Un excelente dibujante tiene varios pasos ganados: determinación, sentido del espacio y algo que podría llamarse, aunque suene a manual de ingeniería, seguridad estructural, que le permite estirar, encoger y ablandar las formas a su antojo y crear propuestas monumentales en una hoja de papel. Estas cualidades se reflejan inmediatamente en las esculturas realizadas en madera, hule, espuma y tela por Angel Ricardo Ríos, un artista cubano de 29 años, que con la misma seguridad retoma influencias, porque ya después de Oldemburg no podemos decir que esté inventando la escultura blanda, pero con una obra que tiene una inmensa presencia y capacidad de comunicación.

Su obra es una «especie» de pop tridimensional, en el cual nos reconocemos porque hemos vivido en esa cultura de la tapicería que va desde los colchones hasta los muebles, pobres o ricos, pero que siempre tienen una forma al servicio de profundos caprichos, más que al rigor de la geometría. Todos hemos usado asientos con esas perennes patas de madera tallada, en las cuales vive todavía un Versalles idolatrado, que con el paso del tiempo se han ido estilizando, y se pintan al duco, pero eso sí, sin perder su dignidad.. Y sostienen, en este caso, toda clase de formas inesperadas.
La casa cómoda es el nombre de la exposición y ¡claro que es una casa cómoda!, porque la historia del diseño en Latinoamérica, si alguna vez se escribe, tal vez considere que la comodidad es deslumbrar a los vecinos o que el diseño también puede ser orgánico o que son más importantes los objetos que el espacio. Las esculturas realizadas con especial cuidado,
tienen además la fuerza del color y con delicadeza, como sin querer, parecen dar forma a nuestros sueños: ¿Un edificio muy Empire State? ¿Un obelisco ?, ¿un capitel?, ¿aspiraciones demasiado clase media?, por qué no, si el arte es una herramienta para penetrar en una manera de pensar que tenemos arraigada y que además puede ablandar la geometría y sorprender al espacio.
Ricardo RÍOS realizó una escultura que, junto con otras obras de diferentes artistas, se tomó varias calles de la ciudad de México. Una propuesta sencilla que consistía en 6 columnas de cemento sosteniendo unas pequeñas puntas de capiteles en ladrillo. Aquí también fueron evidentes sus cualidades como dibujante, ya que las columnas se dejaban rodear de un espacio conveniente para reafirmar su presencia. Parecían «traídas» de otros países o de la historia y como en un juego de niños encajaban, para insistir en la permanencia de las formas ya no monumentales ni trascendentales, pero siguen escondidas en un mueble o en un parque, quién sabe, por los siglos de los siglos.
NATALIA GUTIERREZ
