El río Bravo, el cuarto más largo de Norteamérica, nace en las montañas de Colorado, y en Texas comienza a formar la frontera que separa a Estados Unidos y México a lo largo de 1.100 kilómetros, hasta desembocar en el golfo de México. Desde que dio nombre a la célebre película de Howard Hawks con John Wayne en 1959, el río Bravo forma parte del imaginario colectivo para bien o para mal. ¿Cuántas historias podría contar? ¿A cuántas tragedias, a cuántos amores y muertes asistió hasta convertirse en el título de una magnífica exposición del artista colombiano Felipe Romero Beltrán (Bogotá, 1992), curada por Victoria del Val, que, tras su paso por las sedes de la Fundación Mapfre en Barcelona y Madrid, se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo de Nimês hasta marzo de 2026?
“Bravo”, así a secas, sin necesidad de calificativos, como queriendo reforzar la ambigüedad que le caracteriza (¿camino de huida hacia la libertad o trampa infernal?), se abre con El cruce, una pieza audiovisual que ofrece nuevas visiones del río ajenas a su papel de confín, porque más allá de las historias de los migrantes intentando cruzar hacia el sueño americano, están su espera y su vida cotidiana, con alegrías y dolores, ceremonias religiosas de todo tipo, e incluso competiciones de pesca. Con esa mirada dinámica a 360º, el artista introduce las 52 fotografías que reflejan las múltiples realidades del río Bravo a través de imágenes de arquitecturas, personas y paisajes divididas en secciones, tituladas “Cierres”, “Cuerpos” y “Brechas”.
Proyecto ganador de la segunda edición del KBr Photo Award, “Bravo” se sitúa en los límites de la fotografía documental, hibridando este lenguaje con elementos más cercanos a lo artístico, lo pictórico e incluso lo performativo. Al reflexionar sobre la identidad y la frontera, las imágenes de “Bravo” revelan cómo el entorno puede reflejar y transformar la experiencia humana. De hecho, el río Bravo resulta emblemático del interés que Romero Beltrán manifiesta a lo largo de toda su trayectoria por los territorios que han sido o son escenario de tensión y conflictos. Su particular condición geográfica fronteriza ha contribuido a reforzar su carga política y a acumular, desde el siglo XIX, choques y colisiones, hasta llegar, en los últimos años, a una situación insostenible. Situación que revela sus rasgos más violentos en los restos de un coche quemado o en los impactos de balas en las paredes de las casas, algunos tapados con papel o cemento sobrante, otros ensanchados hasta convertirlos en pequeños escondrijos.
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