Esta muestra, organizada por la Sala Mendoza en Caracas en colaboración con la galería Henrique Faria de New York, se presentó del 24 de abril al 19 de julio de 2025. Estuvo integrada por 38 obras, entre las cuales había escultura, cerámica, ensamblajes mixtos, grabado y piezas de diseño funcional que fueron dispuestas en cuatro espacios independientes, pero interconectados. Sus diversos ambientes estaban vinculados por esas resonancias ancestrales amerindias, las cuales vibraban de forma armónica con lo contemporáneo; de ahí que no haya sido una colectiva tradicional, sino una exposición integral diseñada a modo de red de colaboraciones o integración de perspectivas. Los artistas –Luis Villamizar, Daniel Reynolds, Claudia Lavegas y Ricardo Corredor– hicieron de sus propuestas un entreverado sutil que relacionó los procesos creativos individuales con la memoria, la identidad y las prácticas de comunidades indígenas de Venezuela y Colombia. El resultado fue una investigación plástica y conceptual hecha desde diversas perspectivas, donde materiales, ideas y formas de diversos ámbitos culturales coincidieron sin imponer interpretaciones particulares.
El espíritu de la muestra traspasó la simple idea del encuentro o de la reivindicación cultural; de ahí su importancia. En realidad, los trabajos buscaron establecer relaciones con lo artesanal y lo mítico de las culturas aborígenes, apartándose de la discusión antropológica habitual. El asunto no era lo humano, sino la totalidad de un cosmos donde cada ser, átomo o partícula supone por igual un prodigio de la existencia. Como espectadores, era una invitación a imbuirnos en las entrañas de una propuesta cuya dimensión estética partía del supuesto de que la cultura es descentralizada, y las obras deben hablarnos fluidamente desde múltiples relaciones espaciales, prácticas de colaboración comunitaria, integración de todas las especies en un mismo concepto de vida, técnicas recuperadas y materiales cuyas propiedades se expanden hacia diversas dimensiones del tiempo.
La aproximación curatorial, coordinada por Henrique Faria, con contribuciones textuales de Ruth Auerbach, Ana Elena Mallet, Alberto Asprino y Manuel Vásquez Ortega, resaltó los intercambios específicos entre prácticas indígenas y expresiones contemporáneas, sin recurrir a visiones románticas ni totalizantes de “lo amerindio”. Acertadamente, cada uno de ellos hizo énfasis en los procesos colaborativos y en el aporte de materiales concretos, sin dejar de cuestionar las desgastadas jerarquías entre arte, diseño y artesanía. Asimismo, abordaron los desafíos ambientales en Venezuela, posicionando la exposición como un espacio de reflexión sobre la pérdida de saberes milenarios ante las presiones extractivistas y el diálogo intercultural con las comunidades involucradas. En general, el enfoque evitó exotismos, priorizó la documentación de procesos –como las colaboraciones con tejedores o alfareros– e integró las ideas de los textos curatoriales que abordaban las tensiones entre tradición y reinterpretación.
Sigue leyendo este artículo
Este artículo es exclusivo para suscriptores de artnexus. Suscríbete para acceder al contenido completo y a todo nuestro archivo desde 1976.

