Afincado en Estados Unidos desde 1982, el chileno Alfredo Jaar (Santiago, 1952) ha logrado una amplia proyección internacional y una de las más señaladas del ámbito latinoamericano. Figura habitual en Madrid a través de sus exposiciones en la galería Oliva Arauna, estamos ante una clase de artista y de obra que tiene la cualidad de no dejar nunca indiferente. Recuerdo especialmente el impacto que me causaron sus piezas en el Aperto de la Bienal de Venecia de 1986. Eran unas cajas de luz de gran formato con imágenes de los garimpeiros, los buscadores de oro o de piedras preciosas del Brasil; colocadas directamente en el suelo, aquellas imágenes cobraban cualidad escultórica de una manera natural, sin artificios ni rebuscamiento. Junto a la documentación de las condiciones más miserables del trabajo de aquellas gentes, la presentación, mediante los recursos que utiliza la publicidad, magnificaba la imagen; iluminándola, la rubricaba produciendo un impacto fuerte que trasladaba al contexto del arte.
Jaar nunca selecciona escenas escalofriantes sino que presenta un fragmento de realidad cotidiana de la miseria recordándonos que no supone nada excepcional; su labor es en cierto modo la del cronista silencioso y por ello conmueve doblemente, simplemente arroja luz sobre ese parcela de realidad. Como quien dirige un foco en un escenario, realiza un acto de teatralización de la realidad para que ésta vuelva a ser real en nuestras conciencias anestesiadas. En su serie de la sal, las imágenes vuelven a ser de gran parquedad, un grupo de niños de rasgos orientales (fotografiados en las áreas de confinamiento para vietnamitas en Hong-Kong), el rostro de un hombre (captado en la zona de frontera entre El Paso y Ciudad Juárez), un alambre de espino délos que se utilizan para acotar; Jaar ahora ha recreado el ambiente del laboratorio fotográfico: unas mesas metálicas con grandes cubetas de revelado, iluminada la sala exclusivamente por focos de luz roja, las fotografías se repiten en diferentes grados de revelado, desde las que apenas asoman el contraste a las ya casi totalmente definidas. El recorrido de esa instalación produce desasosiego, imágenes inconclusas que acaban de definirse en nuestra memoria; interrelación del orden documental y el orden metafórico, teatralización del espacio al servicio de un contenido.
Dar a ver, esa es la cuestión; Alfredo Jaar saca los fragmentos de realidad de su habitual contexto informativo, donde ni la miseria ni la violencia son capaces de agitar las conciencias apenas, y las llevar al contexto del arte sin perder su cualidad de documento; pone sobre el tapete, de nuevo, la validez de la obra de arte como elemento de choque, arte político en un tiempo en que el arte parece empeñado en hablar mucho más de sí y para sí mismo que de los avatares de la existencia.
Visto el tema desde otro lugar, el espectador se puede cuestionar si no existe el peligro de una estetización de la miseria, si de esta forma es útil el mensaje o simplemente puede cumplir una misión de pacificación de nuestras conciencias de ciudadanos del primer mundo que simpatizamos con su toma de postura. Es este un tema difícil al cual sólo se puede responder que el arte tiene la capacidad y la obligación, desde sus múltiples posibilidades, de hablar de aquello que nos afecta como hombres y mujeres. En su trabajo él ha sabido servirse incluso de aquellos mecanismos formalmente más seductores de la publicidad, de esa cómoda belleza, para enviar sus mensajes envenenados, cartuchos de dinamita convenientemente envueltos en perfectos y estimulantes envoltorios, obras que funcionan de manera poderosa en el plano formal y conceptual, construcciones plenas de poder puestas, además, al servicio de un compromiso moral que nos salpica yconmueve, que nos obliga a mirar a nuestro alrededor.
ALICIA MURRIA
