Elias Crespin

Elias Crespin. Tetralineados Trois Verts (Tetralineados tres verdes), 2023. Aluminio, motores, computador e interfaz electrónica. 20 x 155 x 20 cm (47 x 61 x 7.87 pulgadas). Fotografía: Loris Artisson (izquierda) y Joseline Chalbaud (derecha). Cortesía: Atelier de création artistique Elias Crespin (izquierda) y Casa de la Hacienda La Trinidad-Parque Cultural (derecha).

Monografíadic 2025 - may 2026· Por María Luz Cárdenas

Elias Crespin

Hacienda La Trinidad Parque Cultural - Espacio Monitor

La exposición “Continuum” de Elias Crespin se consolidó como uno de los acontecimientos más importantes en el medio cultural venezolano durante los últimos tiempos, en cuanto propuesta de innovación del cinetismo y del uso de la tecnología digital, sin debilitar la capacidad expresiva de la obra de arte. Crespin (Caracas, 1965), radicado en París desde 2008, ha formulado una propuesta original por la dimensión estética y conceptual de su lenguaje y por sus poéticas instalaciones en paulatino movimiento que desafían toda convención. En 2020 se convirtió en el primer artista latinoamericano incorporado a la colección del Museo del Louvre (París, Francia), con la escultura móvil cinética L´Onde du Midi, compuesta por 128 tubos cilíndricos que trazan sinuosos desplazamientos constantes con sus cuatro metros de alto. Su trabajo explora con maestría las posibilidades del arte cinético en el siglo XXI, incorporando una sofisticada visión técnica para crear complejos sistemas visuales a partir de cálculos matemáticos, partiendo de consideraciones filosóficas vinculadas con la materia, el espacio, el tiempo, el movimiento e incluso con la complejidad de las interacciones sociales. Una obra centrada en la investigación constante de las posibilidades casi infinitas del volumen y su transfiguración en diálogo con el espacio físico (y existencial).

La exposición, que cuenta con la conceptualización y los textos de sala de Lorena González, está compuesta por nueve instalaciones realizadas entre 2016 y 2025, ejecutadas en acero inoxidable, aluminio o acrílico, nailon, motores, ordenador e interfaz electrónica. Ellas aproximan al espectador a la esencia de sus esculturas en movimiento, en un diálogo revelado entre la contemporaneidad de la propuesta y el espacio patrimonial de la antigua Casa de la Hacienda La Trinidad. Son sutiles coreografías aéreas que danzan como organismos vivos en sorprendente transformación del espacio. Cada obra se despliega como un universo perfecto en sí mismo, que evidencia una conexión conceptual y material de Crespin con los discursos más profundos del arte actual. El aporte principal de la muestra quizá sea la posibilidad de reunir un espacio cósmico y sensible con los avances tecnológicos más depurados. En sus obras, el artista se apropia de la geometría, la amalgama con estrategias del conceptualismo y la transforma en dispositivos críticos con los que revisa el proyecto moderno venezolano. Incorpora nuevas acciones conceptuales y estrategias electrónicas. Desde los inicios de su trayectoria, el interés derivó hacia la tradición abstracto-geométrica, tan afín al desarrollo artístico venezolano desde los movimientos pioneros de los años cincuenta, residenciados en París –especialmente el Grupo de Los Disidentes–, que, a su vez, asumieron los postulados propios de las vanguardias históricas del constructivismo y la abstracción geométrica, a lo cual añadió los principios de programación por computadora que ocupaban su labor creativa. Un encuentro en el año 2000, con el Cubo de Nylon de 1984 de Jesús Soto, marcó el primer punto de inflexión en sus ideas al preguntarse qué pasaría si usaba “funciones dinámicas” que ya había “programado en computadoras” para mover un objeto tridimensional. Crespin creó una interfaz entre la computadora y los motores. Con funciones matemáticas que cambian en el tiempo, controla el movimiento del objeto. En el ordenador, graba una secuencia numérica que representa los movimientos y otra que representa la geometría de la obra, y juntas envían instrucciones a los motores para que la danza que está en esos archivos especificada se materialice delante de los ojos del espectador. Al final, elabora una técnica que, desde un programa por computadora, le permite mover de manera independiente muchos motores. Ese fue el segundo punto de inflexión que culminó con la primera obra, que fue la Malla electrocinética 1. A partir de ese momento comienza a intervenir una magia inexplicable que –aunque sabemos que proviene de la aplicación de sus conocimientos en matemáticas, programación y ejecución de motores– convierte el espacio expositivo en una especie de cosmos que no sabemos de dónde viene, constelaciones que se mueven y conducen al espectador a otra dimensión. A la hazaña tecnológica se integra una inusitada poesía, una arrolladora emoción estética que permite mantener en el aire, y en movimientos rítmicos, danzando, un conjunto de armoniosas figuras. En este sentido, Crespin se deslinda de las corrientes anteriores.

Las obras cambian, se desordenan, producen caos, desaparecen y se vuelven a ordenar. Estas obras se mueven y lo hacen con ritmos premeditados y muy sigilosos y armónicos que realmente embelesan al espectador. Digamos que es belleza silenciosa, música callada, danza. Lo podemos apreciar en el Plano flexionante mousiké, de 2022 –obra protagónica de la exposición–, donde las varillas comienzan a bailar lentamente en el espacio, yendo del movimiento ondulante a un desorden que remueve la estabilidad del espectador, para luego regresar a una forma lineal, un rectángulo estable, que, si el espectador se coloca en un determinado ángulo, lo ve desaparecer en una sola varilla. Las sombras intervienen el espacio y se unen al movimiento integral. Gracias a ese proceso orden-caos-desorden-reconstrucción, se produce una demoledora inquietud a la que solo podemos denominar “belleza”. El mismo comportamiento vivo se aprecia en las otras instalaciones que se hacen, bailan, se deshacen y se rehacen en el espacio. La exposición es un desafío para los sentidos y la percepción. Detrás de todo ello no es posible dejar de pensar en el niño Elias, curioso y atrevido, que jugaba con motorcitos y programas de informática para crear su propia realidad.

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Elias Crespin, por María Luz Cárdenas | artnexus