Exposición Individualjul 1994 - sept 1994· Por Darío Ruiz Gómez

Luis Fernando Peláez

La Oficina

Una y otra vez ante ciertas obras nos preguntamos si realmente al referirnos a ellas debemos calificarlas de arte urbano. Los planteamientos plásticos de Luis Fernando Peláez, sin embargo, estuvieron abocados siempre hacia lo que los espacios y lugares de la ciudad suponen como premisa estética. Sus tanteos lo fueron llevando lenta pero certeramente de las superficies pintadas, del frottage, a lo inevitable: los objetos. Este proceso de materialidad tiene en Wodiezko un magnífico ejemplo: ¿cuál es la realidad y cuál su espectro? ¿Hablamos de una misma ciudad o de todas las ciudades a la vez? ¿Qué debemos preguntarle a la ciudad?

Es aquí donde surge la necesidad de desvelar las metáforas que esos espacios esconden, atesoran: el caminante, el viajero. Por eso con inteligencia Peláez rehuyó lo más fácil: la crónica social, el testimonio. Y escogió lo más difícil: la poética. Las figuritas que utilizó entonces fueron la escala humana de estos escenarios hábilmente resueltos por el Peláez arquitecto. Pero no siempre resultó la búsqueda y la metáfora parecía esconderse, negarse a surgir con la contundencia que se le exigía.

El peligro de una expresión plástica que se plantea a través de contenidos como este es caer en la obviedad. Pero Peláez la eludió afianzando siempre el propósito plástico y no la anécdota: texturas, lamparones, tonos desvanecidos como soportes exploratorios. Y es aquí donde encontró una veta definitiva: el paso de la memoria. ¿No es un desconchado, un recuerdo, no lo es un oxidado trozo de poste? En estos cortes arqueológicos la metáfora de los adloses es la metáfora de estas calidades de materia. Todo adiós es un acto de irrealidad de manera que fijarlo como instante es rescatarlo para siempre.

Lo importante de esta exposición es el constatar cómo cada objeto orsa autónomamente una especialidad y establece inmediatamente con los demás una profunda relación mental. No es entonces un environment, ya que no es simulacro sino que se constituye en un espacio estético donde por fin el fondo blanco nos acerca a algo inesperado: el misterio. O sea, porfin, la poesía. De este modo “el objeto encontrado” adquiere su plena dimensión de hito gracias a cuya espectralidad -o sea, la remisión a las imágenes que lo acompañaron en su perdido orden- dimensions su capacidad poética para hacer otra vez sagrado lo que había sido agredido, convertido en desecho.

De este modo la sublimación de ese objeto encontrado, de ese objeto recto, mudo, le confiere una dimensión estética que lo sitúa más allá de la cosa que era. Lo que era pérdida, o sea, desgarramiento, se anula por este acto de amor que lo espiritualiza. Texturas, herrumbes, ruinas, cumplen de este modo la tarea que doña María Zambrano definió muy bien de ofrecernos la imagen de nuestra secreta esperanza en un punto de identidád entre nuestra vida personal y la histórica. Por todo esto esta exposición fue definitivamente importante en nuestra ciudad y a la vez en nuestro panorama nacional, ya que nos habla de una obra venida del rigor y del padecimiento hasta alcanzar la madurez más espléndida.

DARÍO RUIZ

Luis Fernando Peláez, por Darío Ruiz Gómez | artnexus