¡Qué chévere, vamos otra vez!, exclamaba una niñita que, en la compañía de amigos, salía del Laberinto Sensorial, construido en la tercera planta del Museo de Arte Moderno. Lamentamos que el autor, Carlos Cruz-Diez, no estuviese presente, llamado a Caracas y París, después de tres semanas de actividades intensas en Santo Domingo. El maestro suele tomar a los niños como ejemplo de la reacción más pura y fresca ante un arte «diferente» e invita en un momento de reencuentro Sico sensorial con la niñez, a los adultos a liberarse del bloqueo que provocan las convenciones culturales cuando miran sus propuestas sobre el color. Millares de personas, siguiendo esos consejos... o por sus propias motivaciones, han disfrutado y disfrutan las obras del gran artista venezolano, en el museo y al aire libre, sobre los Silos de los Molinos Dominicanos.

Se trata del desenlace de una hermosa aventura. Carlos Cruz-Diez, que es el sobrino biznieto del máximo procer dominicano, Juan Pablo Duarte, sin embargo, no había viajado nunca a la República Dominicana... y era ya una aspiración inaplazable. En 1992, durante esa primera visita a Santo Domingo, concibió el proyecto de donar una obra al país. Pensó primero en una gigantesca Fisicromía en flores -similar a una que diseñó para Medellín-, vio varios muros y almacenaje se convirtieron en un paisaje arquitectónico atractivo, en una geometría pictórica, fascinante por sus mutaciones cromáticas. Tanto los moradores del barrio -parte de la ciudad vieja, a orilla del río Ozama, y sector popular- como la prensa y el medio artístico quedaron deslumbrados por esa modificación del entorno y aporte plástico que por cierto es la única obra de arte contemporáneo, monumental y al aire libre. Además constituye un ejemplo para la renovación urbana... habida cuenta de que no abundan los Cruz-Diez y su «virtuosidad» en esa clase de solución.
Nuevo modo de comunicación visual para la vida colectiva, proporciona al «hombre de la calle» -que lo siente y lo goza- una percepción de las formas, y sobre todo del color, desconocida hasta el momento. Los enormes módulos tornasolados -1 ‘28 silos y 11.200 m2 de muros- son un «hecho artístico lo suficientemente eficaz para que comunique y actúe sobre otros hombres», color en continua mutación creando realidades autónomas, como lo expresa el artista venezolano en sus reflexiones. Es en Santo Domingo donde el muralismo necesita remozar sus concepciones, el triunfo del color como lenguaje, conjugándose línea, volumen y espacio, composiciones geométricas y ritmos policromados, imágenes reales y virtuales. Las mezclas y reacciones ópticas surgen y cambian al compás del desplazamiento del espectador...
El maestro Carlos Cruz-Diez deseaba presentar algo más de su creación plástica, susceptible de explicar en otra escala los fenómenos cromáticos, el «acontecimiento» (una palabra frecuente en el léxico del artista) de los Silos. Pensó en una exposición, traída de Venezuela o Francia, pero el seguro era demasiado alto y faltaba el aspecto didáctico que tanto le preocupa. Decidió entonces preparar la muestra «in situ», mediante esquemas especialmente concebidos para la ocasión, con un equipo de estudiantes y jóvenes artistas. Encabezaría el proyecto el arquitecto Julio Manchal. La exposición se llamaría Metamorfosis de lo efímero y constaría de paneles alternando plywood, metal, cartón, papel, sobre el patrón cromático-constructivo de la fisicromía y la inducción cromática. Además un Laberinto sensorial llevaría a la gente por el dédalo de un corredor, sucediéndose contactos táctiles, ruidos -producción y audición-, vientos, iluminación violenta, saturación ambiental de rojo y azul. En fin, cada uno de nosotros, sometido a «la percepción bruta», sufriría una especie de catarsis.
Se multiplicaron retrasos y problemas. Felizmente el Banco BHD aportó los recursos que permitieron la compra de los materiales. Cruz-Diez pasaba doce horas diarias en la tercera planta del Museo de Arte Moderno, convertido en Taller Experimental Carlos Cruz-Diez. Fue una verdadera ejecución colectiva, interviniendo y siguiendo instrucciones precisas más de 70 personas, entre ellas 25 artistas -jóvenes casi todos-, lo que, en Santo Domingo, equivale a una hazaña que nadie había logrado antes. En dos semanas -principalmente en la última-, se realizaron los doce vastos paneles con sus fenómenos cromáticos de adición e inducción según deambulemos a su alrededor. Asimismo se edificó la tabiquería del tránsito sensorial y laberinto de des condicionamiento. Insistió mucho el maestro en el carácter provisional y experimental de las obras, contribución a la educación artística, pero de ninguna manera trabajos perfectos y definitivos, propios de su firma.
MARIANNE DE TOLENTINO
