La obra de Jorge Damiani (1931), ha tenido a lo largo de su extensa producción ciertos rasgos que la caracterizan. Interés por una detenida mirada al primer renacimiento italiano, y sobre todo a ciertos nombres como los de Piero Della Francesca y Mantegna. Mirada que utiliza para crear un espacio objetivo, distante, estructurado. Pero ese espacio no tiene la preocupación de ser descriptivo. Su realismo es inventado a partir de su propia percepción de la realidad, de allí que resulten inevitables —al observar sus obras— las referencias a la pintura metafísica y al surrealismo.
La publicación de un libro sobre su trabajo, recorriéndolo desde los tempranos cincuenta hasta la década del noventa, resulta un significativo reencuentro con la coherencia de una obra caracterizada por ser una reafirmación de esa preocupación por generar una visión realista, tanpeculiarmente amarrada a su concepción de las figuras, los objetos y el paisaje que lo rodean, entremezclando racionalidad y subjetivismo.
Angel Kalenberg introduce la obra de Damiani a partir de tres muy buenos textos: Ars Metafísica, Historias escondidas y El Ser en el Ser. En el primero se detiene en lo que podríamos calificar como las constantes de su obra: naturalezas muertas, figuras monumentales, cajones, compartimentos que esconden y las peculiaridades de quienes habitan ese mundo. En el segundo se detiene en sus paisajes, tema que ha predominado en la última etapa de su trabajo. Mientras en el tercero, concluye que: Las proximidades de un fin de siglo con sus resonancias apocalípticas, quizá determinaron el curso de la pintura de Damiani. Después de un período clásico, ideativo, encajonador, desemboca en un lenguaje existente, informal, angustiante.
Las 150 láminas en color son una acertada escogencia para aproximarse a la imaginería creada por el artista.
IVONNE PINI
