La obra de Marylee Coll se extiende como un inmenso lienzo de imágenes que comunican la identidad y la memoria en un país con dramáticas transformaciones. En diversos momentos de su producción, la artista ha recogido la fuerza de los objetos, de las casas abandonadas o de la escritura del recuerdo en nuestras proyecciones de las historias locales. Entre el 20 de marzo y el 29 de junio de 2025, presentó la exposición “Caracas frontal” en la Sala TAC, con curaduría de Ruth Auerbach y Franco Micucci, quienes acompañaron a Coll en la museografía. Ellos articularon un relato múltiple de la ciudad que narra sentimientos profundos de filiación con el desarrollo de la urbe. Coll profundiza en la historia visual de Caracas, en su contexto histórico y cultural y en su despliegue en la modernidad. Desde 2019 había iniciado un proyecto dirigido a fotografiar, con su dispositivo móvil, imágenes de diversas fachadas y estructuras de la ciudad. Lo publicó en la plataforma Instagram. Esta primera etapa del proyecto, ubicada en las redes sociales, tuvo un hondo impacto con comentarios, “me gusta” y respuestas afectivas de los usuarios de todas partes del mundo donde se encuentra la diáspora salida de la capital, así como de quienes viven en la ciudad. Los caraqueños tienen una disposición muy profunda y efusiva hacia Caracas que, con la migración, adquiere visos sobrecogedores de ausencias y recuerdos. Todos quieren llevarse un trozo de ella: una imagen, una pintura o hasta una pequeña piedra. Por ello, la estrategia primaria de publicar las fachadas fue tan exitosa y novedosa para difundir las reminiscencias urbanas. Lo más interesante, es que este primer tiempo actualmente continúa en desarrollo y convierte al seguidor en participante de la construcción de un texto urbano. Marylee Coll no ha detenido su marcha urbana.
La segunda etapa del proyecto consiste en la exposición de la Sala TAC, que reunió una selección de 453 imágenes de un total de las 6.000 captadas en los recorridos aleatorios en distintas urbanizaciones de la capital. El número era un desafío para la museografía, que fue resuelto con eficiencia a través del concepto de mural infinito o de línea urbana, que podría haber salido perfectamente del espacio de la sala y haber recorrido la ciudad entera. Cada fachada posee una personalidad diferente y un relato muy propio que mueve los sentimientos y el reconocimiento del entorno urbano. La museografía dispuso su lectura como un viaje lineal que nos conduce por los altibajos de la arquitectura, del paso del tiempo y del impacto de estos espacios sobre sus habitantes. Articula un discurso estético y un trabajo procesual de observación espontánea e indagación empírica. Una iconografía que, paradójicamente, recupera los vestigios de una modernidad caraqueña frente a su desenfrenada ambición por emular los proyectos de diseño global de las metrópolis contemporáneas. Se trata de una marcha que podría extenderse al infinito y que todo caraqueño lleva en su inconsciente. Algunas de las fachadas ya no existen, pero el conjunto, híbrido, caótico y mestizo, se mantiene como un documento de la resiliencia ante las adversidades. Otras han sido cambiadas por construcciones nuevas o por cambios de uso de los edificios y quedan para el recuerdo; otras se mantienen allí como hitos para un recorrido de Caracas más atento.
La mirada estratégica de Coll nos devuelve el reflejo de lo cotidiano y, desde sus diseños arquitectónicos –en su mayoría anónimos o de autores poco conocidos–, presenta la capacidad que tiene Caracas de adaptarse a nuevas topografías geográficas y socioculturales, así como el paso del tiempo. El contraste entre las fachadas es uno de los aspectos más interesantes de la lectura que propone Coll. El registro genera remembranzas en los asistentes a la exposición; constituye casi un entretenimiento adivinar la dirección exacta de dónde se encuentran estos frentes, y para otros representa una invitación a aprehender la ciudad con una mirada nueva. La exposición termina siendo un texto muy completo por lo que muestra, e incompleto por los recorridos que aún realiza la artista. En esta suerte de mural infinito de los contrastes de una ciudad tan peculiar, las ruinas se mezclan con la hiperarquitectura. Un aspecto significativo en “Caracas frontal” es el uso del color, que se comporta como articulador de contenidos. La muestra se inscribe en la tradición de los ensayos visuales urbanos que Paolo Gasparini inició el siglo pasado: un concepto de investigación donde la imagen expresa los contenidos sin necesidad de referencias textuales. La imagen dice: gobierna, orienta, califica y cuestiona. En este sentido, en su calidad de ensayo, es una investigación, un enfoque que pone la mirada en los acentos de las superficies de las fachadas, pues, a diferencia de otros ensayistas visuales como Luis Brito o Gorka Dorronsoro, Marylee Coll no atiende a la presencia humana como eje narrativo de la imagen. En su caso, la narración no precisa de personas o contenidos sociales porque las fachadas lo dicen todo −los sueños y carencias urbanas, los altibajos, los modos de vivir en el frontispicio. Ello se aprecia en imágenes como Negocio 144 de Las Mercedes, donde contrasta el color y el tono pintoresco del pequeño Centro Comercial La Vecindad con la arremetida de las grandes torres, prácticamente unicolores, que lo van haciendo desaparecer. A día de hoy, La Vecindad está siendo sustituida por el enorme edificio Sky Park.
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