Más de cien obras, la mayoría de ellas dibujos y grabados, forman la exposición de Carla Rippey en el Museo de Monterrey. Acertadamente titulada El uso de la memoria, la muestra se divide en series que evocan precisamente el rico almacén poético que la artista lleva en su memoria. Esta se construye de los diversos espacios que ha vivido -el medio-oeste de los Estados Unidos de su infancia y juventud, más tarde París, Nueva York, Chile y finalmente México, donde trabaja desde principios de los años setenta. Para los que gustan hablar de postmodernismos y apropiaciones pictóricas, las fuentes para las imágenes de Rippey pueden ser desde una pintura de Rossetti hasta tratados de psicoanálisis o su propio álbum familiar. Más que representar imágenes y poner en juego su significado, Rippey las utiliza para sugerir un estado de nostalgia, soñoliento y sensual.

El universo de Rippey es femenino. Casi todos sus' personajes son mujeres, algunas de ellas del tipo preferido por los simbolistas del siglo pasado: desnudas, en estado de casi trance o envueltas por el sueño, sumergidas en su propia sensualidad. Las mujeres de la serie Esclavos del sueño por ejemplo, son participantes de un auto-erotismo: en sus sueños encuentran la llave que abre el inconciente y por lo tanto lo desconocido, los recobecos oscuros del ser humano, el instinto. No parecen estar conciernes de su propia sensualidad como para seducir al espectador (masculino), sino que la descubren plenamente, sin compartirla. Oímos ecos de Fuessli, pero las visiones de Rippey no son pesadillas sino sueños eróticos. En vez de monstruos aparecen mariposas, aves, heléchos y estrellas, una naturaleza desbordante que atrapa a las figuras a la vez que las libera de la conciencia limitadora del despertar. La destreza de la artista al manejar los contrastes del blanco y negro recalca aún más-el efecto dramático de las escenas.
En series como El planeta paralelo se trata de la memoria histórica o mítica, en donde la mujer aparece como la clave que descifra el pasado, repre-sentada junto a imágenes de las ruinas de ese pasado: la esfinge y las pirámides de Egipto, las diosas clásicas. Igualmente vemos la imagen de la mujer en escenas que sugieren su afinidad con las fuerzas indomables e impredecibles de la naturaleza (la calidad «ctoniana» que le atribuye Camille Paglia a la mujer), por ejemplo en el dibujo del Paricutín en erupción. Rippey ha dicho que prefiere que la gente se acuerde de como se sintió ante su obra, y no de cómo se veía esa obra. Lo que muestra esta exposición es que no fácilmente olvidamos ni una cosa ni la otra.
