Exposición Individualjul 1994 - sept 1994· Por Autor no disponible

Fernando Botero

Museo Nacional de Bellas Artes

Con los avances propios de un acontecimiento cultural bien publicitado se desarrollaron a lo largo de las últimas semanas reportajes y notas periodísticas al artista internacional Fernando Botero.

Este acontecimiento es más que destacable en esta parte del continente, ya que son casi inexistentes las muestras de artistas latinoamericanos de cierto nivel de trascendencia. Hace casi dos años en estas mismas páginas, al comentar una pequeña muestra de este artista colombiano, hacíamos mención a la necesidad de que los organismos gubernamentales propiciaran este tipo de grandes exposiciones, en este caso en particular el anhelo se ha cumplido y esperamos que se sostengan en función de la integración cultural al continente.

Más allá de lo ya mencionado cabe preguntarse cuál es la reflexión que nos merece la observación de las 58 pinturas, 40 dibujos y 7 esculturas que se exhibieron en el Museo Nacional de Bellas Artes, los cuales nos brindaron un panorama de la propuesta plástica de este artista latinoamericano.

Tomando distancia de las discusiones epidérmicas que genera un artista de éxito, y más allá de la apariencia de sus representaciones, nos parece que lo presentado en Buenos Aires brindó a los argentinos un panorama de su mundo plástico y de su variedad temática cotidiana.

Quizá lo que nos sorprenda de Botero es su habilidad en el uso del lenguaje plástico para hacer real aquello que relativiza por medio de la ambigüedad.

Por otro lado, este tratamiento de la materia es coincidente con el clima, que como sutil velo encubre el humor y la dramaticidad. Paradójicamente en sus obras se crea una realidad fantástica, la cual es conducida por las férreas riendas de la racionalidad.

Es de interés observar cómo los planteos planimétricos del color que encontramos en Caballos, un óleo de 1954, se mantienen hasta en las obras del presente, si bien atenuados por pequeñas variaciones cromáticas en determinadas zonas.

Quizá las obras de mayor interés son aquellas en donde la composición es compleja, en'ellas se pone de manifiesto el sostén del dibujo en el armado de la obra. El otro elemento atractivo es el tratamiento del espacio que en más de una ocasión transgrede el punto de vista único de la representación renacentista. Son en estos casos en el que la ambigüedad llega a su máxima expresión.

Buenos ejemplos de ello son: El ladrón de 1980; La casa de Amanda Ramírez de 1988; Paseo por el borde del lago de 1989 y Naturaleza muerta con jugo de naranja de 1993.