Monografíajul 1994 - sept 1994· Por Marta Rodríguez

XXXV Salón Nacional de Artistas

Obviando las inevitables presencias que obedecen a una voluntad de realizar un Salón abierto, democrático, que abarque la totalidad del arte colombiano, creo que hay un número suficiente de obras que pueden dar cuenta de una actividad seria, plural e investigativa
en el ámbito de la plástica nacional.

Desde 1940, cuando bajo el auspicio del Ministerio de Educación se realizó el Primer Salón de "artistas colombianos", hasta el presente XXXV Salón Nacional, este evento, sin duda, se ha constituido en el más importante de la actividad de las artes plásticas en el país. Sin embargo, a lo largo de su historia se pueden observar períodos de interrupción, así como una serie de altibajos en cuanto a la participación de artistas, en lo referente a su organización y realización. Afortunadamente desde 1985 se ha mantenido su continuidad y a lo largo de este período ha sido notorio el esfuerzo de Colcultura por realizar salones adecuados y representativos. La experiencia del XXXI Salón realizado en la ciudad de Medellin, en las antiguas instalaciones del aeropuerto Olaya Herrera, se constituyó en una lección que dejó en claro la importancia de presentar las obras con un montaje especializado y en un recinto adecuado.

Las buenas intenciones de Colcultura se hicieron explícitas en la organización del Salón de 1990, fecha en la que se celebraban los cincuenta años de su institución. Con motivo de este onomástico se publicó una completa y necesaria recopilación de documentos y escritos críticos que articulan su historia. En estos textos se hace evidente la importancia y la ingerencia de este evento en el desarrollo de la plástica del país.

El XXXV Salón que ahora nos ocupa cuenta con la presencia aproximada de 360 artistas, de los cuales fueron invitados 200 y 160 seleccionados en los salones regionales organizados para tal fin como antesala del Salón.

Esta organización permite ver reunidas obras de artistas que cuentan con una amplia trayectoria, con obras de artistas muy jóvenes, muchos de ellos estudiantes aún.

Como en todos los salones son muchos los nombres que se podrían omitir, algunas presencias sólo resultan comprensibles si se tiene encuenta que el reglamento del Salón invita, fuera de concurso, a todos aquellos artistas que han sido premiados en los salones anteriores. Este factor hace meditar sobre lo aleatorio que resultan los veredictos de un jurado, ya que en este Salón resulta obvio que muchos de ellos no crearon una obra ni medianamente seria.

Pero obviando estas inevitables presencias que obedecen a una voluntad de realizar un Salón abierto, democrático, que abarque la totalidad del arte colombiano, creo que hay un número suficiente de obras que pueden dar cuenta de una actividad seria, plural e investigativa en el ámbito de la plástica nacional.

Juzgar con la seriedad y con la responsabilidad que merece un evento de esta magnitud no me parece una tarea fácil, particularmente teniendo en cuenta la pluralidad y complejidad de las propuestas, situación que surge de la condición misma de la obra de arte contemporánea, en ocasiones tan hermética, cualidad que la hace susceptible de una pluralidad de lecturas que, para que no carezcan de sentido, deben inscribirse unos procesos que no pueden hacerse explícitos en el salón, tal y como está concebido actualmente.

Otra dificultad surge con la enorme presencia de artistas sumamente jóvenes que aún están en período de formación y de quienes lógicamente no pueden existir referencias para una cabal apreciación de sus trabajos.

Precisamente de éstas y otras dificultades pueden surgir puntos de partida para reflexionar sobre las bondades y defectos de este tipo de eventos masivos que con tanto esfuerzo se vienen realizando. Es éste el tercer salón que se presentan en Corferias con una estructura similar. La elección del sitio resulta adecuada dadas las condiciones físicas del espacio y la cantidad de artistas participantes. En cuanto a la intencionalidad de los salones, ahora, tal vez, excesivamente abierta y democrática, en otras ocasiones más restringida y selectiva, es una situación que siempre ha generado polémicas. Las distintas directivas de Colcultura y los diversos comités de artes plásticas han intentado una pluralidad de estrategias; pero sólo una verdadera política cultural, fundamentada en la complejidad de las manifestaciones culturales y artísticas de nuestros días, podrá definir los caminos a seguir, sin perder nunca de vista la importancia y la pertinencia de los salones nacionales, asunto que parece ser claro para el órgano que se ha preocupado por la publicación de catálogos que cumplan con su cometido de guardar una memoria de los participantes del Salón. Este año se editó un catálogo de lujo en lo que a imagen se refiere. También resultan muy pertinentes los seminarios, conferencias y charlas de los artistas como marco de referencia de la exposición.

Como en todos los salones son muchos los nombres
que se podrían omitir, algunas presencias
sólo resultan comprensibles si se tiene en cuenta
que el reglamento del Salón invita, fuera de concurso,
a todos aquellos artistas que han sido premiados
en los salones anteriores.

Uno de los factores que me parece importante tener en cuenta, es el ya mencionado carácter de la obra contemporánea, la que a mi modo de ver abandonó hace mucho tiempo la referencia puramente visual, es decir, la obra se resiste a una apreciación visual somera, ya que en ella están operando unos códigos complejos y subjetivos que sólo pueden ser comprendidos, en su verdadera dimensión, de un lenguaje que se va formando y articulando a través de procesos particulares.

Este Salón se constituye en un buen ejemplo de la pluralidad de manifestaciones y medios que están vigentes en la actualidad. En él convive el más ancestral de los medios: la pintura, con otros medios no tradicionales que tímidamente se han venido insertando en el país desde los setenta, pero que realmente se propagaron y cobraron forma a fines de los ochenta. Las implicaciones de esta pluralidad de manifestaciones aún no está en capacidad de ser asimilada en toda su dimensión, pero sí es un hecho que su presencia está determinando el camino que están tomando las nuevas generaciones. Para entrar a analizar más detalladamente este XXXV Salón, me parece pertinente asumir un punto de vista con respecto a la problemática del arte del siglo XX, con el fin de inscribir bajo esta óptica las propuestas del Salón.

Hoy podemos entender el arte moderno como un constante replanteo del concepto de arte y de su función. Así como para algunos es expresión de los conflictos que aquejan al hombre, expresión de la interioridad, de la espiritualidad, cauce de la vida interna, para otros es un problema eminentemente constructivo y formal.

Así podríamos seguir enumerando las intenciones que motivaron a las vanguardias, como también lo podríamos hacer con los propósitos de los artistas después de los cincuenta. Cada uno de estos intentos encierra en sí mismo una definición. Hemos llegado a un punto en el que reconocemos que en esta pluralidad de afirmaciones, manifestaciones y medios se reconoce el significado del arte. Es bajo este punto de vista como percibo el conjunto plural que presenta este XXXV Salón y para poder referirme a una serie de obras he creado tres amplias categorías, de acuerdo a la intencionalidad que percibo en ellas, consciente de que toda clasificación resulta incómoda, estrecha y arbitraria, pero con ellas busco crear un marco de referencia que permita observar como, esta ampliación de funciones del arte, lejos de vaticinar la "muerte del arte", abre nuevas posibilidades y nuevos horizontes en los que se perfila una extraordinaria complejidad.

La primera amplísima categoría acoge a todas aquellas obras que pueden ser entendidas como un comentario o como una alusión directa a realidades diversas de orden cultural, artístico, social y de otro orden. Este podría ser el caso de la obra auditiva del grupo Charalambos- Sarmiento, que consistió en la instalación de parlantes muy discretos, a lo largo de todo el Salón, en los que se escuchaban dos voces, con un tono muy neutro que parecían guiar al espectador en su recorrido, señalando: "Esto es arte, esto no es arte". Fue una obra polémica, incómoda para algunos, interesante para otros. A mí modo de ver, esta obra toma un gran sentido dentro del Salón, al "poner el dedo en la llaga" del arte contemporáneo que en su rumbo de cambios constantes ha desestabilizado la capacidad de juicio de entendidos y profanos: la obra se inserta de manera irónica y lúdica en la redefinición a la que el concepto arte se ha sometido a lo largo de este siglo.

Otra obra, también controvertida para algunos, es Pieza de conversación de María Angélica Medina. Su propuesta pretende insertar la actividad artística en el seno de la vida misma. Para tal fin ella se instala, se sienta a tejer y siempre deja un butaco que invita al espectador al diálogo. Ella con su presencia y con su tejido, metáfora de vida, amplía, pruraliza, estabiliza y desestabiliza o teje y entreteje la idea de arte, mientras hábilmente mueve sus agujas.

Mientras La obra de María Teresa Hincapié, mediante un performance que se fundamenta en la lentitud de los movimientos y su duración en el tiempo, quiere rescatar el valor sagrado y ritual del arte.

La obra El taller de Santiago Cárdenas, a quien estuvo dedicado el Salón como un reconocimiento a su obra, es un testimonio de como a través de la pintura es posible referirse a ella misma: a su carácter ilusorio, a esa capacidad de engañar al ojo, de confundir la realidad pictórica con la real y a su vez a esa otra faceta propia de la pintura moderna de ser sólo mancha, gesto, de ser sólo pintura y nada más que pintura.

También como comentarios y referencias al arte pueden entenderse las instalaciones de Manuel Romero, Nadín Ospina y Elias Heim, así como los comics de Alvaro Barrios.

Para otros es importante hacer referencia a la violencia, como poética y sutilmente lo hacen Ethel Gilmour y José Antonio Suárez. Beatriz González es otra artista que ha utilizado siempre su obra para referirse a los más variados tópicos de nuestra realidad nacional; esta vez presentó una obra en la que refuerza una intención simbólica que se viene articulando desde los noventa.

Hacer referencia a nuestra cultura híbrida es la preocupación que articula la obra de Raúl Cristancho, quien presentó dos obras de gran formato en las que resuelve problemas conceptuales y constructivos sumamente osados. La conmovedora instalación de Germán Martínez funciona como un comentario íntimo sobre 1q afectivo. María Clara Piñeiro con su instalación Sakiendo de la bola, una de las propuestas más interesantes del Salón, a través de la creación de objetos (sillas) pintadas con una delicada técnica al óleo está haciendo un elocuente comentario sobre la condición femenina, mientras las cerámicas de Andrea Echeverry aluden con humor al mal gusto, y los dibujos de Ever Astudillo a los problemas urbanos. Cuarto frío, de Femando Arias, obra que recibió premio, hace parte de una trilogía de instalaciones: Análisis (Museo de Arte Universidad Nacional 1992) y Seropositivo (MAM de Bogotá 1994) en las que el artista, lúcida y seriamente, está aludiendo a una realidad tan dolorosa como lo es el sida. Gustavo Turizo realizó una sencilla, pero conmovedora obra alusiva al mismo tema, con la que recibió mención.

Como un comentario a la vida podría abordarse la poética instalación de Ana Claudia Múnera MmmmMmmm y como una alusión a la vegetación y la historia de la zona bananera la instalación de José Alejandro Restrepo, las dos recurren a la imagen del video.

Otro gran grupo de artistas se puede articular en tomo a la formulación de universos simbólicos. Este mundo de índole muy diversa se estructura a partir de realidades muy diversas que pueden abarcar desde sucesos muy íntimos como pueden ser la infancia, la memoria y los recuerdos a hechos o sucesos de orden cultural, religioso o filosófico. En esta categoría sin duda se inscriben loas obras de José Horacio Martínez, premio en el Salón, un artista joven quien frecuentemente ha venido mostrando su trabajo desde su aparición en el Salón de 1990. Las pinturas premiadas hacen parte de una nueva etapa de su trabajo en la que abandona una representación fuerte para dar paso a unas telas claras, realizadas con imprimaturas de tintas, en las que sutilmente se insinúa una cuadrícula que da soporte a un simbolismo subjetivo. Otros artistas que también se refieren a universos simbólicos a través de la pintura son Bibiana Vélez, Julián Aristizabál, Rafael Ortiz, Ofelia Rodríguez, De ley Morelos y César Alfaro Mosquera. El expresionismo de Miguel Angel Rojas también ha incorporado una serie de elementos simbólicos que dotan a su temática urbana e intimista de una complejidad de lecturas. Los tres excelentes carboncillos de Francisco López que recurren a la figuración y a lo lingüístico aluden a un simbolismo mental, intelectual, a las formas de pensamiento puro.

La tercera clasificación pretende englobar a aquellos artistas en los que prevalece un problema de orden formal que bien puede ser abordado como un problema constructivo y, en el caso de algunos, el lenguaje del material juega un papel preponderante. Este podría ser el caso de la impactante instalación de Danilo Dueñas, quien recibió premio en el salón regional. Bajo tres ópticas muy diferentes Carlos Salas, Jaime Iregui y Luis Luna abordan la construcción o la deconstrucción en la pintura.

En la instalación de Clemencia Echeverri, en las esculturas de Rony Vayda, John Castles, Germán Botero y Hugo Zapata, así como en las cerámicas de Nijole Sivickas, la construcción y el lenguaje puro de los materiales se convierten en el sustento de sus propuestas. De la misma manera, otros materiales muy diferentes actúan en las instalaciones en tierra de Cristóbal Castro, en viruta de madera de Alberto Uribe y con panela de Carlos Alberto Uribe, quien recibió mención en este Salón.

Y volviendo a la pintura tres trabajos conjugan la fuerza del color y las posibilidades constructivas de la pintura: Hechos y deshechos, de María Elena Bemal, una obra en la que se alude a la temática urbana y a las posibilidades tridimensionales de la pintura; Armando Montoya, quien ensambla metal con pintura y Muriel Angulo, que combina una pintura expresiva, de vivos colores, en una construcción conformada con base en pequeños lienzos.

La instalación de Pablo Van Wong tiene la triple implicación de ser un comentario sobre la muerte, la guerra y la violencia que vive el país; recurre al uso simbólico de cascos de soldados muertos en combate y es una construcción que se articula en tomo al lenguaje del metal.

Finalmente, debo admitir que, en gran parte, estas clasificaciones fueron creadas para dar cuenta de un amplio número de obras; muy a mi pesar, varias quedan excluidas. Con esta larga e incompleta lista quería dejar constancia de que son muchos los artistas que vienen trabajando con esfuerzo, elaborando propuestas de interés. Por obras y artistas como ellos se justifica la existencia del Salón.

MARTA RODRÍGUEZ

Profesora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional de Colombia. 

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