Exposición Individualdic 2025 - may 2026· Por Ricardo Pohlenz

Jorge González Camarena

Palacio de Bellas Artes

Parto de un detalle, de un motivo que se repite, más allá del vaciado y reformulación que supone la obra de Jorge González Camarena frente a la tradición muralista mexicana, llevándola a un extremo que igual se yergue como monolito que se tiende como puente al respecto de los tránsitos que tuvo –en términos formales, sociales y políticos– el arte mexicano pasado el medio siglo. La cuerda, precisamente: el imaginario que se construye a partir de vínculos y ataduras, aquello que permanece y aquello que se rompe, aquello que se detiene, se sujeta y se libera. Aquello que, aunque roto, se mantenga dicho, aun en términos figurados, viene a representarse en su obra como una pugna que la señala para decir continuidades y seguimientos. El imaginario está ahí: romper las ataduras, alcanzar la libertad y la soberanía, como pueblo y como nación, como individuos y como totalidad. Convertida esta manda –esta noción– en una forma, más que de afirmación, de resistencia. Venir a romper los modelos que se consolidaron a partir de haber roto otros. A pesar de estar a la vista, tanto en el Palacio de Bellas Artes como en otros lugares, algunos de los cuales, caídos o derrumbados, sobreviven como memoria y documento, González Camarena no ha tenido hasta ahora una relevancia mediática tan apabullante, dada a significar –de algún modo– nuestro zeitgeist, siempre en pos de actualizaciones: cual nueva veleidad viene a subirse a ese dinamismo, esa velocidad, ese flujo formal que vino a tomar el relevo de la Escuela Mexicana de Pintura.

Esto me lleva a repensar ese énfasis que ha habido en distintos momentos alrededor de la vida y obra de Frida Kahlo, figura que nos ha venido a servir de eje, al menos desde los bordes del midcult, para referenciarnos a otros próceres plásticos –si cabe llamarlos así–, como lo fueron Rivera, Siqueiros y Orozco (José Clemente, no Gabriel, aunque cabe tender hilos en lo que respecta a la evolución que ha tenido el arte mexicano a partir del tránsito que cabe trazar entre los tiempos de uno y el otro). Este motivo, que no cabe asumir como tema, aunque subraye –siguiendo esta continuidad que hizo del muralismo una representación siempre actual de la vida del país–, sea la permanencia o distintos aspectos que se vivieron en México y que, subyacen todavía –de manera más o menos evidente– como promesa de una utopía, que se manifiesta como tal en un panteón nacional consolidado, pero que, como señala el título que se le ha dado a la exposición, no ha llegado a verse cumplida más que en su representación. Sigo con las cuerdas, su signo, su representación, su teoría en términos cosmogónicos.

Jorge González Camarena no se sube al caballito de la Revolución; testigo privilegiado de sus distintos avatares, se pregunta, en términos formales, sobre sus extremos posibles, desde su sublimación, refinando sus tropos en términos paradójicos, siendo que pueden verse como una exaltación paródica, así como una actualización venida de reflexión (en uno y otro sentido) que, frente a las taras de lo moderno, se adelanta a costumbres y tendencias para conformar una iconografía que, recurriendo a juegos formales en los que figuración y abstracción abrevan una de otro hasta agotarse para tender las constelaciones donde señala, acusa y subvierte el clima sociopolítico que viene siempre a desbordarse más allá de toda expectativa.

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