Ruby Rumié, artista cartagenera nacida en 1958, ha sostenido a lo largo de su carrera un compromiso indeclinable con la dimensión social del arte. Su obra no solo representa a los olvidados, sino que también los hace visibles a través de mecanismos de colaboración, intervención y memoria. En una ciudad como Cartagena de Indias, que condensa el esplendor patrimonial y la injusticia estructural, la práctica artística de Rumié se erige en un testimonio y, al mismo tiempo, en una forma de acción y de resistencia.
Desde sus primeras obras, Rumié ha estado interesada en las grietas del tejido social, en las voces acalladas por la historia oficial y por los relatos de la modernidad. Su formación en arquitectura le dio herramientas para pensar el espacio más allá de sus dimensiones físicas, como una construcción simbólica que refleja y reproduce estructuras de poder. En este sentido, su arte ha sido un ejercicio de disección de esas estructuras y, a la vez, una tentativa de imaginar otras formas de habitar el mundo.
Una de sus piezas más recientes, The Fall (La caída) (2022), presentada en el Museo de Arte Moderno de Cartagena y posteriormente en la Galería Alonso Garcés de Bogotá, es quizá una de sus obras más potentes y perturbadoras. Consta de quinientas esculturas de palomas, realizadas en tela, y de un reloj de iglesia reconstruido con una caja de luz. El impacto visual es inmediato: la multiplicación de los cuerpos inertes de las palomas evoca una escena de catástrofe, una lluvia detenida en el tiempo, una suspensión de la esperanza. Esta obra ha generado debate por su crudeza simbólica, pero, sobre todo, por su pertinencia. En palabras de El Tiempo, “las palomas se han convertido en íconos silentes de una sociedad que ha perdido la capacidad de conmoverse”.
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