Exposición Individualoct 1994 - dic 1994· Por José Manuel Springer

Artistas Colombianos

Convento del Carmen

Punto de Apoyo, la exposición de arte narrativo contemporáneo de Colombia, presentada en el Convento del Carmen, en Guadalajara, México, como evento colateral a la feria Expoarte, es lo que suele llamarse una exposición manifiesto, producto de la visión de la curadora Ana Sokoloff, cuya intención es apoyar un punto de vista crítico sobre el arte actual, sin entrar en especificidades de estilo o género. Lo que el espectador encuentra no es una muestra generacional o temática sino una visión teórica ilustrada con obra reciente.

De la muestra destaca la intención patente en la obra de hacer referencia a algo tangible y/o reconocible. Esta referencialidad tiene dos extremos, por un lado está la influencia del arte contemporáneo que procede de todos los rincones del mundo y que llega al artista vía exposiciones o información especializada, por otro lado, el cúmulo de imágenes y objetos simbólicos que penetran en nuestro entorno individual y colectivo a través de los medios de comunicación, la cultura institucional y las prácticas rituales de la vida diaria.

Exposición Individual: Artistas Colombianos — imagen 1
Rodrigo Facundo. Sin título. 1994. Impresión láser y parafina.

El argumento de la curaduría consiste en unir esas dos vertientes a través de la figuración para justificar la pérdida de valores artísticos centrales, aquellos que dictaron lo que era válido o no como práctica y logros en el arte occidental y manifestar puntos de coincidencia entre prácticas marginales han sido tan llevadas y traídas por la crítica del arte de los últimos años, que ya han pasado a ser institucionalmente aceptadas, por lo que la noción de centro-periferia, mar ginalidadinstitucionalidad se ha borrado.

La intención de Sokoloff es marcar un punto y aparte, definir porqué la figuración reciente es distinta no sólo en sus métodos sino también en las implicaciones de sus resultados, pero los logros son parciales en la misma medida que el enfoque que les dio origen.

Aunque la curadora reconoce la influencia de la cultura europea y estadounidense de las últimas décadas en la obra expuesta, la justificación de tomar lo individual y lo doméstico como rasgo universal (todos somos individuos, por tanto compartimos esta circunstancia con otros) está anclada en el modelo de globalización económica y la ausencia de ideologías que rige el pensamiento neoliberal. Nuevamente nos enfrentamos a la situación de que los lenguajes artísticos nos vienen dados desde afuera y que el papel del artista local es reinterpretado con contenidos particulares para una audiencia que al parecer vive en estado de sitio.

El planteamiento de la exposición debió partir no de la ambigüedad individualista prevaleciente, sino de una precisión de cuáles son las circunstancias que hacen del arte un medio de diálogo con el mundo para proponer algo ya sea en la figura, el arte objeto y la instalación y no para apoyar una visión filosófica en boga.

El arte siempre ha creado su propia temporalidad, el artista que lo hace comúnmente reflexiona sobre su medio, recurrir a estas circunstancias como algo distintivo sería descubrir el hilo negro, o asumir que el Arte Moderno no respondió a su condición histórica.

La diferencia básica del arte narrativo con sus predecesores vanguardistas se encuentra en la ausencia del protagonista, la cual resulta en ocasiones tan pronunciada que ni siquiera se siente la presencia del individuo artista como tal. La narrativa ha sido eliminada y en su lugar surge la poética con una sintaxis totalmente distinta, que llega a surgir -como lo propuso Duchamp- de una total neutralidad hacia el objeto artístico por parte de su hacedor o seleccionador. Así por ejemplo, las instalaciones y objetos de María Teresa Cano, que utiliza elementos de la vida cotidiana como utensilios de cocina y terrones de azúcar con configuraciones y contextos Alterados, no narran una historia y sí aluden de manera oblicua a un entorno concreto. Referirse a sus instalaciones como simbólicas o representacionales sería erróneo pues los objetos no aluden a su potencial semántico, como sería el caso de un bodegón o naturaleza muerta, su propia presencia física ha sido utilizada para poetizar la realidad.

En varias de las obras expuestas el artista funciona como conductor de la experiencia o demarcador del contexto. Tal es el caso de la obra de Eduardo Pradilla, quien utilizando los recursos de la fotocopia resemantiza fotografías aparecidas en magazines de decoración de interiores. El resultado es un juego de espejos enfrentados en el que una realidad se multiplica infinitamente y pierde su sentido hasta convertirse en una visión crítica del arte como ilusión estética.

Si se considera que el arte contemporáneo está ligado a los códigos y materiales aprobados por el museo y la galería, existen dos vertientes por las cuales el artista puede rehuir esa limitación y construir un discurso subversivo. La primera y más utilizada ha sido recurrir a materiales antiestéticos como la basura, los cadáveres, o las secreciones orgánicas; la otra vertiente emplea los medios propios del museo para subvertirlo. Elias Heim, sigue el segundo camino al construir una escultura a base de ductos de ventilación que lleva el no menos irónico título de Dotación para museos en vías de extinción. Esta consiste en una pareja robótica copulando que alude a las condiciones asépticas de los recintos

artísticos, los cuales condicionan respuestas mecánicas en el público.

Aunque los objetos, instalaciones y esculturas (como los bronces con la efigie de Bart Simpson realizados por Nadin Ospina) resuelven la referencialidad con métodos propositivos, la pintura presente en la exposición deja la impresión de que asistimos a un collage de citas crípticas y repetitivas en la que sólo es posible atestiguar la influencia de otros artistas, como la de Arturo Duelos sobre la obra de La Cena del Bohemio de Rafael Ortíz, un enorme lienzo que contiene diálogos entre siluetas animales y humanas tomadas de cuentos ilustrados.

Las pinturas de Rodrigo Facundo y José Horacio Martínez-Méndez, composiciones heráldicas que ostentan un cdllage de imágenes procedentes de la fotografía, siguen una receta frecuente en estos tiempos que es dar la apariencia de que se relata o simboliza algo, creando un entorno misterioso con una paleta uniforme, para que la percepción del espectador se encuentre saturada y pueda sentirse acaso aludido por una retórica sin imaginación. ¿Será que el punto de apoyo se encuentra en el ojo del espectador más que en la propuesta del artista?

JOSÉ MANUEL SPRINGER

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