Gabriel de la Mora (Ciudad de México, 1968) concibe todo lo que existe como un solo plano en el que no pueden establecerse divisiones tajantes. Las categorías y clasificaciones no son más que coordenadas precisas en un continuo que lo contiene todo. Esta concepción, vinculada a su práctica de la meditación zen, no entiende el espacio como un contenedor con medidas fijas, sino como un vacío fértil que sostiene todas las cosas. Lo que a veces se nombra como “seis dimensiones” en el budismo son en realidad seis direcciones centradas en el sujeto –superior, inferior, izquierda, derecha, frente y reverso–, que expresan la totalidad y la apertura infinita. No se trata de una descripción geométrica, sino de una vivencia en la que los límites desaparecen. La conciencia se expande en todas las direcciones, en un espacio ilimitado e indivisible.
Pensemos, por ejemplo, en su manera de aproximarse a la pintura: figuración y abstracción son lo mismo, al igual que policromía y monocromía. Ambas son expresiones de las características de lo pictórico: forma y color. Llamamos figuración a las imágenes que identificamos como representación; abstracción, a las figuras que no podemos relacionar con algo tangible; mientras que policromo y monocromo describen, de más a menos, la diversidad de colores presentes en una obra. Cada pintura se ubica en un punto del campo único de todas las imágenes pictóricas definido por la configuración específica de su forma y color, sin que haya divisiones tajantes.
De aquí, se deriva otro fundamento presente en su producción: nada se crea ni se destruye, solo se transforma. Los materiales que han llegado al final de su vida son el principio de un nuevo proceso, un nuevo uso que hace de elementos comunes objetos de arte. Alas de mariposa, cascarones de huevo, plumas de ave o rocas volcánicas son diseccionados, clasificados y reconfigurados para crear imágenes pictóricas en las que la forma y el color están determinados directamente por la materia. La repetición sistemática de este procedimiento hace que su cuerpo de obra no pueda analizarse a partir de piezas individuales, sino a través de series definidas por el medio y el tratamiento aplicados, creando una suerte de especie con características compartidas, donde cada iteración genera diferencias únicas, en un despliegue que da lugar a su evolución constante.
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