El cuestionamiento sobre la pintura se ha convertido en un espacio de profunda reflexión para Francisca Aninat. La pintura, en su obra, representa el lenguaje, mientras que el assemblage actúa como la operación creativa, sirviendo tanto de medio como de soporte. Este es el eje central de su trabajo, que surge del deseo de desafiar las normas tradicionales en cuanto a figura, fondo y perspectiva.
La esencia de la pintura se manifiesta a través de las aguadas que la artista aplica antes de fragmentarla; el hilo funciona como el elemento unificador que se entrelaza a lo largo de sus obras. Aninat no se limita a la bidimensionalidad de este lenguaje, sino que busca expandirlo en el espacio, lo que da lugar a sus obras plegadas, bordadas y deshiladas, evidenciando el paso del tiempo mediante acciones como cortar/reunir, deshilar, rasgar/pegar. Utilizando materiales comunes como papel, cartón e hilo, compone su paleta y crea instalaciones, intervenciones y esculturas.
En un comienzo, sus pinturas se formaban mediante la fragmentación y recomposición; luego incorporó materiales encontrados en las calles, desechados, los que, mediante el uso de gesso, unía formando verdaderos estratos geológicos. Esta presencia social, a través de lo descartado por otros, la llevó a abrir una nueva arista, integrando en su trabajo la creación colectiva. Invitó a personas a unirse en estos ejercicios de contabilizar el tiempo, especialmente aquellos tiempos detenidos por situaciones de espera. Esta complicidad con otras personas y la interacción de la artista con sus historias la llevaron a integrar episodios narrativos de sus coautores, transformándolos en libros de artista. También otorgó la calidad de libro a cajas contenedoras de objetos que hablan de un acontecimiento, o a pinturas-libro que cuelgan en la pared y dejan ver el contenido pictórico de sus páginas.
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