Cuando Gaudi Esté inició sus presentaciones en el escenario de la plástica venezolana, desde el principio de los años setenta, las visiones de los jóvenes se dirigían y se centraban en un humanismo crítico, desolador y esperanzador. La pintura era entonces el eje cuestionado que ensamblaba el quehacer artístico de donde surgirían, poco a poco, nuevos autores para una escultura que apenas permitía oportunidades a la expresión figurativa.
Desde los salones de jóvenes de 1976 y 1979, la obra de Gaudi Esté se propuso indagar en el ser. Sus recursos fueron la madera, el dibujo, el color y el ensamblaje. Su carga de ironía será pareja a su actitud onírica. Elindividuo era gente, masa, sentimiento solidario y, tal como escribía el crítico Roberto Guevara en el catálogo de su primera individual, en 1982, los elementos para iniciar una ceremonia: el del lenguaje artístico que reta la invención de las imágenes como si fuera la primera vez.
La condición de sumisión es el gran tema de la obra de Esté. Sólo el rostro puede evidenciar una otra condición del ser. Y será justamente esa cualidad de subyugado lo que le lleve a tomar el perro como símbolo de la subordinación humana. Pero lo interesante está, además, en la categoría de su fraseo plástico y en la convicción del discurso.
El perro representará entonces la dualidad animal-hombre e incluso la metamorfosis de ambos. Así pues, el perro puede tener senos femeninos tanto como el hombre cara de perro. Y todas esas alteraciones refieren, además, un sentido del humor. El perro será humanizado y persistentemente intentará seducir al observador.
En un momento dado, los colores de aerifico sobre la madera serán reemplazados por la policromía natural de las maderas.
A finales de los años ochenta, las permutaciones del ser serán cada vez más pronunciadas: el sujeto será una mezcla de hombre (o mujer), perro y gallo.
Una pieza de particular interés será Daisy (1990), en la que todo manifiesta una violencia extrema: la rudeza del material, el trazo negro y los sargentos que oprimen el cuerpo del animal. Esa perra tenía por pedestal una plataforma-carro de taller. De esa manera se acentuaba la salida e incorporación de los elementos del taller a la obra misma.
En 1991, el pedestal del tercer Sedicioso adquiría relevancia en el contexto de la obra: una suerte de carro de madera, rústico, acaso romano, de seis ruedas, sobre el cual está un perro aullando. Este es de limpia madera, lo cual acentúa su falta de piel. Tiene una cabeza como de caimán y sus orejas son senos.
En 1992 apareció una obra clave en la trayectoria de la artista: Enchavez, un perro parado sobre una especie de durmiente. Parte de su cuerpo está lleno de clavos y entre ellos hay uno enorme que parece herirlo particularmente. Esta obra interesa por la audacia como la artista resumió el pasado y el presente de la escultura: de la clase del oficio a la contundencia de la imagen; de lo sutil a lo violento; de lo primitivo a lo contemporáneo.
Esos clavos remitían a una cierta africanidad en la escultura de Esté y para que no quedasen dudas de sus búsquedas estéticas, hizo su serie de sillas o tronos, que datan de los finales de los ochenta. Estos muebles también tienen formas del cuerpo humano. Las imágenes son precisas y los títulos definen su intención. Entonces hizo la que consideramos una de las exposiciones más relevantes de la nueva escultura en Venezuela: Las formas del poder, en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, en 1989.
Toda la obra de Gaudi Esté, de contundente y hermosa realización, refiere la metamorfosis del hombre y la manifestación de su otro yo en la figura de su fiel aliado de siempre, el perro. Los canes siempre estarán al pie de sus amos o de quienes tengan a su lado. Perros que son guardianes de un humanismo casi abatido. Y en este sentido, la liberación, el esplendor del ser, se toma, ya entrando en los años noventa, en sus enormes caballos. La metáfora de la libertad viene acompañada por las gigantescas ruedas que acompañan a esos potros, de madera rústica y cálida, de direccionalidades posibles, de toques blancos de color y mínimos trazos de lápiz. Caballos para soñar, una vez más, el ciclo positivo de la vida. Caballos que quizá pronto serán hombres con ansias de desenfreno.
JUAN CARLOS PALENZUELA
Crítico de arte. Agregado Cultural de Venezuela en Francia.
