La exposición de Beatriz Milhazes en el Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, titulada “Rigor and Beauty”, ofrece una oportunidad clave para revisar su obra desde una perspectiva crítica y expandida. Si bien su trabajo ha sido tradicionalmente enmarcado como una síntesis entre la abstracción geométrica y la estética ornamental brasileña; un cruce entre el modernismo europeo, el barroco tropical y la iconografía del carnaval, esta muestra invita a pensar su práctica artística desde coordenadas interseccionales, donde confluyen género, raza, clase y geopolítica.
Historiadores y críticos han subrayado su dominio del color, sus patrones complejos y el uso distintivo del monotransfer, técnica que le permite superponer capas mediante la transferencia de motivos desde láminas plásticas al lienzo. Sin embargo, más allá de una lectura formalista, es posible situar su obra como una crítica visual al canon hegemónico del arte moderno. Su abstracción no responde al paradigma norteamericano del minimalismo o la supresión emocional, sino a una genealogía distinta: una tradición visual en la que lo abstracto expresa lo simbólico, lo espiritual y lo cultural.
En este sentido, lo ornamental y lo decorativo en Milhazes no deben leerse como elementos accesorios o meramente estéticos. Lejos de reproducir la noción del ornamento como “exceso sin contenido”, una idea fuertemente asociada al kitsch y al ámbito de lo femenino, Milhazes resignifica estos elementos como herramientas conceptuales y políticas. Su relectura del archivo visual brasileño, desde los encajes y bordados hasta la herrería colonial, activa memorias individuales y colectivas que han sido históricamente marginadas.
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