Exposición Individualdic 2025 - may 2026· Por Carlos Jiménez

Miler Lagos

Max Estrella

Con esta segunda exposición en la madrileña galería de arte Max Estrella, Miler Lagos dio una nueva prueba de la extraordinaria importancia que en su obra le atribuye al árbol. Al que, a lo largo de su carrera artística, ha abordado de maneras, recursos y técnicas distintos, y con una imaginación e inteligencia admirables. Esta elección evidencia un compromiso tanto estético como ético con el árbol, en un mundo en el que la devastadora deforestación de las selvas húmedas tropicales contribuye significativamente al calentamiento global que a todos nos amenaza. En esta ocasión eligió para su intervención a uno de los árboles más legendarios del mundo: el olivo. Auténtico emblema de las civilizaciones mediterráneas que se han distinguido desde siempre por el uso nutritivo, ritual y festivo del pan de trigo, el vino de uva y el aceite de oliva. Sin contar con ellos, son impensables Fenicia, Israel, la Grecia clásica y la Roma imperial, y, en definitiva, las culturas contemporáneas que hoy reclaman para sí sus legados. Los olivos son testigos mudos de esta historia multisecular, magnífica y tormentosa a la vez. El olivo más antiguo del mundo es el Al-Badawi plantado en la provincia israelita de Belén y cuya edad se calcula en 4000 años, seguido de cerca por el Olivo de Vouves de Creta, con más de 3000 años de antigüedad. En España el más antiguo, Farga de Arión, tiene más de 1700 años de edad y sigue produciendo olivas. Como los otros. El olivo, entonces, como símbolo de la perennidad de la vida. Como los cedros de Líbano, como las secuoyas de California. La vida que sobrevive a todos los desastres.

Miler Lagos probablemente conoce estas historias, por lo que no sorprende que cuando decidió hacer esta nueva exposición en la galería Max Estrella haya pedido a Alberto de Juan –el director de esta– que le consiguiera un olivo. De Juan se hizo cargo y terminó descubriendo uno en un aserradero de Andalucía, donde se encontraba debido a una historia que vale la pena contar porque se añade a las muchas historias registradas en los sucesivos anillos concéntricos de su añejo tronco. Historia muy contemporánea, por lo demás. La del olivo como adorno. En los últimos años se ha extendido por Europa la costumbre de incorporar olivos a los jardines de casas señoriales, mansiones, e incluso de sedes de empresas multinacionales. De hecho, una de estas últimas es una referencia clave en el argumento de El olivo (2016), magnífica película dirigida por Icíar Bollaín, con guion de Paul Laverty.

En este contexto, un rico propietario, decidido a plantar un olivo en el jardín, compró uno muy antiguo en Cerdeña, aunque no pudo cumplir su deseo porque el árbol no consiguió soportar el desarraigo y llegó muerto. Lo vendió al aserradero donde lo localizó Alberto de Juan, quien compró tres rodajas de este. Mientras todo esto ocurría en España, Miler Lagos estaba en Colombia trabajando en el proyecto. Él ya sabía qué quería hacer con el olivo: emplearlo como si fuera una de esas prensas utilizadas desde tiempos inmemoriales para prensar las olivas con el fin de extraerles el aceite. Esto explica el título de la exposición: “Getsemaní. Prensa de olivo”. Elegido no solo para evocar el huerto de Jerusalén, donde Jesús se retiró a orar la noche víspera de su apresamiento y crucifixión, sino por “Getsemaní”, el nombre dado entonces a las prensas que permitían exprimir las olivas. Como soporte de la impresión, Lagos decidió utilizar telas de algodón confeccionadas con técnicas tradicionales y, como colorante, soluciones hechas disolviendo materiales como el oro, la plata y el cobre utilizados en el mundo mediterráneo para acuñar monedas a lo largo de su historia.

Sigue leyendo este artículo

Este artículo es exclusivo para suscriptores de artnexus. Suscríbete para acceder al contenido completo y a todo nuestro archivo desde 1976.

Miler Lagos, por Carlos Jiménez | artnexus