambos aparecen como consecuencia final de un proceso democrático que transcurrió hasta el momento de la encuesta y de las obras. Este primer final es una referencia empobrecida en el sentido que las obras de arte que definieron los conceptos que generaron las preguntas del cuestionario son mejores y más ricas que los resultados que ilustran la encuesta. Con esto se confirma un proceso de deterioro en caso que la democracia artística, como parecen entenderla los artistas, realmente se llevara a cabo.

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Portada del catálogo Komar y Metamid. Referencia del editor

Pero la conclusión fácil de que por lo tanto el arte no puede estar regido por reglas democráticas y necesita una élite esclarecida, también es falsa. El error está en proyectar una definición política de democracia sobre el arte, en lugar de democratizar el acceso al arte.

Lo que Komar y Melamid hicieron fue en cierto modo paralelo (y salvando las distancias) a la exposición de Arte Degenerado. La exposición de Hitler quizo demostrar que el arte estaba mal, pero solamente mostró que la gente (Hitler incluido) no entendía el arte que se estaba haciendo. A Hitler le convenía que la gente no entendiera al mismo tiempo que pensaba que entendía muy bien. A Komar y Melamid les interesa que la gente entienda y al mismo tiempo que sepa que no está entendiendo muy bien. Sin darse cuenta, Komar y Melamid se dejaron atrapar por cierta frivolidad del arte de hoy y se quedaron a mitad de camino. La propuesta de la muestra es interesante, pero la lavada de manos la arruina. La verdadera democracia se define compartiendo el poder. Komar y Melamid se redujeron a recoger los síntomas que definen el consumo, no las energías que se aplican a la solución de problemas. Más aún, forzados por su propia propuesta, aquí renunciaron a la utilización de sus propios recursos. Si queremos juzgar la exposición más allá del innegable placer lúdico que ofrece en una visita típica a un museo, inmediatamente encontramos problemas. La muestra es sobre infantilización, no sobre democracia, y también sobre la confusión de la escena artística (esto último de acuerdo a un reportaje a Melamid en el mismo ejemplar de The Nation) y los artistas se olvidaron de aclarar la diferencia.

La muestra si ilustra algo es la distancia entre lo que la élite considera arte y lo que el público general acepta como tal. La única conclusión viable, después de ver todo esto, es que probablemente ambos, élite y público, no solamente están alejadas de un posible entendimiento mutuo, sino también que están irremediablemente equivocados.

Luis Camnitzer:

Artista uruguayo. Profesor en el Departamento de Artes Visuales de la Universidad del Estado de Nueva York, College at Oíd Westbury.

LUIS CAMNITZER

El arte de la democracia, por Luis Camnitzer | artnexus