Exposición Individualdic 2025 - may 2026· Por Christina Chirouze Montenegro

Diego Bianchi

Galerie Jocelyn Wolff

“Objets inanimés, avez-vous donc une âme?”. El escritor francés Alphonse de Lamartine lanzó este oxímoron hace casi dos siglos: “Objetos inanimados, ¿acaso tenéis alma?”. Una provocación al entendimiento, que bien podría ser el lema del readymade duchampiano y que, al entrar en colisión con la obra de Diego Bianchi, parece cobrar un sentido renovado.

Nacido en Buenos Aires en 1969, el artista ha construido su trayectoria a partir de una pregunta constante: ¿cómo nos relacionamos con los objetos que nos rodean? Después de participar en la colectiva “La Maison Rouge” (2015) y de trabajar de la mano de la Galerie Jocelyn Wolff desde hace más de diez años, se convirtió en el primer beneficiario de la beca anual de la Fondation Antoine de Galbert en la Cité Internationale des Arts. Esta residencia se inscribe en la continuidad de la importante donación de la colección Jean Chatelus –dedicada al arte bruto, povera y extraoccidental– al Centre Pompidou. Su proyecto “ThéâtrEErreuR”, presentado por Jocelyn Wolff entre finales de mayo y mediados de julio de 2025, marca un momento clave: por un lado, culmina un año de residencia en París –después de un exitoso open studio en la Cité– y muestra las líneas de investigación que el artista desarrolló desde su llegada, en octubre de 2024. Por otro lado, constituye la última exposición de la galería en su sede suburbana, antes de trasladarse en septiembre al 8º arrondissement de París. El contexto no podría ser más oportuno: en las mismas fechas, el Centre Pompidou presentó “Énormément Bizarre”, la primera exposición de la colección Chatelus. Así, la coincidencia temporal ofreció un diálogo inesperado entre las dos muestras, justo antes del cierre del museo por obras hasta 2030.

Pero basta de hablar del contexto. Volvamos a la exposición, a Romainville, a ese preciso instante en que uno entra en el universo de Bianchi. Toca respirar hondo y saber que, al adentrarse en un espacio ideado por el artista, se acepta entrar en un ambiente bizarro, incongruente, casi hostil. Podemos empezar por la impresión provocada por los cientos de objetos que la conforman: nuestra sociedad de consumo choca nuestros sentidos. Las cosas presentadas parecen haber sido rescatadas de un vertedero. Pero he allí el giro: los prefabricados que nos rodean “inocentemente” en el día a día, hijos de la globalización, símbolos de la comodidad, cobran, por la mirada atrevida y burlona de Bianchi, una vida propia. Más allá de su utilidad caduca, se rebelan contra nosotros, y nos interpelan desde su incompetencia.

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Diego Bianchi, por Christina Chirouze Montenegro | artnexus