Exposición Individualdic 2025 - may 2026· Por Marivi Véliz

Evelyn Sosa

Mahara+Co

Cuando salí de Cuba, eché dos libritos en la maleta que no me podían faltar: La simulación, de Severo Sarduy, una edición de Monte Ávila Editores de 1982, que se hizo muy popular en los círculos artísticos de los noventa en la isla, y La sociedad del espectáculo, de Guy Debord. Era el año 2003 y la sociedad de consumo era, para quienes vivíamos ahí, un mal del que escapábamos, pero al que en realidad buscábamos ir. Pero, ¿por qué hablo de mí? ¿Por qué importo yo, o más aún, qué importa del yo cubano en la exposición “Ningún lugar está lejos”, de la fotógrafa cubana Evelyn Sosa? ¿Quién, quiénes, a través de qué, se crea esa Cuba que nunca está lejos en esta serie de fotos?

“Ningún lugar está lejos”, la primera exposición personal de Evelyn Sosa en Miami, en la galería Mahara+Co del 6 de mayo al 10 de junio pasado, fruto de la serie del mismo título, es una acumulación de yos. Es nombre-pronombre reflejado hasta en lo más arbitrario de una imagen. Mi testimonio podría ser, o no, uno de los tantos que acompañan el proceso de realización de la serie fotográfica, que llevó a la artista a hacer esta exposición. En ella, Sosa entrevista, toma algunas notas y retrata objetos que migrantes cubanos, de diferentes generaciones, trajeron consigo. Aparecen, así, en la muestra, una jarra vieja, un par de zapatos, dientes, ombligos secos, un dibujo, la foto del lugar donde enterró a su gato –que trajo de Cuba–, pelo de ese mismo gato, una virgen, un rosario, la portada de un libro. Todo por igual parece sagrado (y aleatorio). Esos objetos no son más que un recurso nemotécnico, flujos de un tiempo que habita en algún lugar de la conciencia. A través de ellos, la isla permanece; es un yo-raíz trasplantado de ramas mutantes, extrañas, a veces inclasificables.

En la galería, Sosa presentó un número bastante limitado de esta serie. El recorrido abría con la misma imagen de la taza de café, vacía, de asa rota. Seguidamente, la foto de una mano mostraba una foto de otra época. Las obras en esta pared introducían los objetos en relación con las personas, con sus cuerpos. Manos, brazos, retratos, un portarretratos, un peine, guían el camino hacia el fondo. Allí, una instalación de dieciséis fotografías en blanco y negro hiperfocaliza cada objeto, de la misma manera que el fotógrafo español Chema Madoz en su trabajo. Sin embargo, a diferencia de él, Sosa no los desnaturaliza. A ella no le interesan los juegos ópticos ni surrealistas, sino inst-aurar estos objetos, sacralizarlos, conferirles un nuevo estatus. Al sacarlos de la intimidad en que habitan, la fotógrafa los sitúa en el mapa de una memoria colectiva. Y ahí entra ella, su historia, su yo que se amplía o desaparece detrás de la lente.

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Evelyn Sosa, por Marivi Véliz | artnexus