Entre abril y mayo, Fanny Sanín expuso su obra más reciente en la galería Garcés Velásquez. Como suele programar, la artista anexó a sus acrílicos un buen número de estudios sobre papel. Un bello catálogo realizado en Nueva York y con texto de Richard Humphrey acompañó la exposición. Kandinsky distinguía tres diferentes fuentes de inspiración: la impresión, la improvisación y la composición. Para el ruso esta última es laexpresión de un sentir interior lentamente formado, elaborado repetidamente y de un modo casi pedante.
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A esta clase pertenecen sin duda alguna las pinturas de Fanny Sanín. Sus cuadros, ahora de formatos menos grandes, manifiestan tanto una profunda elaboración espiritual, como una disciplina reiterada y asaz perfeccionista. Después de tantos años de trabajo los acrílicos de la artista ostentan una madurez innegable y, además, se ven más intensos y osados. En los noventa, las composiciones son más variadas y, muchas veces, los colores son más fuertes. Debido a la presencia de las diagonales, muchas pinturas son más dinámicas -Acrílico No. 1, 1992- y a consecuencia de la superposición de planos de colores contrastantes se crean a veces efectos casi tridimensionales -Acrílico No. 8, 1993—. Un amigo, buen catador del arte, comentaba que los pequeños estudios superan a los cuadros en espontaneidad y, hasta cierto punto, en sensibilidad; que algunas telas se ven un tanto frías y duras. Es un punto de vista perspicaz que, aunque no comparto, relieva la importancia de sus obras preparatorias - dispendiosos ensayos de color- y no ignora por supuesto el obstinado trabajo de cada acrílico. En estos últimos se concluye un esfuerzo que nunca pierde su necesidad interior y que cada vez se ve más seguro. La exposición de Fanny Sanín fue una buena oportunidad de recordar que la pintura abstracta geométrica no ha desaparecido y que la búsqueda de un orden absoluto como el que se ve en sus acrílicos sigue siendo un paliativo indispensable en medio del mundo conflictivo de hoy.
GERMÁN RUBIANO CABALLERO
