Exposición Individualjul 1994 - sept 1994· Por Erena Hernández

Guillermo Ramírez

Centro de Desarrollo de las Artes Visuales

Artistas que hoy trabajan en Cuba se refugian en la multiplicidad de lecturas que posibilita el arte. Esa ambivalencia de sentidos crea una especie de terreno de nadie del que se aprovechan para discutir con la verdadera intención camuflada. Así evaden posibles cuestionamientos de las instituciones promotoras, quienes, a su vez, en algunos casos se hacen los de la vista gorda. Esta es una situación bastante generalizada, luego todo queda en aquello de “donde dije digo dije Diego”...

Mutilaciones, la reciente exposición de Guillermo Ramírez Malberti en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, se mueve dentro de esa cuerda. El título inicialmente despertó misuspicacia, porque había escrito la palabra mutilaciones remedando el alfabeto ruso y brotó la lógica interrogante mental: ¿a qué tipo de mutilaciones se referirá? ¿en el plano físico, en el psíquico, en el espiritual, en el ideológico...?

La pregunta hecha directamente a él arrojó una respuesta candorosa de su parte: aludió al abandono transitorio de su carrera de artista plástico para dedicarse a otras tareas, casi que como imponderables del destino. Sin embargo, eso no se veía en la muestra.

Las mutilaciones que allí se percibían denotaban más bien impugnaciones a hechos lacerantes y desgarradores para el artista en tanto ser humano. Vi insinuaciones de rompimiento con un pasado reciente: artístico, social, familiar... Obras, por ejemplo, como José, Ana, Carlos y Alejandro, resueltas cada una a la manera de un árbol de la vida mexicano, instalado sobre un rústico pedestal (¿altar?), eran una especie de homenaje personal y emotivo a cuatro compañeros de generación que estudiaron con él en el Instituto Superior de Arte y que jugaron un rol decisivo en el panorama artístico de los ochenta, ya conocido bajo el rubro Renacimiento Cubano o Arte Nuevo. La gran mayoría de ellos vive en México y Miami, donde trabajan y exponen.

Su ausencia de la isla dejó una huella traumática para la cultura y para sus familiares allegados.

La nostalgia del artista por aquellos años dorados de la plástica cubana devino compasión hacia sí mismo en un peculiar autorretrato donde yace, cadáver fragmentado. A su vez, se compadece del resto (aunque irónicamente) en obras al modo de A en que facsímiles en yeso de objetos reales, símbolos de la pareja humana (zapatos en este caso), referían a los problemas económicos del país, por la vía de la anécdota familiar: la tía emigrada que viene de Estados Unidos llena de regalos -o con la posibilidad de comprarlos en dólares en Cuba-, lo que propició una nueva mutilación, pero a nivel espiritual.Cabe señalar que la escasez marcada de cosas materiales en la isla hace que éstas para algunas personas adquieran una inusitada trascendencia, al punto de generar disputas domésticas.

La muestra estuvo un tanto dispareja: por los resultados, donde había piezas que se movían en diferentes registros de calidad, y porque abarcó un período que iba de 1986 a 1993. Lo más logrado, a mi modo de ver, fueron los árboles de la vida, sobre todo por el uso efectivo del yeso, al que descubrió nuevas potencialidades. Lo menos eficaz fue precisamente la serie denominada laciones: un televisor, una bicicleta, una pierna de pollo y un torso de espaldas con cabello del artista; dibujos, valga decir, solucionados demasiado escultóricamente y un tanto sosos como idea.

Pero de todas formas fue un buen comienzo, porque ésta, su primera exposición en forma individual, estuvo signada por la capacidad de sugerir: provocó, de seguro, en más de un espectador, resonancias dormidas en su interior o, al menos, la identificación con alguna que otra mutilación de las que allí había metaforizadas.

ERENA HERNÁNDEZ

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