El arte ha sido históricamente una herramienta de poder a través del cual se consolidan ideologías, se reconfiguran identidades nacionales y se ejercen formas de dominio simbólico. Desde la Antigüedad, pasando por la propaganda imperial, los sistemas totalitarios, hasta las estrategias contemporáneas de soft power, el arte ha servido para influir en la percepción pública, consolidar la autoridad y moldear la memoria colectiva. En un mundo marcado por crisis políticas, el colapso de certezas históricas, el auge de los nacionalismos y la posverdad, la imagen y la historia, el arte se convierte en un campo de batalla donde memoria, identidad e ideología son constantemente renegociadas en una revisión constante de los significados del pasado y el futuro en ciernes.
La obra de Reynier Leyva Novo (La Habana, 1983) se inscribe dentro de esta tendencia del arte contemporáneo. El artista hace una disección de las dinámicas de poder, desentrañando cómo los discursos oficiales son construidos, archivados y perpetuados. Al hacer uso de los mismos dispositivos que afianzan ciertos relatos dominantes, Leyva Novo desmantela ante los ojos del receptor los mecanismos de manipulación idológica. El arte deviene así un contra-dispositivo que revela las fisuras del poder global.
Reynier Leyva Novo creció rodeado de la omnipresente iconografía de la Revolución cubana. Inmerso en una sociedad en franca decadencia, saturada de la épica triunfalista necrosada que permeaba todas las facetas de la vida cotidiana y la educación, la maquinaria ideológica del Estado cubano operaba como una herramienta profiláctica para modelar la memoria histórica y consolidar una visión unívoca del poder, se convirtió en el caldo de cultivo para ojo avisado del artista.
Sigue leyendo este artículo
Este artículo es exclusivo para suscriptores de artnexus. Suscríbete para acceder al contenido completo y a todo nuestro archivo desde 1976.

