Gabriel de la Mora

Gabriel de la Mora. 8,287 Pa.Ul., 2025. (Detalle).

Monografíadic 2025 - may 2026· Por Eric Nava Muñoz

Gabriel de la Mora

Un solo plano: materia, tiempo y voluntad en su obra

El método de Gabriel de la Mora –basado en la repetición y el registro minucioso de todos los procedimientos– conduce inevitablemente a pensar su obra en relación con el tiempo y el espacio. Cada fragmento clasificado y contado –el número total de ellos constituye el título de la obra– evoca la historia de cómo hemos medido el tiempo, apoyándonos en ritmos cíclicos que nos permiten comprender la velocidad de los sucesos. La propia medición lleva a preguntarnos qué son realmente el tiempo y el espacio, ¿entidades con existencia propia o maneras de describir las relaciones entre todas las cosas?

Gabriel de la Mora (Ciudad de México, 1968) concibe todo lo que existe como un solo plano en el que no pueden establecerse divisiones tajantes. Las categorías y clasificaciones no son más que coordenadas precisas en un continuo que lo contiene todo. Esta concepción, vinculada a su práctica de la meditación zen, no entiende el espacio como un contenedor con medidas fijas, sino como un vacío fértil que sostiene todas las cosas. Lo que a veces se nombra como “seis dimensiones” en el budismo son en realidad seis direcciones centradas en el sujeto –superior, inferior, izquierda, derecha, frente y reverso–, que expresan la totalidad y la apertura infinita. No se trata de una descripción geométrica, sino de una vivencia en la que los límites desaparecen. La conciencia se expande en todas las direcciones, en un espacio ilimitado e indivisible.

Pensemos, por ejemplo, en su manera de aproximarse a la pintura: figuración y abstracción son lo mismo, al igual que policromía y monocromía. Ambas son expresiones de las características de lo pictórico: forma y color. Llamamos figuración a las imágenes que identificamos como representación; abstracción, a las figuras que no podemos relacionar con algo tangible; mientras que policromo y monocromo describen, de más a menos, la diversidad de colores presentes en una obra. Cada pintura se ubica en un punto del campo único de todas las imágenes pictóricas definido por la configuración específica de su forma y color, sin que haya divisiones tajantes.

De aquí, se deriva otro fundamento presente en su producción: nada se crea ni se destruye, solo se transforma. Los materiales que han llegado al final de su vida son el principio de un nuevo proceso, un nuevo uso que hace de elementos comunes objetos de arte. Alas de mariposa, cascarones de huevo, plumas de ave o rocas volcánicas son diseccionados, clasificados y reconfigurados para crear imágenes pictóricas en las que la forma y el color están determinados directamente por la materia. La repetición sistemática de este procedimiento hace que su cuerpo de obra no pueda analizarse a partir de piezas individuales, sino a través de series definidas por el medio y el tratamiento aplicados, creando una suerte de especie con características compartidas, donde cada iteración genera diferencias únicas, en un despliegue que da lugar a su evolución constante.

Sigue leyendo este artículo

Este artículo es exclusivo para suscriptores de artnexus. Suscríbete para acceder al contenido completo y a todo nuestro archivo desde 1976.

Gabriel de la Mora, por Eric Nava Muñoz | artnexus